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Full text of "Delfina [microform]"

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OF THE 

U NIVERSITY 

OT ILLINOIS 

8^9.5 
p-75d 



BIBLIOTECA de LA NACIÓN 



MANUEL T. PODESTÁ 



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BUENOS AIRES 
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Derechos reservados. 



Imp. de La Nación. — Buenos Airee 






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í D E l_ F I N A 



^ A LAS MAESTRAS , 

<. Estas páginas, escritas para vosotras, encie- 
rran un episodio de la vida real. Delfina ha sido 
: y será siempre vuestra compañera. El destino 
le señaló la vía dolorosa en el alba sonriente d© 
^^ su juventud. Ella la afrontó con valor, cor\ la 
" fe inconmovible de sus principios y pudo triun- 
tfar. Triunfar del dolor sentido con toda el al- 

s 

ma para renaoer a una existencia ya sin juven- 
tud, sin ilusiones, sin la promesa halagadora 
- del porvenir. Vaso purísimo de alabastro que se 
; rompe — la obra perfecta de Eidias que conclu- 
, ye — , fragmentos que valen un tesoro, pero ya 



— 6 — 

sin la visión d© la belleza, de la inspiración genial 
— ^forma sublime perdida para siempre — , polvo 
sagrado que se guarda en los viejos cofres como 
las reliquias, como las cenizas de los muertos. 

Todo lo demás es vulgar, monótono, sin poe- 
sía. Después el sacrificio, el deber como una 
compensación a esa nueva existencia siempre 
igual, tranquila, apacible, fecunda como el rie- 
go que da vida a la planta. Aguas que corren co- 
mo una vertiente sagrada llevando en su seno 
todos los gérmenes bienhechores y que ustedes 
reparten a diario en la labor simpática de la es- 
cuela — . i Delfina ! 

Más allá el sacrificio, la supresión de la per- 
sonahdad social — una silueta luminosa que irra- 
dia consuelos y calmas — , una mano blanca, deli- 
cada, con tonalidades de marfil antiguo, pero vi- 
gorosa y firme que levanta a los caídos, a los 
inermes, a los vencidos. Siempre en la brecha. 
El sagrado paño de la Verónica que no se can- 
sa de enjugar lágrimas. Un eco de amor que 
impregna el alma del desvalido y le hace ver 
por las rendijas del tugurio un retazo de azul 
con franjas de oro ; un rayo de esperanza que 



aíffi-«í 



— 7 — 

le hace exclamax en la suprema desesperación 
del abandono : yo también soy criatura de Cris- 
to con todas las ansias de las almas desoladas. 

El ángel del bien llama a las puertas de tu 
mísero hogar • te trae el pan que has pedido en 
tu invocación mística. Un consuelo para tu exis- 
tencia desorientada en la eterna lucha — . ¡ Sor 
Josefa ! 






% 



Sentada delante de una pequeña y artística 
mesa de escritorio, apoyando en ella los codos, 
en tanto que sus manos blancas y de dedos afila- 
dos rodean la cabeza como un casco de marfil, 
Julia Moran, torturada por un pensamiento ín- 
timo, por un dolor que se ha adueñado de su co- 
razón y que lo rasguña minuto por minuto co- 
mo una crisálida que pugna por salir de su en- 
voltura, lanza a intervalos suspiros profundos y 
quejumbrosos acompañados de monosílabos que 
parecen el murmullo de una plegaria. 

Largo rato había permanecido en esa actitud 
de meditación, cuando de pronto, con un mo- 
vimiento brusco que revelaba la nerviosidad de 
que estaba poseída, abandonó el asiento y diri- 
giéndose al balcón que tenía vistas al ponien- 
te, separó los visillos de fina batista recamada, 
y comprimiendo su frente contra los cristales, 6e 



— 10 — 

complacía en renovar, cambiando de ¿tio, la 
grata impresión de frío que 1© producía ese con- 
tacto. 

Esa sensación de bienestar la indujo a levan- 
tar sus brazos en alto, aplicando también las 
palmas sobre el cristal. Estando así, habíanse 
corrido las mangas de su ligero traje de museli- 
na dejando ver las desnudeces de sus lindos bra- 
zos torneados, en uno de los cuales ostentaba 
una valiosa pulsera : una hermosa cadena de 
zafiros engarzados con platino y sujeta con un 
broche de diamantes. * 

JuMa Moran era indudablemente lo que pue- 
de llamarse una linda muchEicha : de porte dis- 
tinguido, garbosa en el andar, con flexibilida- 
des voluptuosas en el estrecho talle, alta, esbel- 
ta, con una hermosa cabeza de Diana, bien plan- 
tada, sobre un cuello largo y arqueado, poblado 
en la nuca de rizos con reflejos de acero que 
caían sobre su espalda amplia y robusta, digno 
pendant a un seno levantado y marmóreo. 

Habituada a todos los refinamientos de la so- 
ciedad aristocrática, con una educación esme- 
radísima, era así, por todas estas cuahdades y 
por su origen, un ejemplar completo de la niña 
de salón. 

A todas estas ventajas debemos agregar el 
timbre de su voz sonora y armoniosa como no- 



, -li- 

tas musicales que daba más atractivo á su per- 
sona. Pero, lo que hacía relieve en la mímica 
de su fisonomía de Kneas correctas era la expre- 
sión intensa de su mirada, serena, escudriñado- 
ra, penetrante, cual si quisiera adivinar en to- 
do momento el pensamiento de los demás. 

Para un psicólogo, habría sido la revelación 
de un carácter firme, resuelto y dispuesto a ven- 
cer las dificultades que entorpecieran la realiza- 
ción de sus deseos. 

No podía llamarse voluntariosa porque la edu- 
cación la hacía razonable, y es por esto por lo 
que en más de una ocasión se veía forzada a re- 
currir a esos frenos de cultura para disimular 
las impetuosidades que podrían presentarla co- 
mo ligera e irreflexiva. 

Precisamente en el momento en que la en- 
contramos, encerrada en su habitación, se ha- 
bía impuesto ese aislamiento para combatir uno 
de los tantos episodios de crisis nerviosa que la 
dominaban cuando era presa de una intensa con- 
trariedad. 

Huérfana, sin fortuna, vivía con su hermani- 
to Emilio, al lado de su tía la señora Eleonora de 
Moran, que se había hecho cargo de su educa- 
ción desde el día que perdieron sus padres. Po- 
co había disfrutado de los afectos tiernos de una 
madre, y por má« que su tía, que era toda una 



— 12 — 



dama distinguidísima, hubiese hecho por ella 
cuanto le fuera posible para ocupar en su cora- 
zón, los afectos perdidos, Julia se había penetra- 
do y no pocas veces con disgusto de que, si bien 
tenía cariño y gratitud por su parienta, faltaban 
a ese cariño el calor y la espontaneidad que hii- 
biera experimentado en el propio hogar. Es que 
el cariño de la madre no se reemplaza. Muchas 
veces, cuando una nube de tristeza obscurecía 
el horizonte siempre iluminado de sus días fe- 
lices, solía exclamar : a¡ Ah ! Eleonora es muy 
buena, muy afectuosa... pero muy convencio- 
nal. Su cariño me lo administra por dosis como 
los remedios». El temperamento de ambas te- 
nía puntos de contacto : en el fondo de esa bon- 
dad, de esa afección, de esa comunidad de ideas 
y de sentimientos, había una gota amarga de 
egoísmo recíproco que producía en ellas tempo- 
radas de enfriamiento y de indiferencia, cual si 
fuesen personas extrañas obligadas por una cir- 
cunstancia cualquiera a vivir bajo el mismo 
techo. 

— ¡ Qué hermosa tarde ! — exclamó Julia sin 
abandonar la actitud en que la habíamos dejado, 
y mientras abarcaba con su pupila la vasta lla- 
nura que se extendía ante su mirada y que cons- 
tituía una parte de la valiosa posesión de su tía 



.!-,>■ '^sí"- 






13 — 



y en la que pasaban todos los años los meses de 
calor. 

Desde el balcón donde se había instalado Ju- 
lia, se divisÉbba la campaña uniforme, lisa como 
un tapiz de verdura ; en el fondo un gran bos- 
que que parecía cortar el cielo con curvas capri- 
chosas y en ese momento con una orla dorada 
por los reflejos de los últimos rayos del sol po- 
niente. 

La casa, sin ser una obra axtística, presenta- 
ba un conjunto armónico en su distribución apro- 
piada ; su amplitud y las líneas bien estudiadas 
de su perspectiva y orientación la revestían con 
todos los contornos de una mansión señorial. 
Rodeada por un extenso parque que circundaba 
los bien trazados jardines que se extendían en 
vastas terrazas de un verde cambiante según la 
hora y los reflejos de luz que le imprimían en- 
tonaciones y paatices tan variados que no pocas 
veces servían a JuUa para combinar los colo- 
res de su paleta. Porque era también artista y 
de buena escuela. 

En esa actitud, distraía su atención ora en 
un punto, ora en otro del variado panorama cam- 
pestre que tenía por delante ; pero su mirada in- 
quieta se detenía con más insistencia sobre una 
elevación del terreno, allá en el fondo, cerca del 
bosque, límite de los dominios de la señora de 



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— 14 — 

Moran. En ese sitio estaba la tranquera que da- 
ba acceso al parque, y era allí precisamente don- 
de su mirada escudriñadora esperaba divisar al- 
go que parecía interesarle. 

En ese momento, un pequeño reloj de fan- 
tasía que estaba colocado en la repisa de su artís- 
tico escritorio hizo oír las horas. Julia giró su 
linda cabeza hacia el sitio donde vibraba el tim- 
bre con sonidos metálicos y de eco prolongado, 
y con cierta amargura exclamó lentamente, 
contando una por una las vibraciones : «¡ Las 
seis !...» «No puede tardar» agregó, y volvió a su 
actitud apHcando de nuevo la frente sobre el 
frío cristal del balcón. Pero, no bien se había 
apoyado, cuando se retiró de pronto para dejar- 
se caer en un sillón como una persona que ha 
presenciado un espectáculo capaz de producir 
una impresión angustiosa. «¡ Ah ! Ella, otra vez 
allí con el pretexto de pasear a Emilito... 
¡ Malvada ! y cómo sabe disimular. Cómo jue- 
ga hábilmente la comedia de una humildad que 
no tiene y de una simpatía que no siente... ¿La 
presa te seduce, no?... Pero ¡ ya verás cómo te 
desalojaré del nido que has venido preparando 
con tanta cautela e hipocresía !» 

Dichas estas palabras que envolvían un sen- 
timiento de reproche, de encono y de amena- 
za, Julia se levantó bruscamente del sillón, to- 



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15 



mó de su pequeño escritorio un espejo encuadra- 
do en un marco de plata repujada, una verda- 
dera joya de orfebrería estilo Eenacimiento, se 
miró, dio a su semblante la expresión mímica, 
ora del enojo, ora de la placidez más engañado- 
ra, sonrió, dando a los labios rojos la voluptuo- 
sa expresión de un beso, alisó las hebras desor- 
denadas de los cabellos, y contemplando extasia- 
da como Narciso la blancura de su cueUo, se sin- 
tió satisfecha porque se veía linda, joven y con 
atractivos que sabía esgrimir oportunamente 
como armas irresistibles para obtener cuanto 
su corazón anhelaba. 

Eligió después de entre un soberbio ramo de 
rosas blancas que había recogido esa mañana 
y arreglado con gusto insuperable en un artís- 
tico vaso de cristal y ónix, la más fresca y fra- 
gante y la colocó con gracia exquisita en medio 
del seno. Volvió a contemplarse en el espejo y, 
exhalando un suspiro prolongado, exclamó : 
cAsí, como esta rosa que descans'a. sobre mi 
pecho, quisiera sentir sobre él, el calor de su 
linda cabeza. . .» Ansias de púdica Salomé que hi- 
cieron briUar sus ojos con asaltos de voluptuo- 
sidad. . . cEstas rosEis — exclamó después de ha- 
ber quedado largo rato pensativa cual si la do- 
minara un pensamiento íntimo — son sus flores 
predilectas» y desprendiendo de nuevo la que 



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— 16 — 

había colocado en el seno, aspiró con arroba- 
miento su delicado perfume y, después de besar- 
la repetidas veces, volvió a sujetarla con el bro- 
che de oro que unía las blondas finísimas de su 
corpino — . «¡ Ah ! pronto morirás... así mueren y 
desaparecen las gratas ilusiones y las cosas más 
bellas que amamos en la vida como esta rosa de- 
positarla de mis secretos...» Después, sus pala- 
bras 86 hicieron ininteligibles, el murmullo de 
su voz tenía rumores de colmena. . . 

— ¡ Valor ! — exclamó de pronto interrumpien- 
do su monólogo y empezó a percutir con las ye- 
mas sonrosadas de sus dedos afilados con golpeci- 
tos rítmicos esas mismas blondas un tanto rebel- 
des y desordenadas, hasta imprimirles pliegues 
simétricos, con la atención y la maestría con que 
el escultor modela la pasta dócil de una «ma- 
quette». Dirigió una última mirada al espejo, y 
sus labios se entreabrieron como pétalos, en una 
sonrisa de satisfacción y de orgullo. Su semblan- 
te era en ese supremo momento un cartel de 
desafío... Y engreída, arrogante, animada su be- 
lleza con la excitación de un estímulo nervio- 
so que la había dominado durante todo el día y 
que se había exacerbado en presencia de la vi- 
sión que cruzara ante sus ojos en el jardín, al 
pie del balcón donde había permanecido en ace- 
cho, abandonó la habitEición haciendo oír soni- 



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— 17 — 

dos guturales que salían de su garganta cual si 
fueran amenazas. 

Al verla así, en el arranque que imprimió a 
su persona y por la manera brusca con que arro- 
jó el espejo sobre el sillón, parecía la encarna- 
ción de una artista que abandona contrariada 
su camarín ante las exigencias de un público 
impaciente que la reclama. » 

Es que, ella también, en ese momento de an- 
siosa expectativa, llevando en sus labios una 
dulce sonrisa y en el corazón la garra de gar- 
fios afilados que se hunde sin piedad en la car- 
ne palpitante, tenía que fingir, ocultar el dolor, 
sonreír, y representar así un cruel episodio en 
esta eterna comedia de la vida. 



SELTINA.— 2 






II 



— ^Pobrecita Delfina, siempre tan buena y ca- 
riñosa con sn viejo padre — decía emocionado y 
con temblor senil en los labios el anciano maes- 
tro de música don Anselmo Dervil paseándose 
lentamente a lo largo de su habitación mientras 
comprimía con su diestra una carta que acai)a- 
ba de recibir, y de la cual se había impuesto en 
parte. . 

De trecho en trecho interrumpía su paseo pa- 
ra continuar la lectura ; pero, en ciertos mo- 
mentos, nublábasele la vista con lágrimas que 
en vano se esforzaba por contener, y entonces 
limpiaba los vidrios empañados de sus anteojos, 
secaba las mejillas flácidas, amarillentas y des- 
camadas, y haciendo un movimiento rítmico de 
vaivén con su hermosa cabeza cubierta con una 



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20 



tupida y nivea cabellera, volvía a repetir su amo- 
roso estribillo : «¡ Pobre Delfina, qué buena es... 
es un ángel esa niña ! Ella no conoce más feli- 
cidad que la de amparar a este mísero despojó 
que va camino del sepulcro y que pronto ten- 
drá que dejarla...» o¡ Ah ! ¿qué será de ella cuan- 
do yo falte?» exclamó dotn Anselmo con la 
garganta anudada ahora por un sollozo que en 
vano trataba de contener ...» «¿ Qué será de ella ?» 
— ^repitió con acento angustiado mientras se de- 
jaba caer cual una masa inerte sobre un anti- 
guo y monumental sofá que adornaba la vi- 
vienda. 

Después de un momento de silencio, compri- 
miendo siempre el papel de la carta con la dies- 
tra, con el cuerpo encorvado hacia adelante, la 
palma izquierda apoyada en la mejilla haciendo 
puntal del codo sobre el muslo para sostenerse 
en esa actitud de meditación y de desconsuelo, 
don Anselmo dirigía sus miradas; por encima del 
disco de oro de sus anteojos y contemplaba con 
los ojos fijos y con expresión de arrobamiento 
el retrato de una linda mujer, joven, y de tipo 
distinguido, ün óleo de buena factura encuadra- 
do en un marco de ébano tallado, una verdade- 
ra pieza artística que representaba a su inolvi^ 
dable compañera muerta en plena juventud. 
eElla también era hermosa y buena; era todo 



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.•■-■.; ..; —21 — ..'- ^- . - 

para mí ; era el ensueño de mis horas felices, 
el estímulo que había encontrado en la vida pai- 
ra luchar con fe y con entusiasmo, ¡ ah ! , qué 
poco debía durarme esa felicidad. El destino lo 
ha querido así... cúmplase su voluntad» dijo el 
anciano haciendo con sus labios un pliegue que 
podía traducirse*" por una expresión de amargura 
y de desencanto. 

— ¡Fcederis arca! — dijo después de un mo- 
mento de silencio juntando sus manos en actitud 
de plegaria. 

»¡ Oh ! puedo invocarte así. Eras también 
digna de ese nombre, arca de mi fe, reina de mi 
hogar feliz, dueña absoluta de mi corazón, de 
mis pensamientos, de mi existencia... 

»Si me oyera Delfina — exclamó después de 
una pausa — , seguramente se reiría con esa gra- 
cia infajitil con que siempre ha procurado disi- 
par las sombras de mis días tristes. 

•Dicen que la vejez nos convierte en niños ; 
es posible — exclarnó — , ¡ pero es tan dulce recor- 
dar el pasado feliz, los días alegres de la juven- 
tud, las horas fugaces de una felicidad perdi- 
da para siempre ! 

»En ese inventario de la existencia, archivo 
del pasado, nos complacemos como los colec- 
donistas de antigüedades en exhumar de los co- 
fres envejecidos por el desgaste del tiempo, to- 



— 22 — 

dos los objetos que en comunidad .heterogénea 
se guardan como reliquias. Así, al lado de una 
medalla que tiene siglos de existencia, encon- 
tramos el libro de páginas amarillentas con ca- 
racteres apenas inteligibles, carcomido por la 
polilla y por el uso, pero que de trecho en tre- 
cho, ostentan láminas grabadas de un valor 
inestimable, y después de la medalla y del li- 
bro, las porcelanas finísimas de fábricas extin- 
guidas, y las tazas de plata repujada y los platos 
de bronce antiguo y los topacios de gran tama- 
ño con taUas maravillosas e incrustaciones de 
oro que son verdaderas obras maestras, y las te- 
las de gran valor y los majiuscritos que os com- 
prarían a precio de oro y retazos de otras telas y 
otras medallas y miniaturas sobre marfil y pe- 
queños cofres dé plata cincelados con incrusta- 
ciones de piedras preciosas ; un nunca acabar 
de extraer objetos a cual más atrayente, capaz 
de exaltar* el sentimiento de lo bello y el culto 
de lo antiguo. ¡ Ah ! en nuestra existencia ex- 
humamos también como en la colección de an- 
tigüedades todas las medallas que tienen un sig- 
no de felicidad en una cara y tal vez ima lágri- 
ma desecada y adherida en la otra, y en ese con- 
traste entre la felicidad de pocos minutos y el 
dolor que siempre la sigue, como una persecu- 
ción de mala sombra, nos deleitamos con esos 



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— 23 — 

recuerdos, factores inolvidables que nos presen- 
tan las épocas pasadas con los distintivos de 
nuestras alegrías perdidas y nuestras amargu- 
ras. 

»Y al abrir esos cofres, se exhalan los perfu- 
mes del sándalo mezclados al aliento de las te- 
las viejísimas, porque eUas tienen vida y tam- 
bién respiran y se alegran cuando los rayos de 
luz evocan sus colores amortiguados por el tiem- 
po y el olvido dentro de los cofres que las guar- 
dan como en una sagrada custodia, libres de las 
miradas profanas de aquellos que no entienden 
y no sienten estas bellezasB , 

Y al decir esto, el anciano se levantó, termi- 
nó la lectura de la carta, e imprimiendo un be- 
so prolongado sobre el papel ya estrujado por su 
mano temblorosa, fué a depositarla dentro del 
cajón de una cómoda que hacía pendant con 
el sofá antiguo y monumental. 

— ¡ Pobre hija mía ! . . . — ^repitió después— dul- 
ce y valiente apoyo de mi ancianidad... todo lo 
debo a tu ternura, todo a tu amor filial. . . 

En ese momento, dos golpecitos discretos da- 
dos a la puerta de la vivienda le anunciaron la 
presencia de una visita. 

Don Anselmo se apresuró a poner en orden sus 
cabellos rebeldes, arregló su corbata cuyo lazo 
se había desviado hacia el lado izquierdo del 



— 24 — 

cuello, y alisando rápidamente con sus manos 
temblorosas los pliegues de su levita raída y lus- 
trosa, miró la hora de su antiguo reloj de plata 
sujetado a un ojal del chaleco por un simple cor- 
dón de seda. «Las once — ^exclamó — , es seguro 
que es Mariucha que viene a dar su lección... 
es ella, seguramente...» «Adelante» exclamó 
mientras se dirigía a abrir la puerta... 

— ^¡ Delfina ! tú aquí — gritó el anciano abrien- 
do los brazos como un Santo Cristo, y pálido y 
tembloroso, sin poder avanzar, esperó el abra- 
zo cariñoso de la niña, de su hija idolatrada, a 
quien no sospechaba ver en ese momento. 

Y la niña se precipitó sobre el pecho de su pa- 
dre para recibir en la frente el beso de bienve- 
nida, en tanto que le echaba los brazos al cue- 
llo con una efusión de cariño y de ternura que 
lo conmovieron profundamente. 

Un largo instante permanecieron en esa a-cti- 
tud : ella había reclinado su cabeza sobre el pe- 
cho del anciano, y siempre con los brazos entre- 
lazados alrededor de su cuello y sin proferir una 
palabra, trataba de ocultar las lágrimas que co- 
rrían silenciosas sobre sus mejillas, mientras 
don Anselmo comprimía su hermosa cabeza con 
ambas manos acariciándola como a un niño. 

Cuando abandonaron esa actitud y sus ojos 
se encontraron para mirarse con expresión de 



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— 25 — 

ternura y de cariño, el anciano sintió algo asi 
cual si se desgarrara una fibra dolorosa den- 
tro de su pecho. Delfina había perdido sus colo- 
res de manzana, estaba demacrada, ojerosa y 
con una expresión en su fisonomía que denotíi- 
ba una inmensa congoja, un dolor oculto, una 
angustia mal disimulada por una sonrisa que 
aumentaba aún más la extraña expresión de su 
semblante. 

Ella, que era linda, de facciones dulces y sua- 
ves como las de las vírgenes soñadas por los ar- 
tistas de la leyenda cristiana, se presentaba aho- 
ra transfigurada por algo íntimo ; por, algo que 
el anciano quería adivinar y que claramente de- 
cía el cambio que se había operado de una ma- 
nera tan brusca en la persona de esa criatura 
antes tan satisfecha, tan animada, tan impreg- 
nada de alegrías ruidosas cuando visitaba al 
autor de sus días. 

Reflejábanse en ella todas las bellezas y todas 
las distinciones que podían observarse en el re- 
trato de la madre, y su parecido era tal, que hu- 
biera podido creerse que fuera la de ella misma 
la imagen que se destacaba en el óleo que cons- 
tituía la adoración perenne de su padre. Era una 
de esas figuras deslumbrantes de mujer que vis- 
tas una vez se graban en nuestras retinas co- 
mo una visión ideal que podemos evocat a cada 



^^y 



— 26 — 

momento. Armonioso conjunto de belleza, de 
sencillez y de elegancia sin ostentación. La ve- 
mos al pasar y sin quererlo, decimos al instan- 
te : esa criatura debe ser buena, afectuosa, in- 
teligente, humilde, y ese concepto, en la rápi- 
da apreciación de su persona, se impone a nues- 
tro cerebro como una obsesión. Y la imagen 
queda fijada como un recuerdo grato y desearía- 
mos verla de nuevo y concerla y tener su amis- 
tad y oír su voz, y contemplar sus ojos grandes, 
de iris azul, nivelados por pestañas largas, sedo- ' 
sas, formando contraste por su color negro. 
Ojos que miran con efluvios de dulzura, con irra- 
diaciones de alma, sombras de cosas misterio- 
sas que os atraen inspirando simpatías que no 
engañan en la candorosa ingenuidad de sus 
veinte años. 

Así era Delfina, la hija de don Anselmo, que 
ejercía las funciones de institutriz cerca de Emi- 
Hto, sobrino de la señora Eleonora, tía de Julia 
Moran. 

Por la carta que había recibido su padre y 
que había leído pocos minutos antes, estaba muy 
ajeno de pensar que su hija estuviera tan cer- 
ca de él ; por esto la sorpresa y el temor del an- 
ciano aumentaron aún más cuando se encontró 
con ella y pudo apreciar los estragos que el do- 
lor o una enfermedad habían impreso en su sem- 



:í¿Ja: 



' ' ■ — 27 — 

blante. Su presencia en esos momentos signifi- 
caba un enigma que había llevado a su corazón 
de padre un cúmulo de zozobras. 

— ^Dime, ¿estás enferma, Delfina? — exclamó 
don Anselmo tomando ambas manos de la ni- 
ña en tanto que la miraba con aire de desalien- 
to y como queriendo adivinar lo que pasaba en 
su interior... 

— ^No, papá, no; no estoy enferma... he ve- 
nido a verte... a quedarme contigo algunos días, 
aquí a tu lado... me harás un lugarcito, ¿es ver- 
dad, papá?,.. ¿No te disgusta que haya venido, 
no? 

Y al decir esto, con la voz temblorosa 
por la emoción, Delfina no pudo resistir el im- 
pulso emocional que la dominaba y se arrojó de 
nuevo entre los brazos del anciano. 

— ¡ Disgustarme ! j Oh Dios ! Y tú lo dices; 
Delfina, hija mía... yo que vivo por ti, sólo por 
ti, pues si estuviera solo en el mundo ya mis 
días habrían concluido y me hubiera reunido con 
ella — exclamó el anciano fijando sus ojos hume- 
decidos en el retrato de la madre. 

— No hables así, papá, no, no quiero que 
tengas pensamientos tan tristes, no... 

—Siéntate aquí a mi lado, vamos a conversar, 
tú tienes algo que contarme — y rodeando dulce- 
mente con su diestra la cintura de Delfina, mien- 



.?:*;.:{. 



28 



tras comprimía una de sus manos con la izquier- 
da, la condujo hasta el sofá, sentándose ambos 
en cada uno de los extremos. 

Don Anselmo retenía siempre la mano de 
Delfina para acariciarla como un enamorado, 
en tanto que le decía : «¿Por qué te demoraste 
en la puerta y no entraste en seguida ? ¿ Qué te 
detenía?». Con estas preguntas banales quería 
el anciano iniciar un motivo de conversación que 
lo llevara al objeto que se proponía : averiguar 
por qué había abandonado de una manera insó- 
hta la casa de campo de la señora de Moran, 
siendo así que dos días antes le escribía una 
carta en la que ningún párrafo se refería a su 
próxima visita. 

Delfina miraba fijamente a su padre con aire 
de azoramiento cual si no comprendiera el sig- 
nificado de la pregunta que acababa de dirigir- 
le. Encerrada en un mutismo que no era habi- 
tual en ella, mucho menos cuando visitaba al 
anciano, visitas que eran toda una explosión de 
júbilo, de manifestaciones de cariño, de pre- 
guntas y averiguaciones minuciosas respecto de 
su salud, de lo que había hecho durante su au- 
sencia, del número de discípulos que habían 
concurrido a dar lección, porque don Anselmo 
ganaba su vida enseñando música : el piano y el 
violoncello, del cual era apasionadísimo ; en fin. 



-■,^}^e^r 



29 



durante los días que permanecía a su lado, era 
de una actividad incansable ; ponía en orden la 
ropa, limpiaba los viejos muebles hasta dejar- 
los relucientes como espejos, se convertía en una 
verdadera ama de llaves que tenía posesión del 
gobierno de la casa y entre una tarea y otra pal- 
meaba las mejillas de su padre, le daba y reci- 
bía besos cariñosos, diciéridole con amoroso 
acento : «Mi viejecito querido, mi papacito vie- 
jo, cuánto te quiero y cómo deseo verte feliz y 
contento» . 

Y el anciano sonreía dulcemente, sentía su 
corazón impregnado de legítimo orgullo y de 
gratas esperanzas, se emocionaba hasta derra- 
mar lágrimas que ocultaba a las miradas de Del- 
fín a, y cuando alguna vez le sorprendía así, emo- 
cionado y con los ojos brillantes, se cruzaba de 
brazos delante de él y con acento de sorpresa y 
el semblante grave y adusto, decíale : «¿ Llo- 
ras ?... ¿Por qué lloras, papacito? ¿Te he hecho 
enojar? ¿No te agrada que te haga tanto rui- 
do, que revuelva toda la casa, que arrastre los 
muebles y ponga todo en desorden?' ¿Te inco- 
modo acaso?» 

— ^Pobrecita hija mía, ¿cómo puedes pensar 
eso? ¿Cómo te imaginas que pueda incomodar- 
me esa actividad tuya?... ¡ Si estoy loco de. ale' 
gría al verte contenta y hacendosa ! 






— 30 — 

Entonces Delfina, como para recompensar 
tan afectuosas manifestaciones, se sentaba al 
piano y tocaba las mejores piezas de su reperto- 
rio, aquellas que más agradaban al anciano. Es- 
cuchábala atento llevando el compás con movi- 
mientos rítmicos de cabeza y diciendo sólo de 
vez en cuando: tpiano... alegro... ¡bravo, 
bravo!», mientras doblaba con manos temblo- 
rosas las hojas del cuaderno de música, hasta 
que llegaba un momento en que él, en el colmo 
del entusiasmo, tomaba su violoncello para im- 
provisar un pequeño concierto que completaba 
Delfina entonando con purísima voz de soprano 
las notas más bellas y tocantes. Al final el an- 
ciano soltaba el arco, aplaudía ruidosamente y 
cubría sus mejillas de besos y caricias. 



Ahora, Delfina estaba frente a él, triste, ca- 
llada, marchita como un lirio azotado por el 
viento, con su lindo semblante desfigurado por 
una pena oculta, y no sabía cómo penetrar en 
su pensamiento para darse cuenta del cambio 
que ofrecía la niña a su mirada escrutadora. 

— Delfina, hija mía — exclamó después de una 
larga tregua de silencio, durante el cual la her- 
mosa niña permanecía con la cabeza reclinada 






V. ---'^-.v^*¿;- .^■■' ■ .''-v'->y- 



--31 



sobre el respaldo del sofá, con los párpados caí- 
dos, cuyas pestañas largas y tupidas contri- 
buían a aumentar la aureola de sombra violá- 
cea que circundaba sus órbitas — . Hija mía — ^re- 
pitió — , tú me ocultas algo muy importante ; tu 
visita en forma tan inesperada responde a al- 
gún acontecimiento que produce en ti una ex- 
trema contrariedad : dime, Delfina, sé fran- 
ca con tu padre, que tanto te quiere, que sólo 
vive por ti, para quien tu existencia es la su- 
ya : ¿qué te pasa? 

Y al decir esto se acercó a la niña, compri- 
mió con las suyas sus manos, ahora yertas, 
e iasistió en escuchar de sus labios una pala- 
bra que lo tranquilizara. Delfina no contes- 
tó, sólo levantó los párpados para mirar de 
nuevo a su padre con la misma expresión de azo- 
tamiento y de estupor cual si despertara de 
un sueño y se encontrara de pronto en presen- 
cia de personas desconocidas. Un momento des- 
pués sus labios empezaron a moverse como pa- 
ra articular una palabra, y abriendo de pronto 
desmesuradamente sus lindos ojos en tanto que 
su semblante adquiría una intensa pahdez, des- 
prendió sus manos de las de su padre, que aún 
las comprimía cariñosamente, y haciendo un mo- 
vimiento brusco .con toda su persona cual si 
quisiera incorporarse, lanzó un suspiro profun- 



-, '..i^- =';:«••. .r^vví ■ vn^^f,-^ y 



— 32 — 



do y prolongado seguido de un ¡ ay ! como de 
persona que experimenta un dolor irresistible, 
y llevando la mano al corazón cayó sobre el so- 
fá como una muerta. 

— ¡Delfina!... ¡hija mía! Dios mío — excla- 
mó el anciano en el colmo de la desesperación. 

Tomó una de las manos de la niña para lle- 
varla a sus labios, pero sus piernas flaquearon 
y cayó de rodillas junto a ella como ante la vi- 
sión inesperada de una santa. 



III 



El salón de la casa de campo de la señora 
Eleonora de Moran, había sido engalanado pa- 
ra una fiesta. 

Celebrábase el cumpleaños de la aristocráti- 
ca señora, y Julia se había propuesto festejarlo 
con todo el esplendor con que permitiera hacer- 
lo la amplitud de la hermosa vivienda, general- 
mente monótona y soUtaria en medio de los jar- 
dines y parques que la rodeaban. 

Durante todo el día, acompañada de Delfina, 
la simpática institutriz de Emilio, que ya hemos 
visto en casa de su padre en una situación bien 
diversa, lo había revolucionado todo, disponien- 
do con el mejor gusto los muebles y una multi- 
tud de objetos de adorno y obras de arte que 
constituían la decoración de la vasta sala. 

Las flores más hermosas del jardín y una co- 
lección seleccionada de plantas de invernáculo 

DELTINA. — 3 



^ ,s— íjf-. 



— 34 — 

distribuidas con el más refinado buen gusto en 
vistosos jarrones de fina porcelana y de cristal, 
producían un golpe de vista soberbio en la sun- 
tuosa combinación de tanta riqueza de arte an- 
tigua y moderna. 

Cuando hubieron terminado la fatigosa tarea 
e invitaron a la señora de Moran a fin de que 
diese su fallo, la señora quedó verdaderamente 
encantada. «Muy bien, señoritas; muy bien», 
repitió contemplando extasiada aquel concier- 
to armónico de muebles, de tapicería que pare- 
cía revivir con el brillo de sus colores apagEi- 
dos por el tiempo, de mármoles, de bronces, de 
picos, de candelabros de plata vieja con cince- 
laduras que eran otras tantas filigranas, y todo 
ese conjunto engalanado con la profusión de 
flores, de plantas exóticas, reflejado y multipli- 
cado todo ello en las lunas de los grandes espe- 
jos. Aquel salón, refugio para la vejez de todos 
los muebles que habían sido desalojados de su 
palacio de la capital, le pareció en ese momen- 
to de una grandiosidad que tenía algo de solem- 
ne y casi sintió verdadero remordimiento por 
haber desdeñado todas aquellas riquezas de mé- 
rito incomparable, auténticas en la antigüedad, 
y a las cuales había clasificado con la expresión 
de objetos pasados de moda y alojado en su ca- 
sa de campo como se aloja un inválido en un 






— 35 — 

asilo. Y, sin embargo, eran ellos por sí mismos el 
exponente más incontrastable de la tradicional 
opulencia de la aristocrática familia de los 
Moran. 

Varias generaciones habían disfrutado de esas 
bellezas, no pocas y brillantes fiestas habían 
presenciado en su muda e inerte actuación de 
objetos de valor, y a ellos, como a las personas,; 
les había alcanzado la senectud de la moda y 
con eUa el desdén, el desalojo y el alejamiento 
de la ciudad para terminar la existencia en el 
abandono de la quinta. 

Uno a uno y por series, habían ingresado en 
el salón donde ahora los encontramos. Prime- 
ro el juego de sala compuesto de sofaes y amplios 
sillones tapizados con telas de damasco que 
sólo se encuentran en los palios y ornamentos 
sagrados de las viejas catedrales ; después las 
consolas de Jacaranda con tallados artísticos e 
incrustaciones de bronce del más exquisito gus- 
to. Luego los espejos monumentales encua- 
drados en ricos marcos de estilo florentino y los 
jarrones de porcelana antigua de la China y del 
Japón y los gobelinos envejecidos por el aban- 
dono y por el desconocimiento de su verdadero 
mérito con dibujos de escenas campestres, en 
un ambiente suave, melancólico, casi triste y a 



— 36 — 

su lado los retratos de familia en los que figu- 
raban los antepasados de la señora Eleonora. 

Los abuelds con semblantes adustos en la tie- 
sa gravedad de la pose convencional y carac- 
terística de aquellos tiempos. Ancianas señoras 
en las que se transparentaban, a pesar de los 
años, los rasgos de pasadas bellezas y el sello de 
distinción que no amenguaban los peinetones ri- 
diculos y los blancos fichús de muselina reca- 
mada estilo María Antonieta que cruzaban sus 
bandas sobre el pecho. 

Los hombres con los cuellos de la camisa ter- 
minados en triángulo que cubrían gran parte 
de la mejilla y circundados por corbatones de 
raso arrollados como fajas. 

No pocas veces JuHa, con espíritu travieso, so- 
lía detenerse frente a uno de esos retratos, y 
apuntando con el índice extendido mientras son- 
reía con malicia, se permitía decir a la seño- 
ra de Moran : «Tía, ¿quién es esta vieja con ca- 
ra de mala y que mira con encono cual si la hu- 
biesen ofendido?... ¿quién es? ya no lo re- 
cuerdo...» 

La señora de Moran, que en materia de pro- 
tocolo aristccrátioo estaba siempre en la defen- 
siva, tomaba una actitud digna y, con acento de 
reproche que no carecía de gravedad, contesta- 
ba la pregunta irreverente de Julia, acompaña- 



— 37 — 

da de una amonestación que obligaba también 
a ella a identificarse con el aire solemne de la 
aristocrática señora. 

— Ese señora anciana de quien hablas con esa 
despreocupación irrespetuosa, es la muy digna 
matrona doña Remedios de la Cruz y Moran, da- 
ma distinguidísima que tuvo gran figuración so- 
cial, de una belleza deslumbrante en su juven- 
tud y de una cultura que en aquellos buenos 
tiempos de verdadera sencillez y sinceridad so- 
cial era muy poco común. 

bSus salones eran el centro de reunión de to- 
do lo más selecto de nuestra sociedad. Sus tra- 
jes, sus joyas y las riquezas de todo género que 
adornaban su casa eran la admiración de todos. 
Y a pesar del fausto y de la opulencia que la ro- 
deaban, era persona de hábitos modestos y ene- 
miga de toda ostentación. 

•Muchas veces, cuando se le hablaba del escu- 
do nobiliario de su casa, que ocultaba empeño- 
samente, sonreía con desdeñosa placidez de sus 
cuarteles y del castillo almenado en campo de 
gules, que habría colmado de vanidad a otra per- 
sona que no hubiese reunido su distinción y la 
convicción profunda de valer por sí misma más 
que cualquier escudo heráldico. 

»Su caridad era inagotable y la piedad de sus 
sentimientos la hacía designar con los nombre» 



— sa- 
mas afectuosos : la llamaban la madre de los po- 
bres» . 

— Pues ya tendría hijos — exclamó Julia con 
tono picaresco. 

— ^Niña, eres incorregible ; tú no ves sino las 
cosas presentes y no sientes el orgullo y la sa- 
tisfacción de saber que tus antepasados eran 
personas de tanta calidad — exclamó un poco 
exasperada la señora de Moran, 

— No, Eleonora — ^replicó Juña, así llamaba a 
su tía en sus ratos de expansión — , es que todas 
esas viejas, perdón — dijo Julia, cambiando de 
tono — , quería decir estas ancianas señoras con 
caras de engreídas y cual si las hubiesen retra- 
tado por penitencia, no hablan a mi espíritu, ni 
me siento vinculada a ellas por sentimiento al- 
guno que me imponga respeto o cariño. Miro 
esos retratos cual si fueran personas extrañas, 
y el hecho de estar colgados en la pared de nues- 
tra casa, no es motivo para que deje de encon- 
trarlos un tanto ridículos. 

— Ya te Uegará el turno si tienes la suerte de 
alcanzar a esa edad y tus descendientes se ven- 
garán en ti de la ofensa que haces a tus antepa^ 
sados — dijo la señora de Moran con tono sen- 
tencioso. 

—Es posible — dijo JuHa sonriendo — . De to- 
das maneras — agregó — , nunca mejor aplica- 



-30- 

do aquello de pulvis es et in pulverim reverte- 
tís... : a eso va a parar todo y los retratos poco 
a pocjo caminito del cufurto de los trastos viejos, 
donde ya hay unos cuantos sirviendo de banque- 
te a las polillas. Es que, pobrecitos — agregó Ju- 
lia con acento entre tierno y burlón — , ellos tam- 
bién han pjtóado de moda como los muebles del 
salón. 

En el fondo, la señora de Moran estaba de 
acuerdo con Julia, y la defensa contra la iro- 
nía y la burla con que pretendía ampararlas con. 
tan ferviente manifestación, no obedecía a un 
sentimiento de veneración o de respeto a los mé- 
ritos y bondades de esas personas cuya memo- 
ria se extinguiría en la generación siguiente. 
Su propósito respondía más bien a un senti- 
miento de vanidosa ostentación perfectamente 
justificada por la posición social que ella ocupa- 
ba. Esos retratos antiguos eran el blasón de la 
casa, el escudo de armas, un abolengo de no- 
bleza, que en medio de la sociedad de parve- 
nus, cómo decía ella misma desdeñando la in- 
corporación de tantos elementos heterogéneos 
en la figuración social del día, daban fe del lus- 
tre de su casa y del origen de sus antepasados; 

«Con dinero no se tienen esos exponentes se^ 
noriales» solía decir la señora de Moran cuan- 
do herida en su vanidad y en su amor propio veí* 



— 40 — 

surgir a su lado ilustres desconocidos hasta ayer 
y que aparecían en sociedad como una improvi- 
sación que tenía mucho de cómico pretendien- 
do las mismas consideraciones y el mismo aca- 
tamiento que ella disfrutaba. 

— ¡ Qué te parece, Julia — exclamaba la en- 
greída dama — la señora de B. . . , que ayer no más 
vegetaba en la sombra de su insignifican- 
cia, se presenta de pronto en Colón cargada de 
diamantes y de perlas, con una diadema como 
podría usarla una emperatriz, y se pone en pri- 
mera fila con una desenvoltura y un desparpa- 
jo que sería impertinente si no fuese rasta- 
quaére ! 

Julia, que conocía la debilidad de su tempe- 
ramento y la altivez irreductible de sus ideas, se 
limitaba a sonreír, y con un movimiento de ca- 
beza que podía significar muy bien la indiferen- 
cia con que miraba el caso en discusión, decíale 
tranquilamente : 

— Tía, todo evoluciona ; también en nues- 
tra sociabilidad tiene que producirse esa evo- 
lución. Tú vives muy apegada g, tus tradiciones 
de familia. Hoy por hoy, esas cosas, muy no- 
bles y muy dignas de tenerse en cuenta, espe- 
cialmente cuando van acompañadas de senti- 
mientos elevados y principios morales incon- 
movibles, y que se transmiten de una generar 



— 41 — 

ción a otra como una herencia nobilísima, tie- 
nen que sufrir la agresión del dinero y de la for- 
tuna que no reconoce más abolengo que la cifra 
que representa. Sobre todo — agregaba Julia- — , 
vivimos en una democracia que tiende a igua- 
larlo todo. 

Estos conceptos, expresados así, con tanta 
despreocupación, abrían una brecha dolorosa en 
el espíritu de la señora de Moran, que interrum- 
pía a Julia para protestar con impetuosidad, 
mientras decía con exaltación creciente : - 

— Sí ; está muy bien el dinero, la fortuna ; na- 
die puede discutir que no sea un mérito el con- 
quistarla con el trabajo asiduo y honrado ; pero 
un mérito-y nada más. Pero, mi querida Julia, 
eso de englobar como en una síntesis y llamar 
aristocracia del dinero a aquellos que se han en- 
riquecido sin mirar para atrás, como expresa 
el dicho popular, no me parece justo. Bien 
venida sea esa nueva aristocracia si se pre- 
senta con patente hmpia — exclamó sonrien- 
do la señora — ; en cambio, cuando se trata de 
don Marcelino, por ejemplo, un rústico de gran 
fortuna, un ignorante, un impresentable y cu- 
yos caudales tienen un origen tan discutible... 
entonces debe modificarse el concepto para ajus- 
tarlo a otro criterio ; ésa no es aristocracia de 
nada — agregó — > y no es digna de tal nombre. 

— ¿Y has visto el tesoro de alhajas que siem- 



— 42 — 

pre lleva encima su mujer? — exclamó Julia co- 
mo para estimular la ironía y el fastidio de Eleo- 
nora. 

— Sí. Y no me extrañaría que se acostara a 
dormir con el coUar de perlas, los dedos carga- 
dos de anillos de gran precio y las rosetas de bri- 
llantes... i Ah ! j y es de una ordinariez abruma- 
dora ! . . . 

Julia no pudo reprimir una explosión de ri- 
sa ; pero, reponiéndose súbitamente, dijo con 
aire grave : 

— Todo lo que quieras, tía, pero esos rústi- 
cos te dan veinte puntos en materia de for- 
tuna... 

— Basta, basta, niña ; tú quieres exasperar- 
me... 

— No, Eleonora, no ; quiero que te convenzas 
de que nuestra sociedad, compuesta hoy de ele- 
mentos tan heterogéneos y tan diversos por su 
origen y por su educa-ción, encontrarán poco a 
poco el equilibrio en un denominador común co- 
mo en las cuentas de quebrados. 

— Tienes unas ocurrencias — exclamó la seño- 
ra de Moran — , no sé de dónde sacas esas com- 
paraciones de aritmétióa para nivelar la socie- 
dad. Y, sin embargo, juraría que no sientes las 
mismas cosas que dices. Tus ideas democráti- 
cas, casi fronterizas con el socialismo moder- 



— 43 — 

no, no han penetrado a tu cerebro como una 
convención, y te daré la prueba dé ello : Si Ma- 
riano, el hijo de don Marcelino, ese pedantue- 
lo ensimismado en el dinero que posee su padre, 
y que hoy se cree él también un gran personaje 
porque tiene carruajes, caballos de raza, palco 
en Colón, autos y todo cuanto puede adqui- 
rirse con dinero, se presentara a pedir tu mano, 
¿tú consentirías en esa unión? Di la verdad ; 
con toda franqueza. Y al decir el hijo de don 
Marcelino quiero nombrar uno de tantos de los 
de su especie. Di, ¿serias capaz de vincular tu 
apeUido ilustre al de ese...? 

Una risotada sonora de Julia interrumpió el 
discurso de su tía, y haciendo una pirueta, giró 
sobre los talones como una niñita juguetona y, 
encarándose después con aire grave frente a ella, 
exclamó : 

— Mañana contestaré a tu preguntq^. . . Necesi- 
to tiempo para reflexionar — agregó haciendo una 
mueca desdeñosa. 

En este momento un rumor de pasos en la 
habitación contigua interrumpió el diálogo, y un 
hombre joven, de tipo bizarro y de porte distin- 
guido, vestido con traje de montar, apareció en 
la puerta del salón. 

— ¡ Cristian ! — exclamó Julia ante la aparición 
inesperada y sin poder contener el impulso de 



— 44 — 

sorpresa y de algo que le produjo una visible 
turbación reflejada en su semblante, del que har 
bía desaparecido de pronto el tinte rosado que 
le daba tanto realce y frescura. 

El joven se adelantó sonriendo y besó en la 
mejilla a la señora de Moran, quien retribuyó 
el Eigasajo con igual manifestación de cariño en 
la frente tersa y despejada. Dirigiéndose después 
a Julia, le tendió la mano a tiempo que decía : 

— Buen día, Julia. ¿Por qué estás tan páli- 
da? ¿Has estado enferma? 

Ante esta advertencia, la señora Eleonora mi- 
ró fijamente a Julia, diciendo a su vez : 

— En realidad, Julia, te has puesto como de 
cera. ¿Qué te pasa? 

Julia, aún más turbada y presa ahora de un 
temblor invencible, sentía latir con violencia su 
corazón, experimentando al mismo tiempo una 
sensación tan molesta de opresión y de angustia, 
que no le permitía articular una palabra. 

En ese estado de agitación y de penosa con- 
trariedad, se limitó a dibujar una sonrisa en sus 
labios descoloridos, y cuando consiguió reponer- 
se un tanto, dijo con Etcento inseguro y que trai- 
cionaba visiblemente su pensamiento : 

— Es que pensaba en la contestación que debo 
darte mañana... 

— Contestación para mañana — exclamó Cris- 



í*^--.> ^ 



— 45 — 

tián con aire de sorpresa mirando alternativa- 
mente a su madre y a Julia — . ¿De qué se tra- 
ta, mamá? — agregó después — . ¿Acaso Julia 
debe contestar algún pedido de esos que las ni- 
ñas tienen necesidad de meditación para resol- 
verlo? Si es así, te felicito, mi querida prima — 
exclamó Cristian sonriendo con malicia. 

— ¡ Qué perspicacia ! — exclamó la señora Eleo- 
nora riendo ruidosamente — , has adivinado. Fi- 
gúrate, Cristian, que he propuesto a Juha una 
unión con el hijo... ¿de quién te figuras? 

Cristian llevó la palma de la diestra a la fren- 
te, y así, en actitud pensativa, comenzó a nom- 
brar a todos los jóvenes relacionados con la fa- 
milia y que podrían ser candidatos aceptables co- 
mo pretendiep.tes de su prima. 

La señora de Moran, recordando el juego de 
los niños, decíale a cada uno que nombraba : 

— Frío, frío... 

Julia, entretanto, había adquirido de nuevo 
el dorúinio sobre sí misma y hacía coro a las ma- 
nifestaciones de su tía, batiendo palmas alegre- 
mente. 

— No acierto — exclamó por último Cristian — . 
Di, mamá, ¿de quién se trata? 

La señora de Moran, complacida por el he- 
cho de que Cristian no acertara con el candi- 
dato con el que había dado bromas a Julia, ol- 



^■M~ 



46 



vido que de cierta manera venía en favor de sus 
principios aristocráticos y de los conceptos que 
había sostenido pocos momentos antes con la so- 
brina, se dirigió a ésta con ademán significati- 
vo a tiempo que le decía : 

— ^¿Ves? Cristian piensa como yo... 

Efímero triunfo, que para la vanidad de la 
encumbrada señora tenía ima gran significación. 

— ^¿ Ves, Julia... ? — y luego agregó — : Era to- 
do una broma, Cristian ; pero te explicaré el 
origen de ella. 

Y la señora de Moran impuso a su hijo de la 
conversación que habían tenido con motivo de 
los retratos de famiha, calcando sus principios 
en contradicción con la indiferencia y el desdén 
de Julia. 

Cristian escuchó respetuosamente la relación 
de la señora hecha con toda gravedad, cual si 
se tratara de un asunto de vital importancia pa- 
ra el buen nombre y las tradiciones inmacular 
das de su famiha, y cuando Eleonora hubo ter- 
minado su discurso, permaneció un momento 
silencioso, cual, si meditara una respuesta y un 
concepto, que al definir sus principios y sus con- 
vicciones, ellos no pudiesen herir la susceptibi- 
lidad de la señora, tan persuadida de la impor- 
tancia que debían tener en sociedad las tradi- 
ciones de su hogar. 



-f^^t/p-'^^'is^^m.yK; 



— Mamá — dijo de pronto Cristian — , creo que 
Julia dice muy bien ; todo evoluciona en esta 
época de progreso, de aspiraciones legítimas, 
sin restricción y sin privilegios ; en esta época 
en que la libertad, el deredio, la justicia nive- 
lan a todos los hombres porque las conquistas 
de la civilización, de la cultura y el trabajo no 
son privilegios de los elegidos, sino de todos 
aquellos que tienen elementos para utilizarlas. 
Cada uno es hijo de sus propias obras y de sus 
propios esfuerzos. Las puertas de la sociedad es- 
tán abiertas de par en par para todos, y cada 
uno vale lo que por sí mismo es capaz de ha^ 
cer y producir. Todo lo demás son ficciones. El 
mérito real consiste precisamente en la activi- 
dad de aquel que se prepara para la lucha y del 
que sabe utilizar mejor los elementos que es- 
tán siempre a la disposición si tiene inteügen- 
cia, constancia, capacidad y perspicacia para sa- 
car partido de ellos. Ese debe ser el ideal del 
hombre moderno, factor útil para sí y para la 
sociedad. Un filósofo inglés ha dicho con razón : 
tLa felicidad y el éxito no dependen de las cir- 
cunstancias, sino de nosotros mismos». Ahora, 
en cuanto a la honradez, ella no sé aprende, se 
posee y se siente. 

Al decir esto, Cristian desvió su discurso y, di- 
rigiéndose a la señora y a Julia, exclamó : 



— 48 — 

— Pero ustedes no me han revelado aún quién 
es el candidato afortunado que pretende la ma- 
no de mi linda prima. . . 

— El hijo de don Marcelino — exclamó Eleono- 
ra, presa de una nerviosidad que no podía do- 
minar y con la convicción de que al lanzar el 
nombre del supuesto candidato, su hijo, se tha- 
ría cruces» y convendría con ella en que la unión 
de una Moran con ese sujeto, como ella lo de- 
signaba, sería una verdadera afrenta para los 
fueros de su familia. 

— ^Ese — ^replicó Cristian riendo de buena ga- 
na, mientras contemplaba a Julia, a la que nun- 
ca había visto más linda, más atrayente y más 
distinguida. . . — ése — repitió — , es un parásito 
de la propia familia... Un inútil — exclamó des- 
pués — . Uno de los tantos que gastan tranqui- 
lamente un caudal en despilfarres y no sabe có- 
mo se empieza para ganar un centavo. 

— ¿ De modo que los millones de su padre no 
serían un atractivo eficaz para que una niña de 
las condiciones de Julia le diera preferencia con 
sus afectos?... 

— No se trata de millones, mamá, se trata 
simplemente de saber si el hijo de don Marce- 
lino es persona digna de ser aceptada en im ho- 
gar que ha tenido siempre por lema la honra- 
dez, la distinción, la cultura y todo aquello que 



— 49 — 

puede elevarlo, para merecer las consideracio- 
nes sociales de que disfruta. Ser rico es muy fá- 
cil, cualquiera puede llegar a serlo, mediante un 
cúmulo de factores que lo encaminen a ese fin ; 
pero ser señor es otra cosa. Hay muchas mane- 
ras de enriquecerse ; pero hay una sola que pue- 
de hacer merecer a un hombre ese 'título que lo 
haga respetable y respetado. Don Marcelino y su 
hijo — agregó después — son ricos ; pero ni el uno 
ni el otro tienen derecho a llamarse señores. La 
psicología del padre no la han modificado las pi- 
las de dinero que ha acumulado... 

— ¡ Sabe Dios cómo ! — exclamó Eleonora in- 
terrumpiendo a su hijo. 

— Dejemos eso de lado ; neida nos interesa ; 
pero, lo que hace relieve y lo hará siempre cual- 
quiera que sea la posición que ocupe, es que don 
Marcehno es un palurdo. . . 

— Y un usurero — volvió a interrumpir Eleo- 
nora, sin poder contenerse — , y su hijo — agregó 
con ironía — no levanta un jeme sobre la ilus- 
tre prosapia de su digno padre. 

Iba Cristian a continuar su discurso sobre el 
escabroso tema, cuando fué interrumpido brus<. 
camente por la entrada ruidosa de Emilito, se- 
guido de Delfina, que venía apresuBando la mar- 
cha para alcanzarlo. 

— Cristian, Cristian, ya estoy de vuelta-^-ex- 

DELTIHA. — 4 



— 50 — 

clamó el niño arrojándose en sus brazos para 
recibir las cariñosas manifestaciones a que es- 
taba habituado. 

Delfina, entretanto, se había detenido en la 
puerta del salón sin atreverse a dar un paso. 

Al verla, Cristian le dirigió un amable salu- 
do a tiempo que le decía con tono amistoso : 

— Señorita Delfina, permítame que la fehci- 
te por el buen gusto que ha tenido usted al dis- 
poner de una manera tan chic el arreglo de 
este salón, o mejor dicho, de este verdadero 
montepío de antiguallas — agregó, refiriéndose a 
los muebles de que ya hemos hablado. 

Delfina se adelantó un tanto trémula, y cuan- 
do estuvo cerca de Cristian, éste le tendió la ma- 
no, que comprimió efusivamente, notando al 
mismo tiempo que el semblante de Delfina era 
invadido en las mejillas por dos chapas de ru- 
bor que se extendían con entonación suave y di- 
fusa como para poner más en reheve su be- 
lleza. 

— No es a mí, señor Cristian, a quien usted 
debe feUcitar, es a la señorita Juha, pues es la 
señorita quien ha dirigido todo este arreglo 
que... 

Iba a proseguir, pero Julia la interrumpió pa- 
ra decir con afectada indiferencia : 

— No vale la pena, Cristian — y luego agregó 



'•r,v; 3- '?-■¥*.- ' ^' 






— 51 — 

con acento frío y con tono casi imperativo — : 
Señorita Delfina, tenga usted la bondad de lle- 
varlo a Emilito... 

— ¿ Por qué me echas, Julia? ¿ Por qué ? — pre- 
guntó el niño encuadrándose de pronto frente a 
su hermana en actitud hostil. 

— Porque si te dejamos un instante más en el 
salón concluirás por hacer alguna de las tuyas. 

En realidad, el niño se entretenía en correr 
de un extremo a otro, y en curiosear por todos los 
rincones, diciendo al mismo tiempo sus impre- 
siones infantiles en presencia de ese arreglo que 
tanto hería su imaginación. 

Delfina, con toda suavidad y mientras acari- 
ciaba los rulos de la tupida cabellera del niño, 
trataba de persuadirlo a ñn de que la siguiera ; 
pero no hubo caso, Emilito se plantó en medio 
del salón y exclamó : 

— Me iré si me lo manda Cristian... Tú no 
me gobiernas — dijo después, mirando a Julia 
con aire entre burlón e irritado. 

— Ven acá — dijo Cristian, dando a sus pala- 
bras un acento acariciador — , ven acá, Emilio-^ 
repitió — , tú debes obedecer a Julia y a la se- 
ñorita Delfina. . . los niños buenos y educados son 
siempre razonables y obedientes... 

— Sí, pero... — exclamó el niño. 

— No, Emilito, debes obedecer sin replicar — 



— os- 
le interrumpió Cristian, y pasando su mano pea- 
las mejillas del niño exclamó — : Bueno, vamos 
a transar... vamonos todos... vamonos al jar- 
din... allí podrás correr, jugar y hacer tu gusto... 

— Todos, sí... así me voy yo también — repli- 
có el niño tomándose ahora alegremente de la 
mano de Delfina. 

Delfina se dirigió hacia la puerta del fondo, 
Cristian colocóse a su lado con el pretexto de 
acariciar al niño ; pero, en reahdad, para decir- 
le con acento quedo, mientras la contemplaba 
con una mirada impregnada de ternura : 

— ¿ Has pensado mucho en mí ? 

Delfina inclinó su cabeza sobre el seno y con 
el semblante cubierto de súbito rubor, temero- 
sa de ser oída y sin atreverse a levantar los pár- 
pados para mirar a Cristian apenas pudo articu- 
lar un sí, que salió de su pecho con la púdica 
entonación de una culpa confesada con esfuerzo. 

Julia, que en su aparente actitud de indife- 
rencia y distracción no había perdido el más le- 
ve detalle de cuanto pasaba a su alrededor, to- 
mó el brazo de su tía y mientras se adelantaban 
para reunirse al grupo le dijo en voz baja : 

— ¿Has visto?... ¿has oído?... Ahora te con- 
vencerás, Eleonora, de que mis sospechas eran 
bien fundadas. 



IV 



La fiesta del cumpleaños de la señora de Mo- 
ran celebrábase esa misma noche en un anibien- 
te de distinción y d© buen tono, propio de la 
cultura y calidad de las personas invitadas. 

Esos factores armonizaban al mismo tiempo 
con la sencillez propia del sitio donde la fiesta 
tenía lugar, lo que contribuía a imprimirle cier- 
to aire de familiaridad que la hacía aún más 
simpática. La misma dueña de casa, a pesar de 
sus fueros aristocráticos y de sus intransigencias 
protocolares, se había penetrado de que hubiese 
tocado las fronteras del ridículo el pretender im- 
primir a esa reunión los convencionalismos de 
los salones de la ciudad. 

— Estamos en el campo — ^le había dicho a Ju-. 
lia — , y debemos dar a esta reunión todos los 
caracteres dé una fiesta de familia, sin etique- 
ta y sin formulismos que no harían otra cosa que 



— 64 — 

malograr su éxito. Así, debemos invitar exclu- 
sivamente a nuestras relaciones más intimas, a 
nuestros buenos amigos para que todos nos tra- 
temos con confianza y para que cada uno tenga 
la libertad de disponer y hacer lo que sea de su 
mejor agrado. 

Partiendo de ese concepto, había preparado 
un programa sumamente atrayente : números 
de música, canto, cinematógrafo en el amplio 
jardín. Una orquesta instalada en una glorieta 
oculta entre los árboles y el follaje, tocaría un 
repertorio selecto. 

El parque, profusamente iluminado, tenía un 
aspecto fantástico, que contribuía a aumentar- 
lo aún más la noche tibia y serena. Una encan- 
tadora noche de plenilunio, que invitaba a las 
gratas expansiones del espíritu. 

Las fuentes y los surtidores contribuían a re- 
frescar el ambiente con sus grandes chorros de 
agua que se desmenuzaban en forma de lluvia 
irisada de una manera fantástica por la combi- 
nación de lamparillas de diversos colores hábil- 
mente dispuestas. 

El salón, iluminado profusamente como la na- 
ve de un templo, resplandeciente de luz, de co- 
lores, de reflejos armónicos, ostentaba sus ri- 
cas antigüedades, a las que formaban digno mar- 
co los grandes ramos de olorosas flores y la* 



-T'^^n . 



— 66 — 

plantas exóticas con sus hojas de una belleza 
pictórica. 

Dispuestas con el mejor gusto y en sitios ade- 
cuados, se hallaban esparcidas por los amplios 
jardines una serie de mesitas, en cuyo centro 
se ostentaban en una pequeña jardinera hermo- 
sos claveles de Italia, de los más variados mati- 
ces, y entre las soberbias flores, un pequeño per- 
gamino historiado como un misal antiguo, en 
el que estaba escrito con caracteres de estilo bi- 
zantino el rico y variado menú de la cena. 

Se respiraba en todos los sitios un aire tibio 
y perfumado, refrescado de tiempo en tiempo 
por rachas de viento fresco que altaban las ho- 
jas de los árboles haciendo unísono al rumor de 
la caída de las aguas en las fuentes y surtidores. 

Después de las diez, la concurrencia había in- 
vadido ya el salón y los jardines, formando sim- 
páticas parejas y corrillos, y de tiempo en tiem- 
po, los carruajes de la casa y los automóviles de 
los invitados se detenían ante las gradas de már- 
mol del vestíbulo para dar entrada a nuevos con- 
currentes a quienes recibían con demostracio- 
nes amistosas y efusivas la señora Eleonora, Ju- 
lia y Cristian. -' 

Entretanto, la orquesta, invisible, continua- 
ba ejecutando brillantes trozos aplaudidos es- 
truendosamente al final de cada uno, y de pron- 



— se- 
to, los acordes de un vals de Strauss hicieron 
oír sus brillantes y acompasadas notas. 

Julia, que estaba elegantísima y hacía relieve 
entre un grupo de niñas que discurrían agrada- 
blemente al pie de la gradería, dirigió una mira- 
da significativa a Cristian ; era una insinuación 
directa para que la invitara a bailar el vals ; 
pero, Cristian, fingiendo no comprender el sig- 
nificado de aquella mirada, se adelantó haeia el 
grupo y, ofreciendo su brazo a una de las niñas, 
se dirigió al salón. 

JuHa sintió la impresión punzante del desai- 
re ; pero, sin demostrar contrariedad, aceptó a 
su vez el brazo de un amigo de Cristian y se en- 
tregó con aparente entusiasmo a los giros de la 
danza. 

Muy lejos estaba Juha de sospechar lo que 
iba a suceder después de terminar el vals, pues, 
así que su acompañante, haciendo un ceremonio^ 
so saludo, se despidió de ella, Julia abandonó el 
salón para instalarse en^ uno de los bancos del 
jardín un tanto alejado del bullicio y de la ale- 
gría de la fiesta. 

— j Cristian, Cristian ! — murmuró — , ¿por qué 
me persigue tu imagen como una visión imbo- 
rrable ? ¿ Por qué mi corazón se sobresalta cuan- 
do te veo? ¿Por qué me siento desfallecer en 
una languidez que produce vértigos cuando de 



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^. 



— 57 — 

improviso me encuentro contigo? Y tú — conti- 
nuó siguiendo su monólogo — ; tú, no quieres 
darte cuenta de todo lo que sufro, de todo lo 
que siento por ti, de todo lo que mis labios qui- *| 

sieran murmurar a tu oído, en tanto que debo 
fingir una indiferencia que me abruma y me ha- 
ce morir... j Oh ! ¡ qué horrible es sufrir así ! — 
exclamó con acento dolorido, y abandonando de 
pronto el asiento, se internó en un bosquecillo 
de rosas — . Estas son las predilectas de Delfina 
-—exclamó contemplando los hermosos rosales 
cubiertos de flores--. ¡ Malvada, intrusa, eres tú 
quien me arrebata esa feücidad que tanta« ve- 
ces he acariciado ! ¡ Ah ! pero bien cara pagarás 
tu audacia : por cada día de sufrimiento, por 
cada hora, por cada instante — exclamó con ve^ ^ 

hemencia creciente — que mi corazón se oprime 
y se desgarra fibra por fibra, cual si tu mano 
traidora se metiera dentro de él para estrujarlo, 
te haré derramar raudales de lágrimas y te ha- 
ré implorar indulgencia, humillada y vencida. 
Y no habrá indulgencia para ti. ¡ Oh ! mi odio 
será implacable y. . . 

No bien había pronunciado esta amenaza, 
cuando se interrumpió bruscamente para poner 
el oído atento y escuchar una romanza que lle- 
naba con sus notas todos los ámbitos del salón 



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~ 68 — 

y repercutía en el jardín cx)n ecos vibrantes de 
una poderosa voz bien conocida por ella. 

— ¡ Delfina ! — exclamó en el colmo de la exa8^ 
peración — . ¡ EUa, es posible ! . . . Eleonora le ha 
permitido que concurra a la fiesta — y rápida y 
convulsa apresuró el paso hasta penetrar en el 
salón. 

La escena que allí presenció acabó por cons- 
ternarla : de pie, sonriente, y con aire satisfe- 
cho, al lado del piano, Cristian acompañaba a 
Delfina, que con voz deliciosa y en medio del 
silencio y la atención de la concurrencia, era ob- 
jeto de todas las aprobaciones, de todas las mi- 
radas, y al final, cuando la última nota saüó de 
su bella garganta, una salva de aplausos reper- 
cutió en el cerebro de Julia como el ruido metá- 
lico de los cascabeles de un juglar. Estaba ano- 
nadada. 

Delfina abandonó el piano, púdica y modes- 
ta, con las mejillas sonrosadas, los ojos brillan- 
tes y humedecidos por la emoción, más hermo- 
sa que nunca en la sencillez de su traje de tul 
blanco y valencianas. Tomó tímidamente el 
brazo que le ofrecía Cristian y mientras pasea- 
ba por el salón recibiendo las felicitaciones que 
todos se disputaban prodigarle por su hermosa 
voz, por la gracia y correcta entonación con que 
dijera la romanza, llegaron al sitio donde se en- 



— 69 — 

contraba Julia, aparentemente tranquila y son- 
riente, pero con una palidez intensa en sus me- 
jillas y un temblor en los labios que denotaba 
claramente su contrariedad y el esfuerzo supre- 
mo que debía hacer para disimular la profunda 
contrariedad que la agitaba. 

— ¿Has escuchado la romanza, JuUa? — ex- 
clamó Cristian ante la indiferencia con que reci- 
biera a Delfina. 

— Sólo al final — dijo fríamente — , pues esta- 
ba en el jardín admirando los rosales que tanto 
agradan á la señorita Delfina, y que, vistos así de 
noche, iluminados por la luz amarillenta de la 
luna, parecen flores amortajadas. Al verlas, no 
sé qué triste presagio ha movido mi espíritu ; 
mañana le diré a Eleonora que haga arrancar 
esas plantas. 

— ^ÍEres supersticiosa, JuUa — exclamó Cristian 
con aire grave. 

Delfina, a su vez, experimentó una intensa 
impresión de terror, a tal punto, que Cristian 
pudo advertir que su brazo temblaba cual a lo 
Eigitara una corriente eléctrica. 

— Esas ñores son siniestras — exclamó Julia 
con tono de sibila clavando su mirada en un ra- 
mo de ellas que Delfina había colocado como 
único adorno en la faja de ra-so blanco que ceñía 
su hermoso talle. 



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— 60 — 

Cuando Julia se hubo alejado, insensiblemen. 
te Delfina arrancó las flores de la cintura y las 
dejó caer a sus pies ; un presentimiento, más po- 
deroso que su voluntad y que su predilección 
por esas flores, la impulsó a repudiarlas como 
un símbolo funesto. 

— j Qué ingenua eres ! — le dijo Cristian, que 
no había perdido un solo detalle de la espena 
que acababa de tener lugar y que había interpre- 
tado las palabras de Julia más como una mani- 
festación de despecho que como convicción de 
un espíritu supersticioso ; y al ver las flores es- 
parcidas ppr el suelo, se inclinó para recogerlas. 
. — No las toques, Cristian — exclamó Delfi- 
na — ; las palabras de Julia me han dado mie- 
do. ¡ Oh ! a veces se cumplen esos presagios. 

— ¿Tú lo crees? — dijo Cristian sonriendo, 
mientras aspiraba el perfume de las rosas que 
había recogido. 

— Sí... no sé... pero Julia lo ha dicho así con 
un tono de convicción. . . así como una profecía. . . 

— No hagas caso, Julia está muy nerviosa... 
tiene necesidad de satisfacer una pequeña ven- 
ganza, y no pudiendo reahzarla contigo se en- 
saña con las rosas... Ella es mala... y tú eres 
una niña crédula como Emilito. 

En ese momento, un grupo de niñas y de jó- 



-- 61 — 

venes, a quienes había impresionado la voz de 
Delfina como una revelación del más puro sen- 
timiento musical, venía a pedirle el bis de la 
beUa romanza, que tanto les había deleitado. 

Delfina estaba indecisa y temerosa de que la 
señora de Moran pudiese observar que ella, la 
institutriz, se considerase también como una 
invitada. Había llenado un número del progra- 
ma por pedido de Cristian y creía que ya debía 
retirarse del salón, y lo hubiera hecho, si Cris- 
tian mismo no la hubiera retenido con insisten- 
cia. Ese mismo pensamiento la había obligado 
a rehusar acompañarlo en una pieza de baile 
que tanto la suplicara concederle. 

Ante la insistencia del grupo, dirigió una mi- 
rada a Cristian como para consultarlo respecto 
de lo que debía hacer, 

— ¡ Sí, sí, queremos oírla otra vez ! — repitie- 
ron todos a coro — ; usted no puede negarnos ese 
pedido, i Tiene usted una voz tan linda, canta 
con tanto gusto ! — exclamó una de las niñas — 
que una verdadera artista no lo haría mejor. 

Cristian, que había comprendido la interroga- 
ción que le dirigiera Delñna con una mirada 
tan expresiva, insistió a su vez a fin de que sa- 
tisficiera tan amables exigencias, y sin esperar 
su asentimiento la acompañó de nuevo al piano, 



— 62 — 

y a fin de que los concurrentes no encontrasen 
motivo para murmurar respecto de las preferen- 
cias que su espíritu le impulsaba a prodigarle, 
pidió a un amigo que lo reemplazase cerca de 
ella, apenas Delñna extendió sus manos blan- 
quísimas sobre el teclado. 

Al cruzar el salón, se encontró de pronto fren- 
te a Julia, que indagaba con una marcada ex- 
presión de curiosidad el motivo del silencio que 
se había producido de pronto. 

— ¿Delfina vuelve a cantar? — exclamó diri- 
giéndose a Cristian. 

— Sí, ¿te molesta acaso? — replicó éste sin 
poder ocultar un sentimiento de contrariedad. 

— ^¿Molestarme?... ¿por qué?... Ella, pobre- 
cita, hace lo que puede para complacerte — dijo 
Julia acentuando maliciosamente sus últimas 
palabras. 

— Julia, no sé por qué empleas un lenguaje 
tan irónico.... 

Julia evadió la réplica y, en cambio, miran- 
do a Cristian con una expresión que era la sín- 
tesis de los sentimientos que agitaban su alma, 
le dijo con amargura : 

— ^i Qué malo eres conmigo, Cristian ! 

Y lanzando un suspiro que levantó su seno 
como una ola que se pliega en ima curva de 
aguas tranquilas, volvió a mirarlo de una ma- 



— as- 
nera tal, que Cristian puáo darse cuenta de que 
Julia ocultaba una pasión de la que él no se ha- 
bía dado cuenta hasta entonces. Sienipre había 
atribuido sus asiduidades al afecto que une a 
dos personas ligadas por el parentesco y que han 
vivido juntas desde niños. Pero en aquel mo- 
mento, la conducta y la actitud de su prima fue- 
ron una revelación inesperada y que por fuerza 
debía contrariarlo. 

— ¿Por qué crees que soy malo, Julia? ¿Aca- 
so te he ocasionado daño alguno? ¿Tienes al 
gún reproche que dirigirme? Si lo tienes, dis- 
cúlpame, pues jamás he abrigado por ti sino un 
tierno afecto de pariente... te he querido y te 
quiero siempre como puede quererse a una her- 
mana. Pienso que he sido siempre correcto en 
mi conducta para contigo ; así que me sorpren- 
de el reproche que me diriges ; discúlpame, pues 
repito : si te he ocasionado involuntariamen- 
te algún desagrado, te juro que si tal cosa ha su- 
cedido, mi voluntad ha sido perfectamente aje- 
na al hecho que puedas inculparme. 

— No, Cristian, no ; tú no has hecho daño al- 
guno intencional... pero... esta noche, aquí, en 
esta fiesta, te has olvidado de mí pea: completo. . . 
En cambio — agregó Juüa después de una pau- 
sar—, otras han merecido tus preferencias y han 
sido dignas de tus asiduas amabilidades. . . 



— 64 — 

— Cumplo simplemente con los deberes que 
me impone mi posición de dueño de casa. . . y tú 
no puedes quejarte ; todos mis amigos se dispu- 
taban la ocasión de agasajarte. 

— Es cierto — dijo Julia, y después de reflexio- 
nar un momento, y ya sin poder contenerse, ex- 
clamó de pronto — : No me has invitado una so- 
la vez a bailar una pieza, siendo así que ya se ha 
corrido la voz de que tú no has abandonado un 
solo momento a esa institutriz — dijo Julia acen- 
tuando sus palabras con una evidente expresión 
de desdén. 

— Eso dicen — exclamó Cristian con toda tran- 
quilidad. 

— Eso y algo más — exclamó Julia. 

— Parece que a ti te molestan esos decires y 
quisieras cuidar de mi posición a fin de que no 
haga un papel desairado, ¿no? Mucho te lo agra- 
dezco, Julia ; pero ese algo más me parece que 
es una cavilación de tu parte ; no te contra- 
ríes por mí... 

— ¡ Cristian ! — exclamó Julia con altivez ; 
pero, reprimiéndose súbitamente y adoptando 
un aire de resignación y de súplica, le pidió que 
le diera el brazo, y así, con aire de triunfo, del 
brazo de Cristian, procuró llevarlo hasta cerca 
del piano, a fin de que Delfina pudiese darse 



— 65 — 

cuenta de que ahora era ella la que arrojaba los 
dados para jugar la partida. 

Terminada la romanza, en medio de una sal- 
va de aplausos y de bravos, Delfina se levantó, 
y tomando el brazo que le ofreciera el amigo de 
Cristian pidió que la llevara al jardín. 

— Entonces, hagamos las paces, Cristian ; me 
parece que te has irritado un tanto con las no- 
ticias que te he dado. 

— No, Julia ; estás en un completo error ; por 
el contrario, me ha complacido apercibirme de 
algo que ignoraba y que me servirá para guiar 
mi conducta — ^rephcó Cristian con marcada in- 
tención, 

Juha se mordió los labios, y apoyando su cuer- 
po sobre el hombro de Cristian, le dijo con acen- 
to dulcísimo : 

— Cristian : ¿ quieres concederme la pieza que 
van a tocar ahora? 

— No es posible ; estoy comprometido con la 
institutriz — ^replicó Cristian, imitando, al pro- 
nunciar el título de Delfina, la mirana entona- 
ción desdeñosa que empleara Julia. 

Juha lanzó una risotada tan intempestiva y 
ruidosa que hizo dar vuelta la cabeza a las per- 
sonas que estaban a su alrededor^ y despren- 
diéndose casi con violencia del brazo de Cris- 
tian, le dijo con tono sarcástico : 

DELFINA. — 5 



— 66 — 

— ^Te felicito... es una conquista que muchos 
te envidiarían... 

— ¡ Perversa ! — dijo para sí Cristian, y dán- 
dole la espalda fué al encuentro de Delfina. 

Julia fué en busca de la señora de Moran, y 
apenas pudo quedar un momento sola con la se- 
ñora, le dijo con tono entre festivo y burlón : 

— ¡ Eleonora ; en esta fiesta se celebra el cum- 
pleaños de Delfina ! 



Habían transcurrido apenas dos días después 
de la fiesta, cuando encontramos a Julia por pri- 
mera vez encerrada en su habitación con el co- 
razón agitado por un cúmulo de emociones que 
en vano trataba de dominar. 

Su espíritu, rebelde hasta entonces a dar ca- 
bida a la realidad de los amores de Delfina con 
Cristian, tuvo que sufrir el choque de la eviden- 
cia en esa noche inolvidable, que fué para ella. 
la más completa revelación de que sus presen- 
timientos se habían confirmado plenamente. 

Muchas de las personas que habían concurri- 
do a la fiesta, especialmente sus amigas más ín- 
timas, habían podido apreciar en todo su alcan- 
ce la conducta de Cristian, y no pocas, sin sos- 
pechar que ahondaban la herida que había des- 
garrado el corazón de Julia, se acercaban a ella 



— es- 
pala insinuarle con un tono de misterio confi. 
dencial el triunfo de la bella institutriz. 

— Es muy bonita — decían unas — , ¡ Y qué 
graciosa ! — agregaba otra — . ¡ Qué distinguida, 
qué voz tan espléndida, qué tipo tan aristocráti- 
co ; no parece una persona de origen tan humil- 
de ! — ■ exclamaba la más íntima amiga de Ju- 
lia — . Y sobre todo, qué elegante — repuso la que 
había elogiado la belleza de su voz — . Sencilla- 
mente vestida de blanco, sin adornos, apenas 
con un cinturón de raso que cae en largos lazos 
sobre la falda, parece una princesa de los cuen- 
tos... 

— j Jesús ! no es para tanto — ^había exclama- 
do Julia en el colmo de la contrariedad al oír 
los elogios que sus amigas prodigaban a Delfi- 
na con tanta sinceridad y simpatía. 

Y este recuerdo, unido a las demostraciones 
do Cristian, torturaba constantemente su ce- 
rebro. 

Cuando ella abandonó la habitación en acti- 
tud airada y resuelta, era porque había visto a 
Delfina en el jardín, al pie de la gradería del 
vestíbulo, con el pretexto de vigilar a Emilito, 
pero, en realidad, con el propósito de encontrar- 
se con Cristian, que debía regresar de una ex- 
curáón campestre. 

Un senitimiento profundo de despecho, de 
odio, de desesperación y de venganza agitaba su 

-- . ■ í 



— 69 — 

corazón. Delfina era para ella la usurpadora de 
un cariño que en su ofuscación creía firmemen- 
te que no debía disputarle. 

Su vanidad y las modalidades de su carácter 
la llevaban a confrontarse con la rival en me- 
dio de sus cavilaciones, y no podía concebir có- 
mo un hombre de las condiciones de Cristian 
pudiera descender hasta fijar sus ojos en una 
miserable maestra, cuando ella, descendiente 
de su propia familia, hermosa, elegante, inteli- 
gente, instruida, reunía todos los atractivos que 
puede tener una mujer para hacerse querer. Es 
que Julia no se daba cuenta de que el amor no 
tiene alcurnia ni blasones ; se ama porque ese 
sentimiento se impone y no se discute, no se so- 
mete al cálculo como una operación geomé- 
trica. 

No se resignaba a darse por vencida. Ell?i 
creía amar a Cristian con toda la vehemencia 
de un alma apasionada, , y al lado de ese senti- 
miento que fomentara durante tanto tieinpo las 
fantasías de su imaginación cr^a poder encon- 
trar de pronto la realización de sus aspiracio- 
nes, y el desengaño era tanto más cruel y an- 
gustioso por la circunstancia de que otra mujer 
se cruzara en su camino para arrebatarle todas 
sus ilusiones, todos sus dorados sueños de feli- 
cidad. 



Si Cristian no se hubiese fijado en ella a pe- 
sar de merecerlo por todos los atractivos y cua- 
lidades de su persona, el golpe no hubiese sido 
tan rudo y tal vez lo soportara resignada y en 
silencio ; pero el hecho de verse suplantada por 
una advenediza, sin nombre, sin méritos, sin 
derechos a tanta distinción, constituía para ella 
una humillación tal, de la que Juüa protestaba 
desde el fondo de su alma. 

— Delfina, la institutriz de Emilito, una mu- 
chachuela cualquiera, que ha ingresado en esta 
casa poco menos que hambrienta, una audaz 
que no tiene en su favor más que su carita de 
muñeca, su habilidad parar interesar por su fin- 
gida modestia, su canto aprendido en un conser- 
vatorio de barrio, y que esta cualquiera anóni- 
ma, con ese bagaje vulgar de méritos que tie- 
nen todas las que, como ella, necesitan ganar 
el pan de cada día con su trabajo y con su di- 
ploma, pueda alcanzar a merecer las obsequio- 
sidades, las deferencias, las distinciones, el amor 
— exclamó Julia, terminando su monólogo con 
la última palabra que pronunció casi como un 
grito de dolor y de despeho — de un caballero, de 
un hombre distinguido como Cristian, digno de 
una princesa real, j es un colmo, una ignominia ! 

»¡ Oh ! Cuando Eleonora se imponga de lo que 
sucede en su propia casa, dentro de este hogar 



-i^-vr^-^i^T^;!^^- ^ '^^^i?f^^íl^pS|jSfpi^p!^^«!^'»^BS3g5^fP" 



* 



— 71— ^ 

tan respetado y tan merecedor de mejor suerte, 
seguramente sufrirá un golpe terrible y prefe- 
rirá morirse antes de consdntir que su hijo reali- 
ce una unión repudiada por la sociedad, en la 
que nuestro nombre es acatado con tanto respe- 
to y con tanta consideración, 

»Será una mancha de lodo que empañará el 
brillo de nuestras tradiciones seculares». 

Y el egoísmo triunfante, el orgullo herido en 
su fibra más sensible, yi la vanidad humillada, 
todos estos sentimientos reunidos parecían ha- 
berse complotado para asestar un golpe terrible 
a la altivez de Julia, que procuraba olvidar aho- 
ra su propia pasión como en la angustiosa agonía 
de un ser que se extingue lentamente. 

Resignada en presencia del fatal desenlace de 
sus perdidas ilusiones, todos sus propósitos se 
concentraban ahora hacia un solo objetivo : des- 
truir la felicidad de Delñna, arrebatarle sin pie- 
dad todas sus esperanzas, y ya que no había po- 
dido conquistar el corazón de Cristian, impedir 
de todas maneras que pudieran realizar sus pro- 
mesas, poniendo de por medio el orgullo y la 
voluntad inquebrantable de Eleonora. '■ 

Con ese aUado, Julia creía poder realizar am- 
pliamente el plan que se había trazado ; pero, 
como era inteUgente y perspicaz, sabía perfec- 
tamente disimular sus intenciones ; así, cerca de 



*?-;*?'* 



72 



Cristian y de Delfina, había procurado cx>nser. 
var su actitud de indiferencia y despreocupa- 
ción, cual si no tuviese la menor sospecha de 
cuanto sucedía a su alrededor. 

Entretanto, Cristian conservaba a su vez una 
conducta discreta, procediendo con la mayor 
cautela en sus relaciones con Delfina, a ñn de 
impedir que la señora Eleonora advirtiese sus 
inclinaciones ; pero la pasión no razona, y en 
más de una circunstancia había dado motivo 
para que su actitud trascendiera, y la señora 
misma, después de las insinuaciones de Julia, 
tuviera más de un sobresalto. 

Y esos amores de dos criaturas casi adoles- 
centes tomaban los contornos de una pasión ro- 
mántica, de un idilio acechado por el despecho 
de Julia y por la intransigencia de la señora. 

Muchas tardes, cuando el sol empezaba a de- 
clinar, cuando las avenidas del parque se cu- 
brían do grandes manchas de sombras, con oon- 
'tornos caprichosos, proyectados por los árbo- 
les, entre cuyas tupidas copas filtraban los últi- 
mos rayoB del sol como hilos color de azufre, en 
el ambiente tibio y perfumado por los rosales en 
flor, cuando los pájaros llegaban de sus corre- 
rías en busca de los nidos y las fuentes deja- 
ban oír el rumor lejano de la caída de las aguas, 
Delfina aparecía de pronto como una viáón en 






— 73 — 

el extremo de una de estas avenidas, trayendo 
un ramo de claveles, qiie depositaba, después 
de aspirar su perfume e imprimir en sus atercio- 
pelados pétalos im beso apasionado, en un ban- 
co rústico de los tantos que había a lo largo de 
la calle. Se detenía un instante para arrojar una 
mirada escudriñadora en torno suyo, y ágil y con 
el paso rápido como el de un niño se echaba a 
correr por la amplia avenida hasta llegar al jar- 
dín, donde se reunía con Emilito, a quien d^'a- 
ra al lado de una fuente haciendo pianiobrar 
nna pequeña escuadra de barquichuelos de 
metal. 

Poco después Cristian se presentaba en aquel 
sitio, en el que todo parecía dispuesto para pro- 
teger con sombras discretas, con perspectivas y 
panoramas sugestivos la reunión de los enamo- 
rados. En aquel rincón del parque, lejos de las 
miradas de la familia y del bullicio de la casa, 
Delfina se había encontrado por primera vez con 
Cristian. Allí la había detenido, interrumpien- 
do su paseo en compañía de Emilito, y miwi- 
tras el niño corría por las calles del parque en- 
tretenido en hacer rodar un gran disco de ma- 
dera, Cristian había tomado Ieis manos de Del- 
fina para hablarle del cariñp que sentía por ella, 
de la pasión que le habían inspirado su bdile- 
za, su candor, las bondades de su alma sencilla 



''"'■■ — 74'— •' • 

y virtuosa, haciéndole juramentos de quererla 
siempre con el anhelo de ser correspondido. 

Delfina, confusa, trémula, con las mejillas en- 
cendidas como la fruta del granado, balbucien- 
te y asustada, no había podido responder a una 
manifestación que la tomaba de sorpresa, por 
más que ella se hubiese dado cuenta muchas 
veces de que su corazón le anunciara que sus 
latidos tumultuosos cuando se encontraba en su 
presencia tenían una significación que no se 
atrevía a interpretar. Algunas tardes, sentada 
en uno de esos bancos rústicos lejos de la casa, 
mientras Emilito se entregaba a sus juegos pre- 
dilectos, ella pretendía leer ; pero, de pronto, las 
letras desaparecían de las hojas del übro, y, en 
cambio, el nombre de Cristian aparecía en ellas 
como una evocación mágica y sin que pudiese 
impedirlo. 

Otras veces, al reunirse con ella el niño,, can- 
sado de sus juegos, la miraba con sorpresa para 
decirle : 

— ¿Lloras, Delfina...? ¿por qué estás tris- 
te...? ¿por qué has llorado? 

Así, cuando Cristian se dirigió a ella en esa 
tarde inolvidable, cuando despertó en su alma 
ese sentimiento que ella misma no quería fo- 
mentar por temor a un amargo desengaño, 1» 
impresión que experimentó fué tan intensa, tan 



* 

nueva, tan emocionante, que sus labios trému- 
los sólo pudieron articular una palabra : «¡ Cris- 
tian !» 

Y pronunció el nombre adorado como la in- 
vocación de un alma creyente hacia un ser su- 
perior en busca de amparo, de verdad, de sin- 
ceras promesas, y miró a Cristian con sus lindos 
ojos como iris de inocencia, y en esta mirada 
le decía un mundo de cosas que ella no podía 
articular. 

Cristian lo comprendió así, y comprimiendo 
aún más sus manos pequeñas y heladas por la 
emoción, miróla a su vez con apasionamiento, 
y le dijo con acento oáhdo : 

— ¿ Me quieres , Delfina ? ¿ Eres capaz de que- 
rerme cuanto yo te quiero? 

— No sé... sí... Cristian... Usted es muy bue- 
no conmigo. . . yo soy una pobre niña y usted es 
un señor — exclamó Delfina, 

— Es cierto ; soy un señor, y por lo mismo 
que me crees así, no debes esperar de mí sino 
una conducta que justifique el nombre que me 
das. Mira, Delfina — agregó después — ; te quie- 
ro como se puede querer a mi edad, sin cálcu- 
lo y sin malicia ; te quiero como se puede querer 
a un ser ideal que reúne para mí todas las vir- 
tudes y todas las promesas de una fehcidad. 

Y desprendiendo una mano de las suyas rodeó 



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— To- 
la cintura de Delfina para atraerla hacia él. 
Delfina se sintió desfallecer, su emoción era tan 
intensa que por momentos temió que las fuer- 
zas la abandonaran. 

— No temas, Delfina^ — exclamó Cristian — ; 
no temas, mi vida ; siéntate aquí a mi lado — 
agregó, y la condujo al banco rústico más inme- 
diato — . Ahora dime con palabrafe todo lo que 
me han expresado tus ojos, esos Hndos ojos que 
velan mis sueños y que he visto dm*ante la no- 
che, en mis soledades, mirarme dulcemente en 
la obscuridad de mi habitación. Dime, Delfina, 
una sola palabra : ¿me quieres, eres capaz, te 
repito, de quererme siempre con toda la ternu- 
ra que yo siento por ti? 

Dominada por el acento apasionado de Cris- 
tian, cuyo ahento cálido recibía en pleno rostro 
como una caricia, subyugada por la sinceridad 
que veía al través de sus pupilas, por la noble- 
za de sus propósitos, Delfina, a quien parecía 
inmensa una felicidad tan inesperada, pensó, 
por un instante, que todo aquello era una fan- 
tasía, un sueño delicioso, y que pronto la rea- 
lidad vendría a arrebatarle ese paraíso que Cris- 
tian le, prometía. 

Sentía latidos dentro de su cerebro como rui- 
dos de galope, y en sus oídos como el rumor le- 
jano que producen las aguas en su caída en las 



— 77 — 

fuentes. Su corazón saltaba dentro del pecho 
agitado por las emociones sucesivas que expe- 
rimentara, y era tal la conmoción nerviosa que 
se había apoderado de toda su persona, que ya 
no le era posible soportar una situación que se 
hacía angustiosa. El placer también hace su- 
frir, y su intensidad puede matar como el do- 
lor ; así Delfina creyó que iba a morir, que ya 
no resistiría más. Una necesidad imperiosa de 
decir todo cuanto agitaba profundamente su al- 
ma la decidió por fin a repetirle a Cristian que 
ella lo amaba también ; que su vida era suya 
y, por último, con los ojos arrasados en lágri- 
mas, bella como una sagrada imagen, exclamó 
con acento emocionado, mientras de pie, delan- 
te de Cristian, juntaba sus manos trémulas en 
actitud de súplica : 

— Cristian, ten compasión de mí... no me en- 
gañes... ¡ Oh, si me engañases — agregó con un 
arranque de desesperación — , me moriría, Cris- 
tian!... 

Cristian, pálido y contrariado por la inmere- 
cida sospecha, rasgó con un movimiento brusco 
la fina batista de su camisa, y arrancando una 
cadenilla de oro que colgaba de su cuello y en 
cuyo extremo se veía una medalla rodeada de 
pequeños diáxnantes, la puso en manos de Delfi- 



— 78 — 

na, en tanto que con voz trémula le decía apa- 
sionadamente : 

— Esa imagen la colocó mi madre sobre mi 
pecho cuando era niño ; la he conservado hasta 
ahora como un talismán sagrado ; eUa será siem- 
pre para ti el testigo más elocuente de mi cariño. 
^ — ^Perdóname, perdóname — se apresuró a re- 
petir Delfina arrepentida de su injusta descon- 
fianza — . Soy una insensata... te devuelvo esa 
preciosa reUquia que nunca debes abandonar... 
Tu palabra es para mí tan sagrada como elia— . 
Y al decir esto desprendió un ramo de rosas 
blancas que llevaba en el seno y se las ofreció 
con una mirada tierna y apasionada, en tanto 
que le decía — : Es cuanto poseo... es todo lo 
que puedo ofrecerte — . Y al mismo tiempo im- 
primió un beso amoroso en la piadosa imagen 
de la medalla que devolvió a Cristian, quien con 
una amable sonrisa aceptó la deliciosa ofrenda 
en tanto que le decía : 

—¿Y a mí? 

— Aun no — replicó Delfina bajando los párpa- 
dos, y, separándose bruscamente de su lado, fué 
al encuentro de Emilito, que avanzaba por la 
avenida haciendo girar rápidamente un arco de 
madera. 



-H 



VI 



Desde aquella tarde memorable en que Delfi- 
na escuchara como un salmo de amor la decla- 
ración apasionada de Cristian, y en que ella sin- 
tiera todo el inmenso anhelo de una felicidad 
que su alma a<iariciaba ahora como una sagra- 
da promesa, prociuraba observar una conducta 
que la pusiera al abrigo de las asechanzas de Ju- 
lia, por más que ésta, como hemos dicho, fingía 
a su vez una indiferencia y una placidez que por 
cierto estaba muy lejos de sentir. 

Cristian mismo, conociendo el carácter de 
su prima, la había prevenido de estar en guar- 
dia y esperar el momento en que él resolviera 
asumir la actitud que le correspondía ante su pro- 
pia madre, escollo principal de vencer sin una 
preparación previa que pudiese desarmarla en 
la lucha que forzosamente tendría que empeñar. 

Las resistencias de la señora tendrían que de- 



— 80 — 

bilitarse poco a poco ; así convenía a sus propó- 
sitos emplear una táctica pacientemente estu- 
diada para evitar un rompimiento con sus dolo- 
rosas consecuencias. 

Cristian quería mucho y respetaba profunda- 
mente a su buena madre, modelo de virtudes 
domésticas. Conocía punto por punto la intran- 
sigencia y las debilidades de su temperamento 
aristocrático ; pero sabía valorar la importancia 
de estas preocupaciones, que para él no consti- 
tuían otra cosa que ficciones y prejuicios tradi- 
cionales en su familia. 

Partiendo de estos conceptos, tenía la muy 
íntima convicción de que el día que hablara con 
la señora Eleonora de sus inclinaoiones respec- 
to de Delfina con Ja formaüdad y el tino con 
que debía heicerlo, las resistencias de la señora 
perderían su mejor punto de apoyo ante la pro- 
fesión de fe social en que fundara su resolución. 

Cristian, a pesar de su juventud, era todo un 
hombre de experiencia y con convicciones pro- 
pias, dentro de las cuales jamás había transigi- 
do, y bien sabía Eleonora que su tolerancia con 
respecto a su manera de sentir era fruto de su 
educación y del respeto que le profesaba. 

Instruido, inteligente, dedicado por completo 
al cuidado y administración de la cuantiosa for- 
tuna que heredara de su padre, vigilaba al mis- 



— si- 
mo tiempo los intereses de la señora con una de- 
dicación y una escrupulosidad cual si se tratara 
de bienes extraños. 

Su espíritu elevado y selecto era casi refrac- 
tario a todo lo que significara una preocupación, 
un prejuicio social, y es por esta modalidad de su 
manera de sentir qué en todos los actos de su vi- 
da seguía una norma de conducta personal, ins- 
pirada en sus propias convicciones. Indepeo- 
dient© y altivo hasta la austeridad, no era, sin 
embargo, un excéntrico, ni un raro ; pero repug- 
naba a sus sentimientos delicados de hombre de 
bien, los tantos convencionalismos que se tra- 
mitan en sociedad como la moneda falsa, según 
su propia expresión. 

Y precisamente por estas cualidades que im- 
primían a su persona un sello de originalidad, 
era considerado en el vasto círculo de sus ami- 
gos como un hombre bien equilibrado y de con- 
sejo. Cuando sintió los primeros aleteos de la 
pasión que ahora lo embriagaba, pensó que 
aquello pasaría sin mayores ulterioridades, con- 
sideró el hecho con toda despreocupación, atri- 
buyéndolo a las simpatías que podía despertar 
Delfina en el espíritu de cualquier hombre ca- 
paz de estimar sus nobles cuaUdades, su abne- 
gación para atíiparar la vejez de un padre an- 
ciano y casi inválido, su belleza sin ostenta»- 

BELrTKA. — 6 



~. •-- *f-.\«^ I 



— 82 — 

ción. cQue tontera» dijo para sí, ante la reve- 
lación de ese sentimiento que venia a agitarlo 
de pronto (3omo un mensajero que trae una nue- 
va inesperada. Sonrió con incredulidad y dijo pa- 
ra sí : «¿yo enamorado?» ; pero no se atrevió a 
contestar la pregunta que él mismo dirigiera a su 
corazón hasta poco antes frío e indiferente. 

— ^¿Cómo no debo querer a una criatura tan 
buena, tan delicada, tan distinguida y que tan- 
to se destaca en el gremio a que pertenece y de 
las niñas de su edad y de su condición social? 
Delfina es una perla — prosiguió Cristian — , cu- 
yo valor sólo pueden conocer aquellos que la 
tratan con la intimidEid con que nosotros pode- 
mos apreciarla. 

Y con estas reflexiones, tan justas, tan 
meditadas y tan en armonía con la realidad, 
Cristian se dio por satisfecho y pensó que el 
interés que podía inspirarle no pasaría de una 
inclinación amistosa y justiciera. Era, por otra 
parte, demasiado noble y caballeresco para que 
sus sentimientos pudieran sufrir una desviación 
e inducirlo a urdir la trama de una conquista 
inconfesable, por lo mismo que Delfina era una 
niña pobre, humilde y con el único amparo de 
su propia virtud. 

Pero, cuando pudo darse cuenta de que t^juel 
atractivo hada la bella iastitutriz, no era sim- 



^ -«n-ü«- jflrv-» 3i'3-*'^^W!'!I'^^pi«,^.'™?":"^ ""'' "•'^ ■^'j^:,'^' 6,'V^'*^S«*««"* 



— 83 — 

plémente una £¿mpatía fugaz, un sentimiento 
de cariño por las nobles cualidades que hacían 
relieve en su persona, Cristian experimentó una 
alegría desconocida para él y comprendió que un 
sentimiento nuevo invadía su espmtu como el 
triunfo muy grato de su sensibilidad afectiva y 
que iba desde ese momento a posesionarse del 
ideal más puro que hubiera podido despertar- 
la. Delfina se presentó ante sus ojos como una 
visión bienhechora, como un complemento de 
su vida, como una aUanza simpática, como el 
ángel guardián que velaría por su porvenir y 
por su felicidad, y desde ese instante ya no pen- 
só en ocultar sus incHnaciones, y aunque man- 
tenía en su conducta una discreta reserva, no 
podía escapar a la observación perspicaz de Ju- 
lia, que toda esperanza era perdida, y que entre 
ella y Cristian existía un abismo. Delfina triun- 
faba definitivamente y ella debía odnsiderarse 
vencida para siempre. 

La figura arrogante de Cristian había concluí- 
do por inspirarle ahora un cierto temor que ella 
no podía expHcarse. En ciertos momentos fija- 
ba con tenaxíidad su mirada en él cuando no era 
observada y estudiando minuciosamente los ras- 
gos viriles de su fisonomía con la expresión re- 
suelta y severa con que se acentuaba en el plie- 
gue de sus labios, en el arco perfecto de sus ce- 



— 84 — 

jas, en el brillo de sus grandes ojos negros vela- 
dos por largas pestañas ; en todo ese conjunto, 
en una palabra, que daba a la mímica de la fiso- 
nomía un aire de distinción y de firmeza, Ju- 
lia se sentía mordida por un sentimiento inde- 
finible de ajnor, de duda, de odio y de profun- 
do desconsuelo, y cuando esto le acontecía, ter- 
minaba por encerrarse en su habitación para ex- 
teriorizar en la quietud y el silencio su dolor y 
sus lágrimas. 

En esos días, la presencia de Delfina se le 
hacía intolerable y no perdía ocasión para hu- 
millarla y reprimirla sin la más leve compa- 
sión. 

Una tarde, en circunstancias en que Eleono- 
ra y ella estaban sentadas en la terraza que da- 
ba frente a la avenida del parque por donde so- 
lían encontrarse Delfina y Cristian, divisó a la 
enamorada pareja que venía conversando ale- 
gremente en dirección a ellos. 

Cuando Delfina advirtió su presencia, instin- 
tivamente se detuvo y miró a Cristian con aire 
de temor y sobresalto, pero éste, que se dio cuen- 
ta inmediata de la actitud de Delfina, insistió 
en proseguir. . 

— ¿Por qué te detienes? — exclamó. 

— ^No sé, tengo miedo... ahí nos ven... ¿no te 



— 86 — 

has fijado? Están tu mamá y Julia en la te- 
rraza... 

— ¿Y bien?... 

— ¿ Qué dirán ? — ^replicó Delfina con aire azo- 
rado. 

— Dirán que estamos paseando en la aveni- 
da de los plátanos ...jqué niña eres!... 

y prosiguió tranquilamente su camino llevan- 
do en su derecha un hermoso ramo de claveles 
que le había entregado Delñna hacía pocos mo- 
mentos y de los cuales aspiraba de trecho en 
trecho su delicioso perfume... 

Discurriendo así llegaron hasta el pie de la 
terraza. 

Juha estaba lívida, no esperaba presenciar 
ese avance de los enamorados que implicaba ya 
una audacia y una demostración irrecusable de 
que el desenlace estaba próximo, por más que 
su tía se resistiera a creer en el. hecho sobre el 
que Julia había insistido ahora con una vehe- 
mencia que le llamói la atención y la dejó per- 
pleja, a tal punto que hubo un momento en que 
la señora pensó para sí : 

— Julia ha cambiado de color a la vista de 
Cristian y de Delfina ; ¿ será que ella es la ena- 
morada?... todo puede ser — agregó la señora pa- 
ra sus adentros ; y se propuso en adelante desci- 
frar el enigma de lo que ocurría en su hogar. 



'""-^m^ 






— 86 



— ^Estás muy paseandero, Cristian — exclamó 
Julia haciendo un esfuerzo para reponerse, y sin 
tomar en cuenta la presencia de Delfina. 

— Ya lo ves... hemos paseado por el parque 
con Delfina entretenidos en presenciar las co- 
rrerías de Bmilito... 

— ;¿Y Emilito? — exclamó Julia interrogando 
a Delñna con la mirada. 

— ^Ha quedado en la pileta de la noria jugan- 
do con sus barcos al cuidado de Pedro, quien, 
como tú sabes, lo idolatra — exclamó Cristian 
adelantándose a la contestación que debía dar 
Delñna. 

Pedro era el viejo jardinero de la casa — hom- 
bre de toda confianza y a quien la señora distin- 
guía con especialidad por su competencia y por 
su honradez. 

— ^¿ Pedro te dio esos lindos claveles, Cristian? 
— preguntó Julia con aparente indiferencia y 
muy complacida al ver que el semblante de Del- 
fina cambiaba de color. 

— No ; me los regaló Delfina — ^replicó tran- 
quilamente Cristian. 

— ^¿Cómo ahora ya no le regala usted rosas, 
señorita Delfina? — exclamó Juha. 

— Tú has dicho que las de los rosales del par- 
que son de mal agüero... qué poca memoria 
tienes, JuUa, y como Delfina es BupersticioBa; 



— 87 ~ 

— ¿ Usted cree en eso, señorita? — exclamó Ju- 
lia con expresión de burla. 

Delfina dirigió a Julia una mirada impregna- 
da de desconfianza, en tanto que le decía : 

— Siempre he creído que las flores no eran sus- 
ceptibles de inspirar esas agüerías ; son, en 
cambio, nuestras más simpáticas compañeras 
en la vida y en la muerte. Expresan siempre las 
más dulces manifestaciones de nuestros senti- 
mientos, cuales ellas mismas tuviesen en sus 
cálices un cerebro para pensar y un alma para 
sentir. Así, en las fiestas ocupan el primer si- 
tio, contribuyendo con la armoniosa combina- 
ción de sus colores, de sus formas artísticas y 
con su aliento perfumado a embellecer y a dar 
vida al ambiente que las rodea. Símbolos de vir- 
tud, de pureza, de castidad, coronan la frente 
de las vírgenes, engalanan los santuarios llevan- 
do a nuestro espíritu la más grata sugestión. ín- 
dice refinado de cultura y de galantería, a ellas 
confiamos nuestros secretos, nuestras caricias 
y nuestras lágrimas. No concibo la existencia sin 
las flores, como no concibo el cielo sin azul y sin 
estrellas. En los contrastes de la vida, ellas te- 
jen una guirnalda que va desde la mesa del fes- 
tín a la losa fría del sepulcro, vinculando así el 
dolor a la dicha, cual si fuesen compañeros in- 
separables... 



■'••^íf??^-' 1! 



1 



— 88 — 

— Está usted muy elocuente, señorita — excla- 
mó de pronto la señora, interrumpiéndola ama- 
blemente — . Nos ha hecho usted una rápida di- 
sertación, un poco romántica tal vez, pero, en 
el fondo, muy verdadera... 

— Es usted muy bondadosa, señora — ^replicó 
Delfina, agradeciendo con una incUnación de 
cabeza el elogio que le prodigaba Eleonora, y 
después de una pausa, agregó — : es un tema tan 
simpático, que si fuéramos a dilucidarlo en to- 
da su amplitud, podría escribirse un hbro... 

— Sería muy interesante — exclamó Juha con 
Borna mal disimulada. 

— Y tú, ¿por qué crees que las lindas flores 
que producen los rosales del parque son de mal 
augurio? — exclamó la señora de Moran diri- 
giéndose a Julia. 

Julia sonrió con una mueca maliciosa, y des- 
pués de reflexionar un instante, dijo con tono 
festivo : 

— Pero si era una broma, Eleonora... una bro- 
ma que sólo Emilito podría tomarla a lo serio ; 
aunque después me he convencido de que tam- 
bién la señorita Delfina se ha sugestionado con 
ella... y es por esto por lo que ahora, en vez de 
rosas, obsequia con claveles a mi primo Cristian 
— agregó riendo. 

Cristian se dio perfecta cuenta de la intención 



— sa- 
que envolvían las palabras de Julia, y en mo- 
mentos en que Delfina, un tanto turbada por la 
agresión encubierta, se proponía replicar, se di- 
rigió a su prima para preguntarle con la mayor 
naturalidad, al ver que comprimía con sus ma- 
nos un libro a la rústica con cubierta de papel 
amarillento : 

— ¿Puede saberse de qué trata el libro que 
tanto te interesa? 

— 'No es un secreto... es un precioso trabajo 
de Marcel Prevost, Les Anges^JJardiens... 
¿Lo has leído, Cristian? 

— Sí, lo be leído, y te diré con entera sinceri- 
dad, que no me parece lectura provechosa para 
una niña. . . No ha sido muy feUz Julia en la elec- 
ción. . . 

— :¿ Por qué ? — exclamó ésta con aire de sor- 
presa. 

— ^Por ciertos escollos que se encuentran en 
sus páginas, y que tienen una significación de- 
masiado cruda... En último caso, siempre sería 
un hbro más útil para una madre de famiUa 
que para una niña. 

— ^¿Lo crees así? 

— Tal como lo oyes. Es indudable que el au- 
tor se propone revelar todos los peligros a que 
se exponen las madres entregando la educación 
de sus hijos a institutrices mercenarias, algunas 






— 90 — 

de las cuales son verdaderos venenos para el co- 
razón de las niñas ; pero debes tener en cuen- 
ta el ambiente en que ellas actúan para hacer 
las debidas y justas distinciones. En todos los 
gremios sociales — prosiguió Cristian — existen 
esos seres anormales, que, al amparo de las fun- 
ciones que desempeñan y del concepto social 
con que se les distingue, aprovechan esas cir- 
cunstancias para escudar las malas artes ; pero 
no se puede hacer tabla rasa e imputar a todo 
un gremio, dentro del cual la mayoría es buena 
y útil, los defectos y los vicios, que son perfec- 
tamente individuales. De todo esto, y conside- 
rando las cosas como las establece Marcel Pre- 
vost, debe simplemente pensarse que dicho au- 
tor ha querido solamente dar un alerta respec- 
to de ciertos peHgros que puede correr una se- 
ñorita entregada a la dirección intelectual y mo- 
ral de una degenerada cualquiera ; pero nunca 
arrojar el desprestigio sobre todo un gremio so- 
cial, que presta y prestará siempre muy buenos 
y abnegados servicios. Juzgar de esa manera a 
las institutrices, en general, sería proceder con 
injusticia y con crueldad. 

— No comparto tus opiniones — exclamó Julia, 
empeñada, como estaba, en llevar un ataque di- 
recto a Delfina, desvirtuando la tesis de Mar- 
cel Prevost en favor de sus intenciones — . Es- 



— 91 ~ 

i 

te libró — dijo después, levantándolo en alto 
oomo un trofeo — dice grandes verdades que 
debemos aprovechBx tanto las niñas como las 
madres de familia para no ser víctimas en un 
momento cualquiera de la audacia y de la per- 
versidad de esas señoritas que se introducen 
en el hogar más puro para explotar la confian- 
za que se les dispensa en provecho de propósitos 
inconfesables. Los tipos que describe son toma- 
dos de la vida real, tienen una psicología pro- 
pia, y un conjunto, una ética que raya en la de- 
lincuencia, y todo esto es verdad, la purísima 
verdad — exclamó Julia con aire de triunfo. 
Y abriendo las últimas páginas del libro leyó 
en voz alta el siguiente párrafo, puesto en bo- 
ca de Ivonne : 

tSi nosotros tuviéramos hijos, prefiero que 
permanezcan siendo toda la vida unos pequeños 
palurdos ignorantes antes de abrir mi casa a las 
Sandra, a las Mag o a las Fanny. Ellas nos han 
hecho demasiado daño.» 



— ¿Y bien? — exclamó Cristian — . ¿Eso qué 
significa? 

— Significa que esas institutrices son unas 
malvadas, y que, sobre esos clichés se pueden 



— 92 — ' 

calcar muchos otros que tienen la apariencia de 
no serlo — dijo Julia con exaltación. 

— No — replicó Cristian — , quiere decir simple- 
mente que Sandra, Fanny y Mag son gen- 
tes que deben tomarse con pinzas ; pero, ¿ y 
cuántos hay en sociedad que se tramitan con 
aires de personajes, y que a fuerza de audacia y 
de tolerancia indulgente se colocan en prime- 
ra línea y tienen una figuración que no mere- 
cen? Vamos, Julia, sé más razonable y no te 
dejes transportar por entusiasmos injustificados. 

— ¿ Y qué me dices de esto otro?-— exclamó Ju- 
lia eludiendo la répHca — . Es Mme. Hau- 
mont-Segré la que habla... Escucha, Cristian, 
las lindezas que salen de su corazón, más que de 
sus labios : 

«Nos roban nuestras hijas ; en nues- 
tro propio hogar, bajo nuestros ojos, en nues- 
tra presencia, nos las transforman...» 

: — ¿Qué tal las nenas 'í... — exclamó Julia 
fijando una felina mirada en el semblante de 
Delfina, a la que se había propuesto dar el gol- 
pe de gracia con la lectura de los párrafos que 
hemos transcrito — . Ya lo ves, Cristian — agre- 
gó después — , esas bribonas son como el pulpo 
que se adhiere con múltiples ventosas para inuti- 



— 93 — 

lizar a su víctima ; así absorben ellas lentamen- 
te el cariño de las hijas. 

— No ha soñado Marcel Prevost tener una 
propagandista tan entusiasta como tú — excla- 
mó Cristian, pasando por alto las apreciaciones 
de Julia, guiadas por el propósito innoble de 
agredir a Delfina, que había permanecido muda 
y silenciosa cual si no se diera cuenta de la in- 
tención malévola de ésta — . No te felicito por 
las simpatías que te inspira ese libro — replicó de 
nuevo Cristian. 

Y dirigiéndose de pronto a Delfina le dijo en 
tono muy amable y afectuoso : 

— Señorita Delfina, ¿quiere usted que conti- 
nuemos nuestro paseo?... Vamos a la Noria en 
busca de Emihto... 

— ¡ Descortés !- — exclamó Julia, esforzándose 
por aparecer tranquila y disimular así la aguda 
nota del desaire. 

— ^¿Es que las institutrices roban también a 
los primos? — exclamó Cristian con acento de 
burla, y que era toda tma provocación. 

Julia sintió el golpe, que caía como un maza- 
zo para aplastar su audacia. . . No supo qué con- 
testar, y apenas pudo fingir una explosión de ri- 
sa, que más bien parecía un gemido de dolor. 

Cristian la contempló humillada y perdida en 
sus propias redes, y para acentuar aún más el 



«Mf. f'-a-. t 



— 94 — 

castigo que se proponía imponerle por su mala 
con^iucta, apenas había dado algunos pasos con 
intención de alejarse, volvióse bruscamente pa- 
ra decirle : 

— ^¿Quieres acompañamos?... 

— Gracias — exclamó JuHa procurando diá- 
mular de nuevo su contrariedad — . No te dejes 
robar, Cristian — agregó después como echando 
a broma el dicho de su primo. 

Y contempló despechada y con envidia a la 
dichosa pareja que se alejaba de la terraza con- 
versando alegremente, y vio a Cristian incli- 
narse, levantar del suelo algo que no pudo in- 
terpretar, tal vez alguna piedrecita de formas y 
colores caprichosos, de las tantas que había en 
las callejuelas del jardín, y entregársela a Del- 
fina, y más allá, arrancar una flor para ofrecér- 
sela de la misma manera, y los siguió con la mi- 
rada fija, como fascinada, hasta que en un re- 
codo del parque desaparecieron entre el tupido 
foUaje. 

— ¡ Cuánta feMcidad ! — pensó con egoísmo. 

Y después de suspirar profundamente, abrió 
de nuevo el libro y repitió la frase de madame 
Haumont-Segré, mirando al mismo tiempo a la 
señora Eleonora, que durante todo este episo- 
dio había permanecido silenciosa y como absor- 
ta en su libro de oraciones. 



— 95 — 

— ^Te lo roba, Eleonora... Delfina te transfor- 
ma a Cristian — exclamó Julia, con la marcada 
intención de producir en el ánimo de la señora 
la alarma que ella se proponía, 

— ^Es una obsesión tuya — exclamó la señora 
de Moran con aire tranquilo — . Conozco bien a 
Cristian, es un hombre sensato, con mucho do- 
minio sobre sí mismo ; así, no lo juzgo tan in- 
fantil como para dejarse subyugar como un co- 
legial por una pasión romántica... En cambio, 
te diré con toda sinceridad, y no lo tomes a mal, 
has estado cruel con esa pobre Delfina, a quien 
has torturado sin piedad... 

— Con mi conducta hacia eUa se hace m-ás in- 
teresante a los ojos de Cristian... A estos intru- 
sos — agregó Juha — siempre les cuadra el papel 
de víctimas resignadas. Pero yo te digo, Eleo- 
nora — exclamó después de un instante de silen- 
cio y con aire profetice — : si no tomas una re- 
solución enérgica y no alejas de esta casa a ese 
Ange-Gardien, que se hace la mosquita muer- 
*<*> y ya verás cuál será el final de estos paseos y 
pretextos para ir a la Noria en busca de Emi- 
lito... el tiempo no tardará en darme la razón... 
ya verás... 

La señora escuchaba a JuHa con aparente in- 
diferencia, hojeando su Hbro de oraciones y fin- 
giendo ordenar en los diversos capítulos las lu- 



— 96 — 

josas estampas de santos que le servían de guía ; 
de tiempo en tiempo levantaba su hermosa cabe- 
za para fijar en Julia una mirada dulce, pero al 
mismo tiempo investigadora. 

De pronto cerró bruscamente el libro, y mi- 
rando ahora a su sobrina cual si quisiera escru- 
tar dentro de su cerebro, le dijo con acento ca- 
riñoso : 

— ^Julia, no me ocultes tus sentimientos... tú 
estás enamorada. 

— ¡ Yo ! — exclamó Julia profundamente des- 
concertada ante el ataque inesperado de Eleono- 
ra — '. ¡Qué gracioso!... — exclamó después — . 
— ¿Yo enamorada?... ¿Cómo se te ocurre seme- 
jante cosa, Eleonora? 

— ¿Cómo se me ocurre?... De una manera 
muy fácil de comprender. Es en vano que tú 
pretendas desviar de mis legítimas sospechas lo 
que tu corazón siente, pues yo lo adivino eii tus 
ojos, lo veo en tu semblante, me lo dicen el tem- 
blor de tus labios, la impresión de angustia que 
en ciertos momentos te produce la presencia de 
Cristian. Tu misma conducta desde hace un 
tiempo, tan poco amable y con frecuencia in- 
justa y agresiva para con esa pobre Delfina. To- 
dos estos hechos que vengo observando sin que 
tú te hayas dado cuenta, han llevado a mi espí- 
ritu el convencimiento de que Cristian no te es 



— 97 — 

indiferente. Tú estás enamorada de tu primo ; 
tu misma actitud te traiciona. ¿Por qué te em- 
peñas en ocultarlo?.^. Ya sabes — prosiguió Eleo- 
norBf— rque yo te quiero cual si fueras mi hi- 
ja, y me sería muy satisfactorio que Cristian co- 
rrespondiera a tu cariño... 

Julia permanecía callada, con la cara incli- 
nada sobre el seno, mirando como una incons- 
ciente la carátula del Hbro que tenía sobre las 
faldas, escuchaba en esa actitud y con ansiedad 
creciente las palabras de su tía, cada una de las 
cuales repercutía en su oído como un eco dolo- 
roso ; pero llegó un momento en que su resis- 
tencia se agotó y el secreto que guardaba sigilo- 
samente dentro de su pecho necesitaba expan- 
sión, la oprimía de una manera angustiosa ; la 
hora suprema de decirlo todo había sonado, ho- 
ra triste, de cruel desengaño y de esperanzas 
frustradas. 

Necesitaba desahogar todo el dolor que ha- 
bía acumulado en su -corazón durante tanto 
tiempo. La pasión que la dominaba rompería, 
pcfl- fin, las vallas del disimulo, de la ocultación, 
de las zozobras, de las conveniencias que impo- 
nen a una niña el sacrificio de sus más íntimos 
sentimientos. Así, no fué poca la sorpresa de 
Eleonora cuando vio que Julia, pálida y convul- 
sa, se arrojó a sus brazos como una criatura 

DKI.FIKA. — 7 



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— 08 — 

desesperada, y, ocultando en su seno su linda 
cabeza, rompió a llorar con un desconsuelo tan 
intenso, que conmovió profundamente a la se- 
ñora. 

— Es cierto, Eleonora — decía Julia sollozan- 
do — ; tú has leído en mi corazón, como pudo hor- 
cerlo una madre que adivina los sentimientos de 
su hija... pero todo es inútil ; Cristian está domi- 
nado por Delfina. . . 

— Juha, por Dios, no llores así... eres una ni- 
ña sin experiencia... es posible que Cristian no 
haya advertido tus inclinaciones... cálmate... yo 
le hablaré... ya verás que Delfina le es indife- 
rente... es una obsesión tuya... Cristian tiene 
por la institutriz las atenciones que puede tener 
un caballero por una señorita, y más expücables 
aún si se considera que él es el dueño de casa, 
que es un hombre muy sociable; qpe Delfina, 
a su vez, es una niña instruida, simpática, y, 
por consiguiente, capaz de interesarlo en esta so- 
ledad en que vivimos. Tengo la seguridad, y de- 
bes tenerla a tu vez, de que mañana, cuando re- 
gresemos a la capital y nos instalemos en nues- 
tra casa, Cristian tomará de nuevo sus hábitos 
de independencia y de labor y Delfina volverá a 
sus tareas como una de tantas. Será una visión 
fugaz que habrá pasado al lado de tu primo sin 



— 99 — 

dejar otro recuerdo que aquel que puede des- 
pertar la amable sociedad en que ha vivido. 

— ¡ Ah, Eleonora ! — exclamó Julia contenien- 
do sus sollozos — ; tú eres demasiado optimis- 
ta y no te has penetrado aún de la transcen- 
dencia que tiene la actitud de Cristian ; quie- 
ra Dios que no tengas que arrepentirte de tu 
credulidad... esa advenediza te lo roba, como sa- 
ben robar el cariño esas malas mujeres de que 
habla el autor del libro que tanto ha irritado a 
Cristian. Delfina lo ha vuelto poco a poco como 
la serpiente tentadora, y él, pobre iluso, en- 
cuentra dulces y suaves esos lazos con que la 
aprisiona, sin darse cuenta del móvil interesado 
que la guía... Es que Cristian, en su despreocu- 
pación y en su ofuscamiento, no piensa que un 
hombre de sus condiciones morales, de su figu- 
ración social y con la inmensa foortuna de que 
dispone, es un candidato codiciado... 

— j Julia ! — exclamó la señora de Moran, in- 
terrumpiéndola bruscamente — ; ¿pero no ad- 
viertes de que tú misma contribuyes a enalte- 
cer a Delfina, cuaaido la supones capaz de tan- 
tas aspiraciones? 

— Esas mujeres son capaces de todo — exclamó 
Julia en un arranque de impaciencia provocado 
por la calma y las reflexiones de la señora de 
Moran. 



■ 1 ■ '.^i 

— 100 — 

— ¿Eso dice también tu libro? — ^replicó Eleo- 
nora sonriendo. 

— Eso dice mi clarovidencia ante los hechos 
que vengo observando y en presencia de los cua- 
les no me explico la excesiva confianza que tie- 
nes en tus propias reflexiones. 

— Es que yo no estoy enamorada — exclamó 
riendo con franca expansión la señora Eleo- 
nora. 

Julia guardó silencio, parecía meditar una re- 
solución ; de pronto se irguió delante de su tía 
en una actitud que impresionó a la señora. Es- 
taba intensamente páüda, temblándole los la- 
bios y las manos, y con voz angustiada y de 
acento gutural, le dijo secamente : 

— Eleonora, yo debo irme de esta casa ; mis 
nervios ya no resisten más los choques y las con- 
mociones que sufro diariamente, hora por hora, 
minuto por minuto. Mis resistencias se han ago- 
tado, y si no tomo esta resolución, concluiré por 
enloquecerme de dolor... Te suplico que nada 
digas a Cristian de todo cuanto acabo de reve- 
larte, pues estoy bien segura de que se reiría, y 
esa malvada mujer le haría coro... me basta 
con el desdén, lo acepto y me resigno ; pero la 
burla es un ultraje que no merezco y que no de- 
bo soportar. 

— Lamento que tomes una resolución tan ex- 



101 



trema y te aconsejo que no lo hagas ; si tú lo juz- 
gas a Cristian un caballero, debes pensar que ja- 
más podrá olvidarse de las consideraciones que 
debes merecerle. Si alguna vez, respondiendo 
a tus altiveces mal disimuladas, ha podido echar 
a la broma y reírse de tus apreciaciones, no tie- 
nes derecho de hacerle un cargo, y no olvides, 
Julia, que la crueldad y el orgullo para con los 
débiles, con los humildes, con aquellos que de- 
penden de nosotros, y que tienen que comer de 
nuestro pan para vivir, podrán humillarlos y de- 
primirlos, pero no es una acción noble y de per- 
sonas de corazón el aprovecharse de esas cir- 
cunstancias para satisfacer venganzas injustifi- 
cadas. Ven, hija mía — continuó la señora de 
Moran — , y lamento tener que repetírtelo, has 
estado injusta, agresiva y fuera de la posición 
que ocupas en esta casa, con esa pobre maes- 
tra que, en definitiva, ¿qué daño te ha causa- 
do?... Aun en el caso de que tuviese todas las 
preferencias de Cristian, ¿sería de ella la cul- 
pa?... Ante todo, es menester ser ecuánime. 

— Tú también la defiendes, Eleonora — excla- 
mó Julia corno reprochando a su tía el interés 
que parecía tomar por Delfina, y sin esperar que 
la señora levantara él cargo injusto, abandonó 
la terraza, desapareciendo por la puerta del sa- 
lón. 



— 102 — 

La señora Eleonora permaneció un momento 
indecisa ante la conducta irregular de su sobri- 
na... la siguió con la mirada absorta, en tan- 
to que murmuraba lentamente : 

— ¿Es posible que esta criatura, siempre tan 
correcta y tan fina, haya perdido la cabeza de 
esa manera?... 

Luego agregó : 

— Seria esta una comedia de enamorados co- 
mo para reír, si no interviniera Cristian. 

Y abriendo por tercera vez su libro de oracio- 
nes, procuró tomar el hilo de la lectura, varias 
veces abandonada, con la que procuró ahuyen- 
tar de su espíritu la ingrata impresión que le de- 
jara la actitud de Julia. 



VII 



Transcurrieron apacibles y sin zozobras par» 
Delfina y Cristian las hermosas tardes de la 
quinta. 

El episodio de la terraza no había dejado en 
el ánimo de los enamorados más que la convic- 
ción de que Julia buscaba por todos los medios 
la ocasión propicia para hacer desmerecer a Del- 
fina a los ojos de Leonora, sin obtener otro re- 
sultado que el que Cristian sintiera exaltarse 
aún más la pasión que lo dominaba, y por parte 
de la señora ya hemos visto con qué tranquili- 
dad y despreocupación escuchaba sus insinuacio- 
nes interesadas. 

El banco rústico del fondo de la avenida de 
los plátanos era el sitio predilecto de sus encuen- 
tros furtivos, y allí, sin más testigos que Bmi- 
lito, entregado siempre a sus juegos, podían B- 



— 104 — 

brem^ite decirse todas las cosas que siempre 
sirven de tema a los enamorados. 

Delfina dudaba aún de tanta felicidad y era 
menester que Cristian le repitiera una y más 
yeces todas las tardes que su cariño era since- 
ro, que nada podría hacerlo cambiar de resolu- 
ción, y que pronto tendría ella el convencimien- 
to más absoluto de que sus promesas se conver- 
tirían en una realidad. 

Después de insistir sobre sus dudas, concluía 
por pedirle que la perdonara, que ella era una 
niña sin mundo y sin experiencia, que jamás 
había creído merecer tanta dicha. 

— Mírame — le decía Cristian — , lee en mis 
ojos, ellos te dirán mejor que mis palabras cuán- 
to es el amor que siento por ti. 

— Sí, sí, te creo, Cristian ; te creo como a mi 
padre... como a Dios... yo no tengo en el mun- 
do sino dos seres a quienes amo... mi padre, mi 
padre — repetía, y poniéndose de pronto con el 
rostro encendido como una amapola, interrum- 
pió su discurso. 

— ^Tu padre, ¿y quién más, Delfina? — excla- 
mó Cristian con fingida ansiedad. 

—Y tú... — dijo después de una breve pausa, 
apoyando su hermosa cabeza sobre el hombro 
de Cristian, mientras éste tomaba una de sus 
manos para cubrirla de besos apasionados. 



— 105 — 

En torno de ellos, la Naturaleza parecía cele- 
brar con regocijo el festín de sus amores. 

Pequeñas nubes pasaban sobre sus cabezas 
como bandadas de palomas blancas. Una at- 
mósfera tibia, acariciadora, impregnada de va- 
riados perfumes, se esparcía como el aliento de 
los rosales y de los claveles en flor, de las ma- 
dreselvas también floridas, y desde cuyo tupido 
follaje se oía el piar de los nidos. Escondidos en* 
tre las ramas de los plátanos las chicharras y 
los grillos cantaban como de contrapunto, mien- 
tras una nube de mariposas pasaba, describien- 
do en sus vuelos curvas caprichosas, fascina- 
das por los haces de luz que ñltraban por las co- 
pas de los árboles. 

Esas tardes deliciosas eran el encanto de Del- 
ñna. La quietud, el silencio, la calma de la cam- 
piña, interrumpida solamente por el canto de 
los pájaros, el chirriar de los grillos, el piar de 
los nidos, el murmullo lejano de la caída del agua 
en las fuentes del jardín y de tiempo en tiempo 
las explosiones de alegría de Emilito entretenido 
en sus correrías, llevaban al ánimo de Delñna, 
embriagada con el ambiente saturado de fragan- 
cia, que sus pulmones respiraban con voluptuo- 
sa fruición, una sensación dé bienestar y de pla- 
cidez tan intensa que, instintivamente, diri- 
gía sus ojos al cielo azul, diáfano y sereno, y una 



— 106 — 

plegaria muda, pero sentida, impregnaba su co- 
razón de gratas promesas para el porvenir. 

L/a llegada de Cristian, que se anunciaba des- 
de lejos, canturreando una estrofa de las tantas 
que ella dejaba oír por las noches cuando la fa- 
milia se reunía en el salón para hacer música, 
completaba su felicidad. 

Después de cariñosos saludos, cual si no se 
hubieran visto durante mucho tiempo, Cristian 
tomaba una de sus manos, y era menester que 
Delfina fingiera ponerse seria y contrariada, pa- 
ra que Cristian la dejara libre. 

Y su diálogos eran invariablemente los mis- 
mos, como las estrofas de un poema. 
— ¿Me esperabas? 
— Sí. . . ya creía que no vendrías. . . 
— ¿Por qué creías eso? 

— Porque ya los grillos habían dejado de chi- 
rriar y las mariposas han desaparecido. . . 

— Y las chicharras se han ocultado en sus es- 
condites — exclamaba Cristian riendo como un 
niño — . ¿Esas son tus compañeras durante mi 
ausencia, no? Son el reloj que marca la hora de 
mi llegada... ¿Oyes? Todavía no han concluí- 
do su concierto. . . 

— Es que vuelven de nuevo a chirriar .. 
— Es la segunda parte del programa — decía 
Cristian riendo de nuevo, y tomándole las ma- 



— 107 — 

nos con frenesí irresistible, trataba de atraerla 
para besarla en la frente. 

— No, no seas malo. . . Ahí viene Emiüto — de- 
cía Delfina como último recurso para defender- 
se de la amorosa agresión. 

— ^¿Por qué eres tan mala y huraña? 

—¿Y tú? 

-¿Yo? 

— Sí, tú... tú eres el malo... 

— Bueno, señorita — exclamaba Cristian, afec- 
tando un aire grave y ceremonioso — , puesto que 
usted cree que yo soy malo... 

— No, no, yo no creo eso — exclamaba rápida- 
mente Delfina — ; eres bueno, buenísimo. . . eres 
un santo... 

—¿Y tú? 

— ^Yo, yo soy mala, perversa, caprichosa... 

De pronto, se oía la voz de Emiüto, que in- 
terrumpía el estribillo del diálogo : 

— Fina, Fina, te traigo una Ünda maripo- 
sa... Mira qué linda — exclamaba el niño, que 
llegaba jadeante para arrojarse en las faldas de 
Delfina, mientras con su manecita levantada le 
hacía ver una mariposa grande, de negras alas 
aterciopeladas y cubierta de lunares rojos — . 
Toma, Fina, para ti... te la regalo... 

Así concluían generalmente las entrevistas de 
la tarde. Delfina entregaba invariablemente a 



— 108 — 

Cristian el manojo de claveles y madreselvas 
olorosas, y juntos, tomados de la mano, como 
dos niños grandes, dos colegiales que se dirigen 
a su casa, se acompañabají hasta la entrada de 
la avenida de los plátanos. Allí se detenían un 
momento para mirarse, como para grabar recí- 
procamente su imagen en la retina. Después se 
separaban, no sin volver la cabeza repetidas ve- 
ces, hasta que Cristian, enviándole un último 
saludo, se internaba en el parque en busca de su 
caballo, que el viejo Pedro tenía de las bridas. 

Delfina acompañaba a Emilito, a quien lle- 
vaba de la mano, mientras el niño, entre uno y 
otro salto que daba al caminar y entre mil pre- 
guntas infantiles, llegaba a la terraza, donde en^ 
contraba siempre a Juha acompañando a su 
tía, muchas veces leyendo, otras tejiendo pri- 
morosamente sobre fina batista, en tanto que 
la señora leía su libro de oraciones o alguna re- 
vista de las tantas que Uegaban a la quinta. 

Deteníase al pie de la gradería, saludaba res- 
petuosamente a la señora y con deferente ama- 
bihdad a Julia, que apenas se dignaba ahora con- 
testarle. 

Alguna vez Cristian acompañaba a Delfina 
hasta la casa, y esto sucedía con frecuencia en 
los últimos tiempos, a fin de que su madre em- 
pezara a darse cuenta de que su actitud no po- 



' nmmff-'-y'i 



— 109 — 

día corresponder a un simple acto de cortesía, 
sino a algo más, y que forzosamente tendría 
qu§ interesarle. Pero la señora, con una discre- 
ción que disimulaba perfectamente las sospechas 
que habían invadido su espíritu, y que Julia 
fomentaba por todos los medios, había empeza- 
do ya a meditar un plan de conducta, y en más 
de una noche la había sorprendido el alma cavi- 
lando respecto de la situación de Cristian y de 
Julia y ante el peligro de que en cualquier mo- 
mento Delfina se impusiera, conociendo el car 
rácter de su hijo, tan firme y tan resuelto, para 
sostener sus determinaciones. 

La señora veía venir el momento crítico de re- 
solver el problema que se presentaba a su espí- 
ritu, ahora con la seguridad casi plena de que 
Cristian lo afrontaría con toda serenidad, y tem- 
blaba ante las consecuencias que podrían pro- 
ducirse, y es por esto que su insistencia en no 
querer ver lo que todo el mundo en la casa ha- 
bía ya observado ; sólo respondía a ganar tiem- 
po, ya que su propósito, a pesar de todo, era el 
de fomentar de todas maneras la unión de Julia 
con su hijo. 

A la espera de esta oportunidad, la señora de 
Moran dejaba transcurrir los días sin apercibir- 
se de que todo su empeño encontraría una valla 
infranqueable de parte de Cristian, por más que 



i;.,SseC^-5-?y-'-,; 



— llo- 
clla tuviese sobre su hijo un ascendiente indis- 
cutible. Pero, en esto, la buena señora incurría 
también en una falsa apreciación : Cristian era 
sumiso y obsequioso ; pero su .acatamiento no 
era sino el fruto de su educación y del cariño res- 
petuoso con que siempre la había distinguido. 

Ahora era ya tarde para pedirle el sacrificio de 
sus más gratas ilusiones ; ellas habían adquiri- 
do toda la realidad de un hecho consumado, y 
pedirle que olvidara a Delfina hubiera sido lo 
mismo que exigirle el sacrificio de su propia 
existencia. 



VIII 



Los últimos días de abril, con sus mañanas 
azules, serenas, perfumadas con las fragancias 
de las violetas y de los espinillos en flor, eran pa- 
ra Delfina mensajeros amigos de todas las pro- 
mesas que debían completar su felicidad. 

Se aproximaba el instante supremo en que 
vería realizados sus anhelos, y con él las dudas 
angustiosas y los presentimientos que agitaban 
su alma se disiparían, ante la realidad de un 
acontecimiento que decidiría para siempre su 
destino. 

Cristian le había dicho una tarde : 

— ^Tan pronto como termine el otoño, ya no 
tendremos que ocultarnos, ni fingir, ni desple- 
gar esta estrategia tan llena de zozobras y de so- 
bresaltos para ti. No quiero y no debo demorar 
más mi resolución e impondré de ella a mi ma- 
dre. 



— 112 — 

Delfina tembló como si hubiese cometido una 
falta, y nada pudo contestar a Cristian ; se li- 
mitó a fijar en él una mirada de agradecimien- 
to, de amor, de plena confianza en su palabra; 
después inclinó su cabeza sobre el seno, y en 
esa actitud pensativa empezó a arrancar uno 
por uno los pétalos aterciopelados de una hermo- 
sa dalia que le había traído Emilito. 

Cristian la observaba sonriendo plácidamente, 
y, mientras ella arrojaba sobre sus faldas los 
despojos de la flor, se entretenía en decir el es- 
tribillo conocido y aplicado a las margaritas : 
«Me quiere... no me quiere...» 

— ¡ Eomántico ! — dijo Delfina levantando de 
nuevo su cabeza para mirarlo una vez más, con 
la expresión apasionada que se proyectaba da 
BUS pupilas glaucas. 

— ¿En qué pensabas? 

—En ti... 

— ¿En mí solamente? 

— Sí. .. en ti y en mi papá. . . 

— Qué alegría tendrá el viejecito cuando se- 
pa... ¿Tú no le has escrito? 

— Sí... pero de ti nada le he dicho. 

— ¿Por qué tanta reserva con tu buen papá? 

— ¿Por qué...? No sé — dijo Delfina con voz 
emocionada. 

— ¿Dudas aún? 



'Wm^^^^^^S^-^^'^^ ' ^ ^rs <' ^ >■ r i ^ -^^^ 



— 113 — 

Evadiendo la contestación, arrancó el últi- 
mo pétalo de la dalia, y arrojando el tallo lejos 
de sí exclamó : 

— No me quiere... 

— Mala... incrédula, estoy por enojarme con- 
tigo. 

— No, no... sí, sí me quiere... era todo bro- 
ma... ¿sabes? 

Cristian rió ruidosamente ante la aflicción de 
Delfina, y sacando del bolsillo un pequeño estu- 
che, le dijo, con aire grave : 

— Este recuerdo era para una niña que se lla- 
ma Delfina, que me quería mucho y que yo tam- 
bién quería como a mis ojos ; pero un cruel des- 
engaño ha venido a demostrábame que todo su 
cariño se ha destruido como esa flor inofensiva 
que acaba de deshojar... 

— No, no quiero — exclamó Delfina, interrum- 
piéndolo, mientras estiraba la mano para apo- 
derarse de la pequeña caja forrada con cuero de 
Rusia perfumado, y ostentando en la cubierta 
con letras doradas las iniciales de Delfina. 

— ¿Quieres ver su contenido? — exclamó Cris- 
tión, retirando rápidamente la mano, como en 
un juego de niños. 

— Como no es para mí — dijo Delfina con timi- 
dez y con fingido desaliento^. Ya no me inte- 

DBLTINA. — 8 ' 



- ;-^'S!S' ;3?«5^j^Kíi5-.W'W'''^™?^^^ 



114 — 



sa — agregó, mirando (X)mo distraída las yeBfias 
sonrosadas de su diestra. 

Pero de pronto ella también empezó a reír 
cx)n la mima expresión de franca alegría con 
que lo hiciera Cristian, y después de un instan- 
te en que sus miradas se encontraron para ha- 
blarse un lenguaje más expresivo que las pala- 
bras, permanecieron así silenciosos, extáticos y 
como si un mismo pensamiento y un mismo de- 
seo los impulsaran de una manera irresistible, 
abrieron sus brazos, y estrechados en un amo- 
roso vínculo formaron por un momento un gru- 
po de plástica belleza, que hubiera servido de 
modelo incomparable al genio del artista... 

El pequeño estuche contenía una esmeralda 
purísima d© gran mérito, rodeada de brillan- 
tes. Un precioso anillo que, ajustaba perfecta- 
mente al anular de Delfina. Contempló emocio- 
nada la valiosa piedra, y mirando alternativa- 
mente a Cristian y a su mano engalanada con 
esa joya, no podía articular una palabra ; en 
cambio, dos lágrimas silenciosas rodaban por 
sus mejillas. Ellas eran la expresión más since- 
ra de la emoción que experimentara ante un ob- 
sequio de tanto valor y de gusto tan delicado. 

— ¡ Qué niña eres ! ¿ Por qué lloras ? 

Delfina no contestó, acercó la mano a sus la- 






— 116 — 



bios y besando el anillo que había colocado en 
el anular, dijo después de una pausa : 

— Y yo, ¿qué pu&do ofrecerte, Cristian?... 

Y despojándose del que ella usaba constante- 
mente, un pequeño disco de oro cincelado, se lo 
alargó tímidamente y con mano trémula, dicién- 
dole con voz apenas perceptible por la emoción : 

— Tómalo, es un recuerdo de mi pobre ma- 
dre... 

Después de esta escena, durante la cual Cris- 
tian mismo se sintió conmovido más de una vez 
ante las candorosas manifestaciones de Delfi- 
na, se levantó de pronto para retirarse. Era ya 
la hora en que Emilito volvía con el viejo jar- 
dinero para regresar a la casa. 

— Mañana debo salir para la estancia, nece- 
sito estar ausente durante un semana — dijo 
Cristian — , Escríbeme todos los días. Pedro ya 
tiene encargo de recibir tus cartas. Cuéntame 
todo lo que haces, todo lo que piensas. Yo tam- 
bién te escribiré. 

Delfina recibió la noticia con marcadas mues- 
tras de contrariedad y de pena. . . 

— ^¿Mañana muy temprano te vas? — dijo des- 
pués, aparentando una calma que estaba lejos 
de sentir — . Y si demoraras unos días más... — 
agregó después de una pausa de silencio. 

— ^No es posible... ; mi presencia es allí indis- 



— U6 — 

pensable. Me ha escrito el mayordomo hace ya 
varios días invitándome a que fuera... y yo he 
demorado la saüda... ¿Tú sabes por qué? ¿No 
lo sabes, Delfina?... 

— ¡ Qué bueno eres, Cristian !... 

— ¿Y ahora? 

— ¿Qué? — dijo Delfina, que había penetrado 
el pensajniento de Cristian y fingía no com- 
prenderlo. 

— Ahora debemos despedirnos... Cuando se 
emprende un viaje, los buenos amigos se dan 
la mano, se abrazan, se... 

— Eso toca a los buenos amigos — dijo Delfi- 
na sonriendo maüciosamente. 

— ¿Y nosotros? 

Delfina alargó su cueUo y presentó a Cristian 
su frente tersa y cubierta de pequeños rizos. 
Cristian imprimió en ella un casto beso, y com- 
primiendo fuertemente sus manos : 

— Hasta la vuelta — exclamó, y se alejó de 
aquel sitio de amor y de dicha con el corazón 
impregnado dé gratas emociones, en tanto que 
aspiraba el perfume capitoso de los claveles y 
madreselvas con qu© lo obsequiaba todas las 
tardes. 






117 



Apenas Cristian se hubo alejado, no sin vol- 
ver la cabeza repetidas veces para enviarle un 
último saludo, correspondido por ella, que agi- 
taba su pañuelo con el brazo levantado en alto 
cual si la ausencia significara una larga separa- 
ción y sin pensar que pocas horas después se 
encontrarían de nuevo en el comedor, Delñna se 
despojó del ániUo, volvió a contemplar deslum-. 
brada la hermosa esmeralda, en tanto que decía 
para sí : * 

— Símbolo de su cariño, rica ofrenda de un 
noble corazón, ¿serás también el talismán de mi 
felicidad ? 

Luego se acordó de su padre y no pudo me- 
nos de impresionarse pensando en la inmensa 
alegría que iba a producir en su ánimo la ines- 
perada noticia que aún no se atreviera a comu- 
nicarle. ¡ Qué diría el noble anciano cuando ella 
se arrojara a su cuello para susurrarle al oído, 
mientras cubría de besos sus pálidas mejillas, 
que Cristian era su novio y que muy pronto la 
vería transformada nada menos que en la seño- 
ra de Moran ! • 



Delfina era creyente apasionada, y en su in- 



— 118 — 

genua convicción religiosa no se conformaba 
con las prácticas habituales que había observa- 
do desde muy niña. Ellas le parecían ahora mez- 
quinas ofrendas para presentar a la Virgen, de 
la que tantos beneficios recibiera. Así, diaria- 
mente acumulaba promesas e imposiciones de 
otras prácticas que importaran verdaderas pri- 
vaciones y sacrificios que se proponía cumplir 
tan pronto como la famiha se trasladara a la 
ciudad. 

Su felicidad era tan grande, que el aceptarla 
sencillamente como un hecho lógico y natural, 
le parecía una acción egoísta. Así, bien merecía 
un sacrificio de su parte como demostración sen- 
tida de su agradecimiento, cual si eUa fuese real- 
mente una gracia concedida a su fe, a sus ple- 
garias, a su conducta de niña buena y virtuosa. 



Durante la noche, cuando se recogía en su 
habitación, se arrodillaba delante de una peque- 
ña imagen de la Virgen que colgaba de la cabe- 
cera de su canuta de bronce, juntaba las ma- 
nos en actitud de súplica y, apoyando su frente 
sobre el borde de la misma, solía exclamar : 

— ¡ Oh Virgen santa ! ¿ Será verdad que yo 
pueda merecer tanta dicha? ¿Eres tú. Virgen 



— 119 — 

de mis plegarias y de mis promesas, quien ha 
querido concederme esta gracia tan superior a 
mis merecimientos? ¡ Bendita seas, madre de 
los desamparados ; pongo en tu sagrado cora^ 
zón todas mis esperanzas, todos mis anhelos de 
ventura ! No me abandones ; seré siempre tu 
hija más humilde y devota de tus virtudes di- 
vinas, j Oh madre mía ! — agregaba después, 
sacando del seno un relicario que colgaba de una 
cadenilla de oro — ; tú, que estás seguramente 
disfrutando de la bienaventuranza, porque tam- 
bién fuiste buena, humilde y piadosa, interce- 
de por mí, por esta criatura tuya abandonada 
a su propio esfuerzo con el único amparo de un 
anciano que necesita de mi cariño, de mis cui- 
dados y de la mísera ayuda que he podido pro- 
porcionarle hasta ahora. Intercede por Cristian, 
por el más noble y bueno de los hombres, por 
quien daría mil vidas si ellas fueran necesarias 
a su feUcidad. 

Al hacer esta invocación, contemplaba la ima- 
gen de la madre, una delicada miniatura ence- 
rrada en el medallón como una verdadera reli- 
quia. Cubríala después de besos para volver a 
colocarla sobre su seno al calor de sus recuer- 
dos piadosos. 

— ¡ Oh santa madre, cuya feücidad en este 
mundo ha sido tan fugaz ; si pudiera compartir 



> " 



— 120 — . 

también contigo las horas de dicha que me espe- 
ran ! ¡ Ah ! si vieras, cuánto te amaríamos, 
porque Cristian había de quererte como a una 
segunda madre. 

Era así cómo Delfina, en la soledad de su ha- 
bitación, cuando en torno de ella todo era quie- 
tud y reinaba el silencio de la noche, interrumpi- 
do de tiempo en tiempo por rumores lejanos y 
confusos, por el chirrido infatigable de los gri- 
llos, por el grito del ave que pasa como asustada, 
por el balido de la oveja, confundido con el de la 
hacienda vacuna, que suspende su rumiar in- 
cesante para lanzar un mugido prolongado que 
se refunde en el ambiente como un eco doloroso 
y lastimero. 

En ciertas noches se sentía invadida por un 
sentimiento de pavor y de misterio que ella mis- 
ma no podía explicarse, y en esos momentos 
no se atrevía a asomarse al balcón que tenía vis- 
tas al parque, porque ese panorama nocturno, 
iluminado por los rayos del plenilunio de abril, 
poblaba su imaginación de fantasmas y de apa- 
riciones siniestras con que sus ojos descifraban 
las sombras de los árboles en sus contornos ca- 
prichosos. 

En una de esas noches, dos días después que 
Cristian saliera para la estancia, mientras se ha- 
llaba entregada con más fervor a implorar la 



— 121 — 

protección de la Virgen, a quien ofrecía ahora 
el ramo de claveles y madreselvas, por ausencia 
de éste, pudo oír claramente, en medio del si- 
lencio que la rodeaba, el galope lejano de un ca- 
ballo que ella hubiera podido distinguir entre 
muchos otros, tan acostumbrado estaba su oído 
a ese mismo rumor. 

— ¡ Cristian ! — exclamó sobresaltada — . ¿ A 
estas horas ya de regreso? No es posible — 
agregó. 

Y, sin embargo, el rumor se aproximaba cada 
vez más y, de pronto, oyó el ruido seco de la 
tranquera que se abría con el chirriar desafina- 
do de sus goznes herrumbrosos ; después, el cho- 
que seco del cierre ; un momento de silencio y 
de nuevo el galope precipitado del caballo. 

Delfina, sobresaltada, inquieta y temerosa, 
tuvo un extraño presentimiento que hizo estre- 
mecer todo su cuerpo. 

Desde el primer instante había aplicado su 
oído atento contra las varillas de la persiana, y 
cuando el rumor del galope le pareció que ya era 
cercano, dirigió su mirada escudriñadora para 
ver a través de las rendijas, y en ese mismo 
momento, saliente de un oasis de sombra, en 
la mitad de la avenida principal del parque, la 
luz de la luna iluminó por completo la figura 
arrogante de Cristian, montado gallardamente 



— 122 - ' 

sobre bu caballo favorito, un tordillo árabe de 
pura sangre. 

— ^i Cristian ! — exclamó de nuevo y cayó de 
rodillas casi desfallecida aaite el balcón, sintien- 
do ahora otro golpe : el de su propio corazón, 
que parecía querer vencer la resistencia del pe- 
cho con golpes fuertes y tumultuosos. 

Repuesta un tanto de su primera impresión, 
dijo para sí : 

— i Qué tonta soy ! ¿ Por qué he de impresio- 
narme? ¿Acaso tiene nada de particular que 
Cristian regrese antes de la fecha que había 
fijado? ¿Por qué he de pensar en nada malo? 

Y sin embargo, eran tales la aprensión y la 
angustia que experimentaba, que durante to- 
da esa noche no pudo conciliar el sueño. 

Invadían su cerebro mü conjeturas, a cual 
más penosas y contradictorias, y en vano quería 
ahuyentar de la imaginación las sombras de tris- 
teza y de zozobra que se adueñaban de ella ; to- 
do su esfuerzo era vano. Quería ponerse alegre 
pensando en que Cristian había apresurado su 
regreso porque no podía vivir en su ausencia. 

— ¡ Me quiere tanto ! — decía para tranquili- 
zarse ; pero en seguida volvía a recaer en sus 
aprensiones y en los temores que la asaltaban. 

Quiso rezar, pero tuvo que desistir de ese pro- 
pósito, pues interrumpía sus oraciones para sen- 



— 123 — 

tarse de golpe en la cama y juntar sus manos en 
actitud de profundo desaliento. 

— ¡Dios mío, Dios mío! — exclamó — . ¿Pe» 
qué estas dudas tan mortificantes? ¿Por qué este 
presentimiento que agita mi alma cual la ame- 
naza de un peligró? 

Y su agitación fué extrema cuando llegaron a 
su oído una serie de rumores que venían a decir- 
le claramente que todos los habitantes de la ca- 
sa se habían puesto en movimiento. Saltó del le- 
cho como impulsada por una resolución súbita 
y se dirigió al balcón para convencerse de la rea- 
lidad. Su sorpresa y su angustia no tuvieron lí- 
mites cuando pudo observar al través de la ce- 
losía, que el salón y el comedor estaban ilumi- 
nados, que las personas de servicio entraban y 
salían apresuradamente como obedeciendo a una 
consigna, y aún más, cuando de pronto, oyó el 
rodar de un carruaje que se aproximaba, des- 
pués el mismo chirriar de la tranquera y por úl- 
timo vio distintamente el breack de la casa que 
se detenía ante la escalinata. En ese momento, 
JuUa y la señora de Moran aparecieron en la 
terraza para recibir al médico de la localidad, 
quien, saltando del estribo sombrero en mano, 
preguntó con acento de marcado interés : 

— ^¿Qué le pasa, señora, a mi amigo Cristian? 

ün grito cuyo eco se perdió en el silencio de 






124 



la noche salió del pecho de Delfina como una ex- 
halación de dolor. 

— ¿Has escuchado, Julia? — exclamó la seño- 
ra de Moran después que hubo cambiado con el 
médico los cumphmientos de estilo y pedídole 
disculpa por haberlo molestado a hora tan in- 
sólita. 

El grito de Delfina había repercutido en el 
corazón de la señora como un eco siniestro y 
misterioso y no atinaba a darse una exphcación 
respecto a su origen. En cambio, Julia más pers- 
picaz y prevenida, sospechó desde el primer 
momento que aquella exclamación de dolor no 
podía provenir de otro sitio que de la habita- 
ción de Delfina. Así, contestando a la interro- 
gación de su tía le dijo con aparente indiferen- 
cia en tajito que penetraba al salón : 

— ^He escuchado ese grito que por cierto me 
ha hecho estremecer, pues parecía el de una per- 
sona víctima de alguna violencia, y por el tim- 
bre de voz no puede ser otra que Delfina. 

— ¿Delfina? — exclamó la señora de Moran 
con aire de sorpresa. 

Y mirando a Julia con semblante adusto le 
dijo en tono de suave reproche : 

— Julia, para ti Delfina constituye una obse- 
sión que ha concluido por ofuscarte... 

— Juraría que de ella ha partido el grito... 



— 125 — 



Sólo que tú creas en los duendes — agregó des- 
pués con acento burlón. 



Entretanto, en la habitación de Delfina po- 
día percibirse el murmullo de una oración. La 
pobre niña cuya desesperación había Uegado al 
colmo, arrodillada delante de su Virgen protec- 
tora murmuraba entre suspiros y sollozos una 
plegaria por Cristian, a quien imaginaba ya ro- 
deado de mil peligros. 

El reloj del comedor cuyo timbre metálico al- 
canzó a oír distintamente dio tres golpes, y el 
médico aún no había salido. ¿Qué tendría Cris- 
tian, tan fuerte, tan robusto, tan tranquilo? 
se preguntó Delfina profundamente contraria- 
da por su situación que le impedía reunirse a las 
personas de la familia para informarse mejor y 
prestar al mismo tiempo su ayuda. . . 

— i Dios mío, qué desgraciada soy ! — excla- 
mó — , tengo que ocultar mi afecto como una de- 
lincuente, y no es un delito querer al hombre 
que me adora ; sin embargo, la familia, la socie- 
dad, los convencionalismos que distancian a las 
personas pesan sobre mí como una montaña... 
Mañana apenas tendré el derecho de informar- 



■ c 

— 126 — 

me como podría hacerlo cualquier persona de la 
casa... 

Hizo una pausa y después agregó : 

— Y Cristian pensará en mí y sentirá deseos 
de t[ue esté a su lado, de que vele su sueño. 

Envueltas apenas en sus ligeras ropas de dor- 
mir, acurrucada ahora junto al balcón para es- 
piar el movimiento del personal de la casa, vio 
de pronto salir al médico acompañado de nuevo 
por la señora de Moran y Julia. Detúvose el doc- 
tor un instante en la terraza ; pero le fué im- 
posible a Delfina, por más que aguzara el oído, 
descifrar la conversación que sostenían ; única- 
mente cuando se despidió, pudo escuchar cla- 
ramente estas palabras que pronunció el médi- 
co al poner el pie en el estribo del carruaje : 

— Mañana podremos apreciar mejor la mar- 
cha de la fiebre. Cristian es un muchacho vigo- 
roso, y -por el momento puedo asegurar de nuevo 
a usted que no veo peügro... 

— Confío en usted, y muchas gracias, doctor — 
exclamó la señora de Moran respondiendo a un 
nuevo saludo del médico. 

Delfina sintió en su corazón como un aleteo 
de alegría al escuchar las palabras del médico, 
promesas tranquilizadoras que disipaban un tan- 
to las dudas angustiosas que la atormentaban. 
Siguió con mirada atenta el rodar del carruaje 



— 127 — 

que se iba alejando perdido entre las sombras de 
la amplia avenida, y jmitando sus manos ex- 
clamó : 

— j Virgen purísima, protege esa noble exis- 
tencia, haz que pronto pueda verlo sano y gua- 
po como siempre, ilumina la mente de su médi- 
co para que tenga acierto ; yo te ofrezco mi vida 
en holocausto ! Mísera criatura, conozco el su- 
frimiento desde la edad más tierna. Mi alegría 
ha sido siempre compañera inseparable del do- 
lor. Hoy me sonríe una plácida aurora, y ya en el 
horizonte de la dicha prometida veo avanzar 
las densas nubes que tratan de obscurecerla. 

Después de este monólogo se dirigió a la pe- 
queña cómoda donde guardaba el aniUo que le 
regalara Cristian, y abriendo el estuche ex-. 
clamó : 

— Esta preciosa piedra, digna de tu corona ex- 
celsa, es para ti, Santa Madre de los Dolores ; 
para ti. . . es nada, para ima pobre maestra, es de- 
masiado. 



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IX 



Tan pronto como el alba empezó a difundir 
sus diáfanas claridades y penetraron por las ren- 
dijas de la celosía de la habitación de Delfina 
los primeros rayos de luz color de ópalo, saltó del 
lecho donde había pasado una noche de insom- 
nio, de dudas y torturas indedbles. Se vistió 
apresuradamente y bajó al jardín como de cos- 
tumbre. 

Reinaban por todas partes la quietud y el si- 
lencio ; las puertas de la casa estaban cerradas, 
las perjsonas de servicio no habían abandonado 
aún sus viviendas, y sólo Pedro, madrugador in- 
fatigable, iba de un arriate a otro para observar 
sus plantas y dar comienzo a su tarea diaria. 

La presencia del viejo jardinero fué para Del- 
fina un motivo de alegría. Apenas lo divisó, se 
dirigió a él, y saludándolo con el tono afectuo- 
so con que acostumbraba hacerlo, lo interrogó 

DELFINA. — ^9 



'H'- 



— 130 - 

sin preámbulos sobre el penoso acontecimien- 
to que había convulsionEido la casa durante la 
noche. 

Pedro tem'a por Cristian más que el cariño el 
respeto y la gratitud que puede sentir un hom- 
bre por su bienhechor ; lo quería con la ternura 
con que un padre puede querer a un hijo. Lo 
había visto crecer con el vigor y la lozanía con 
que había visto crecer a sus plantas predilectas. 
Cuando niño, lo había llevado en sus brazos, en- 
tretenido en sus juegos y correrías, secundado 
en sus caprichos infantiles, siempre complacien- 
te y amable. Ahora lo veía todo un hombre y 
se esforzaba en toda ocasión para serle útil, con 
ese apego con que se adhieren a nuestra exis- 
tencia las almas buenas y desinteresadas. 

El niño Cristian formaba parte de sus mejo- 
res años, de su goce de vivir. 

Cuando se le pedía algún dato respecto de una 
planta, alguna de las que llamaran la atención 
por su belleza, por su desarrollo prodigioso o por 
su edad, siempre tomaba como punto de com- 
paración a Cristian. Así, hablando de una her- 
mosa palmera fénix, decía con aire de orgullo : 
cEsta palmera tiene la edad del patrón. La 
planté el mismo día que nació. Esta magnoha— 
agregaba invariablemente, señalando el hermo- 
so árbol — dio sus primeras flores cuando el ni- 



— 131 — 

ño tenía cuatro años» . Vinculaba de esta mane- 
ra sus afectos con la predilección que tenía por 
ciertas plantas, a las cuales cuidaba con más es- 
mero, porque ellas representaban una etapa de 
la vida del patroncito Cristian, como él solía 
llamarlo para demostrar todo el afecto y toda la 
devoción que sentía por su persona. 

Cristian, por su parte, correspondía larga- 
mente a las afectuosidades del viejo jardinero, 
tratábalo como a un amigo de la infancia col- 
mándolo de atenciones, y no pocas veces pasaba 
horas enteras en su casita rústica hablando de 
las plantas cual si se tratara de viejas amigas, 
de las reproducciones, de dar a los invernácu- 
los mayor ampütud y de aumentar el número 
de peones que estaban bajo su dirección. 

Muchas veces le había propuesto jubilarlo, 
traer un jardinero joven para que él pudiera des- 
cansar y pasar su vejez con más holgura y con 
menos trabajo. 

— Ya estás viejito, Pedro — solía decirle Cris- 
tian sonriendo — : tienes derecho a un merecido 
descanso, estas tareas ya se hacen fatigosas pa- 
ra ti. 

Pero el viejo lo interrumpía con aire con- 
trariado para rehusar agradecido la generosa 
oferta : 

— j Oh ! aun soy fuerte, todavía puedo traba- 



— 132 — 

jar. Luego, estos hombres de ahora vienen lle- 
nos de exigencias, quieren ganar mucho y tra- 
bajar poco ; ésos son unos sabios, y cuando us- 
ted los pone a la prueba, no saben hacer un 
trasplante, no saben cómo se comienza para 
practicar un injerto ; en fin, no, no, niño Cris- 
tian, por Dios, no traiga de esa gente a esta ca- 
sa, sólo sirve para proporcionar disgustos. 

Y después de un instante de silencio, durante 
el cual quedaba pensativo y como entristecido, 
solía agregar : 

— ¿Es que usted no está contento de mi tra- 
bajo ?. . . tal vez yo no me doy cuenta de que no 
lo ejecuto tan bien como antes : ¿es así, señor 
Cristian ? 

— No seas caviloso, Pedro — replicaba Cris- 
tian — , todos estamos contentísimos de ti y de 
tu trabajo. 

Y donándole un cigarro se despedía de él 
con demostraciones afectuosas que en muchas 
circunstancias lo dejaban emocionado. 

Cuando se advirtió de sus amores, dijo para sí : 
— Sería una linda pareja, pero la señora Eleo- 
nora no permitirá jamás esa unión... ¡oh! co- 
nozco muy bien a la señora, antes se dejará 
matar — agregó, en su lenguaje crudo — que ad- 
mitir a la señorita Delfina en famiha. Y pobre- 
cita, ella es muy buena ; pero no se da cuenta 



— 133 — 

de cómo es la gente rica y de campardUas — ex- 
clamó haciendo badajo con la diestra y agitán- 
dola nerviosamente — . En fin, por mi parte, 
con tal de que el patroncito fuera feliz, qué im- 
porta todo lo demás... Al fin, también se han 
visto príncipes y reyes que se han casado con 
niñas pobres... por lo menos así lo enseñan los 
libros que yo he leído — dijo el viejo con toda la 
ingenuidad de un hombre sencillo y candoro- 
so, a pesar de sus años. 

Sin sospecharlo, Pedro se había convertido in- 
sensiblemente en el confidente más discreto de 
los enamorados. El había sorprendido los prime- 
ros encuentros, los había visto pasearse por las 
largas avenidas del parque mientras Emilito 
se entretenía en la pileta de la noria en hacer 
navegar sus pequeños barcos. Después, las ci- 
tas en el banco rústico, los pedidos de claveles 
de ItaUa que le hiciera Delfina para componer 
sus ramos rodeados con madreselvas y diosmas, 
y por último, una tarde, mientras Pedro estaba 
trabajando en una colección de almacigos, al le- 
vantar la cabeza, vio a poca distancia a Cristian 
que iDiprimió un beso apasionado en la mano de 
Delfina. 

Con todo disimulo, Pedro había tratado de 
alejarse ; pero Cristian, que conocía la nobleza 
de ese hombre y sabía que era capaz de guar- 



T^w-.'^r-'n 



— 134 — 

dar toda la reserva que convenía, lo llamó afec- 
tuosamente. Pedro acudió solícito al llamado 
descubriendo su cabeza poblada de matas de tu- 
pidos cabellos canosos, 

— Mira, Pedro — le dijo con tono afectuoso — ; 
ya sabes cuánto aprecio tengo por ti ; no tengo 
por qué ocultarte mis acciones, porque ellas se- 
rán siempre correctas ; lo que acabas de presen- 
ciar, significa para ti que la señorita Delfina se- 
rá un día tu patrona, ¿oyes, Pedro?... ahora, 
sé discreto, nada más debo decirte. 

Pedro sintió la impresión como de un vaho 
caliente que le subía al rostro, miró alternativa- 
mente a Cristian y a Delfina, y después de un 
momento de silencio, con las córneas brillantes 
por la emoción, orgulloso al mismo tiempo por 
verse tratado con esa distinción confidencial, 
juntó sus manos como en actitud de súplica y 
dijo con acento de voz casi solemne : 

— Niño Cristian, que Dios los bendiga. 

Aquella nota de sinceridad, de cariñoso inte- 
rés, sencilla e ingenua, porque brotaba de un 
alma siempre buena, en el ambiente apacible 
del campo, rodeados por la naturaleza amiga, 
engalanada con sus mejores adornos : flores y 
perfumes, en la hora del crepúsculo, bajo un cie- 
lo de azul intenso con diafanidades de rojo y de 
cobalto ; aquel grupo formado por dos personas 



— 135 — 

jóvenes en cuyo semblante se irradiaban la feli- 
cidad, la pasión y un mundo de promesas ; el 
viejo Pedro completaba el cuadro de una escena 
patriarcal, cual si fuera el padre que bendice, que 
derramara sobre sus cabezas juveniles la ben- 
dición anhelada. ^ 

Y Pedro había guardado el secreto dentro de 
su pecho como se guarda una reliquia dentro 
del santuario. En vano Julia había tratado con 
esa fina diplomacia que emplea la mujer apasio- 
nada y celosa de escudriñar la conciencia del 
viejo, con preguntas, rodeos y dádivas, respec- 
to a la conducta de Cristian con Delñna : nada 
había conseguido. 

Y Julia había concluido por desistir de su em- 
peño, clasificando duramente al pobre jardine- 
ro : cEste es un zorro viejo — se había dicho — , 
ni con tortm-as lo harían hablar, cuando él no 
quiere...» 

Así, Delfina se dirigió a él en la seguridad de 
obtener todas las noticias que su corazón anhe- 
lante le reclamaba para calmar la excitación y 
la angustia de que estaba poseída. 

Pedro, por su parte, no se hizo rogar para in- 
formarla minuciosamente de cuanto había su- 
cedido. 

Por la mañana de ese mismo día recibió or- 
den de hacer llevar el caballo de Cristian a la es- 



— 136 — 

tación, a fin de que lo encontrara a la hora del 
último tren de la noche. Cristian había regresa- 
do enfermo, y seguramente, debido a su vigor 
físico, había preferido el caballo al carruaje, que 
también se le mandara. «Según el médico, está 
cabalgata no había sido prudente ; pero, en fin, 
usted sabe, señorita — dijo Pedro — , que el señor 
Cristian es muy fuerte, muy guapo y no se aba- 
te por dos días de enfermedad.» Cuando el mé- 
dico regresó al pueblo, Pedro, guiado por el in- 
terés afectuoso que le inspiraba su patroncito, 
había subido al pescante del break con el obje- 
to de informarse del estado de salud de su que- 
rido enfermo, y lo que el médico no se había 
atrevido a comunicar a la -señora de Moran por 
temor de comprometer una opinión arriesgada, 
no tuvo reparo en insinuarlo a Pedro :_ proba- 
blemente se trataba de una fiebre tifoidea de mal 
carácter, pues ya en el comienzo se iniciaba con 
síntomas que no dejaban de alarmarlo. 

Delfina escuchaba pálida y temblorosa las 
palabras del viejo jardinero, y hubo un momento 
en que buscó instintivamente un punto de apo- 
yo, pues sentía que las fuerzas la abandonaban 
y que iba a desfallecer. 

¡ Cristian gravemente enfermo ! Era una 
fatalidad de su destino que venía de pronto a 



— 137 — 

perturbar toda la dicha que pocos días antes ha- 
cía de ella la mujer más fehz. 

Sentada en un banco del jardín, apoyando en 
su mano fría y crispada su frente dolorida, lar- 
go rato permaneció en esa actitud, en tanto que 
un torbellino de pensamientos a cuál más som- 
brío y mortificante cruzaban por «su cerebro. 

— ¿Qué haré ahora? — ^murmuró con acento 
dolorido — . Ya no podré verlo, no podré estar a 
su lado, no me permitirán constituirme en en- 
fermera para velar sus noches de fiebre y tal vez 
de insomnio, j Dios mío, inspírame con tu san- 
ta protección, haz descender sobre mi corazón, 
también enfermo, un poco de calma, y a mi ce- 
rebro una idea que me salve de esta situación 
desesperante ! 

En ese momento se abrió bruscamente la ce- 
losía de la puerta del salón, y la señora de Mo- 
ran, con el semblante descompuesto por la aflic- 
ción que la dominaba y el desvelo de la noche, 
avanzó hacia la terraza alisando sus cabellos en 
las sienes, en tanto que suspiraba profunda- 
mente. 

A su vista, Delfina no pudo reprimir un mo- 
vimiento de sorpresa y de emoción. Saludó co- 
mo de costumbre a la señora, quien contestó el 
saludo de una manera displicente, en tanto que 
deda: 



— 138 — 

— ¿Tan temprano, señorita? ¿Es que Emilito 
también ha madrugado? 

Sin contestar la pregunta de la señora res- 
pecto del niño y como una persona aturdida por 
un suceso que la impresionara intensamente, 
avanzó con paso rápido hacia la terraza, y con 
una ansiedad que no le fué posible disimular se 
dirigió a la señora para informarse del estado del 
enfermo. 

— ¿Es verdad que el señor Cristian está en- 
fermo, señora? — exclamó Delñna, traicionando, 
como decimos, la calma con que en vano quería 
ocultar su emoción. 

— Sí, un poco enfermo — contestó fríamente 
la señora, mirando con aire severo a Delfina, 
cual si en su mirada le dirigiera un reproche, y 
sin adelantar una palabra más, la señora se de- 
jó caer en uno de los sillones que adornaban la 
terraza, suspirando de nuevo con una inspiración 
profunda y quejumbrosa, cual si faltara aire a 
sus pulmones. 

Delfina permanecía de pie delante do ella, 
con los brazos caídos a lo largo del cuerpo y sin 
atinar a tomar una resolución ; de pronto, como 
inspirada por un pensamiento súbito, rompió el 
prolongado silencio para decir a la señora : 

— ^Desde ya puede usted disponer de mí ; soy 
buena enfermera — agregó con una sonrisa -f orza- 



— 139 — 

da — ; puedo pasar muchas noches desvelada, 
sin experimentar cansancio... 

— Gracias, señorita — exclamó Eleonora vol- 
viendo a dirigir a Delfina la misma mirada con 
expresión fría y severa — . He pensado en hacer 
venir dos enfermeras si fueran necesarias. En- 
tretanto, con Julia, que es muy iuteligente y 
prohja para cuidar enfermos, llenaremos satis- 
factoriamente las indicaciones del médico, y 
Cristian estará perfectamente asistido. 

Delfina sintió sobre el pecho la opresión de 
una mano de gigante ; no pudo articular una pa- 
labra, hizo una inclinación de cabeza respetuo- 
sa y se retiró para ocultar su dolor y sus lá- 
grimas. 



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^ -i-c^i^z-'T^-'y- .■,-.■". ^?íi 



X 



Había transcurrido una semana desde la no- 
che que llegara Cristian enfermo, y durante ese 
tiempo, que para Delfina se convertía en días 
interminables de penas, lágrimas y sobresaltos, 
sólo había podido obtener las vagas noticias que 
le transmitía Pedro con afectuosa complacen- 
cia. 

Desde muy temprano abandonaba su habita- 
ción, aprovechando la circunstancia de que to- 
dos durmieran aún, se dirigía con paso rápido 
al fondo del jardín, a la casita rústica del viejo 
jardinero, y allí se entregaba sin reparo a su 
desesperación y a su dolor. 

El pobre viejecita, movido a compasión, tra- 
taba de calmarla, haciéndole comprender que 
Cristian seguía mejor, que la enfermedad no 
ofrecía peligro, que el médico se lo había ase- 
gurado, pues él no perdía ocasión, a pesar de 



— 142 — 

sus años, paxa treparse al pescante, al lado del 
cochero, cuando iba en el break en busca del 
doctor. 

Luego, Pedro tenía permiso para entrar en la 
habitación del enfermo. En ciertos momentos, 
Cristian mismo lo reclamaba, unas veces cons- 
ciente, otras delirante por la alta fiebre. 

— Dígame la verdad, toda la verdad — excla- 
maba invariablemente Delfina, tomando cariño- 
samente entre las suyas, pequeñas como las de 
un niño, la mano callosa y apergaminada del jar- 
ñinero — . Yo sé que usted lo quiere a Cristian 
como a un hijo. Usted conoce nuestra situa- 
ción, Pedro — agregaba Delfina con ojos lloro- 
sos — . Usted sabe que yo no tengo el derecho de 
interesarme por él más de lo que conviene a mi 
posición, y que mientras mi corazón llora más 
que mis ojos debo aparentar una tranquiÜdad 
que ya no puedo fingir. ¿Por qué debo sufrir 
así, Dios mío? Ya mis resistencias se abaten y 
me siento morir de desesperación. En la casa pa- 
rece que se hubiera impuesto la consigna de 
esquivarme. Miro el semblante de todos para 
sorprender una impresión, y encuentro en to- 
dos una frialdad y una calma que me confun- 
dan. ¡ Pedro ! — ^exclamó en uno de esos momen- 
tos en que su cerebro, como enloquecido de do- 
lor, se poblaba de pensamientos siniestros. 



— 143 — 

de temores, de incertidumbres y ansiedades des- 
consoladoras — . ¿Qué puedo hacer? Déme 
usted un consejo como un padre que guía a un 
hijo en el momento supremo de un peligro. Us- 
ted sabe que Cristian es todo para mí. Usted sa- 
be que me adora y que tal vez en un instante 
cualquiera de tregua de su enfermedad, diga a 
la señora Eleonora el compromiso que ha con- 
traído conmigo. Yo no puedo sufrir más. ¡ Dios 
mío, ayúdame tú en este trance horrible ! 

Pedro, conmovido profundamente ante la ac- 
titud y la angustia de Délfina, sólo atinaba a 
tranquilizarla con frases triviales y con seguri- 
dades que él mismo no podía tener, pues sabía 
perfectamente que la situación de Cristian era 
muy grave y que su vida se hallaba seriamente 
amenazada. 

¿Dar un consejo?... Pero, ¿qué podía suge- 
rirle él, pobrecito, impresionado a su vez por la 
enfermedad de su querido patrón, a quien veía 
día a día perder terreno con ese ojo clínico que 
dan el cariño y la intuición de los profanos al la- 
do de un enfermo? 

— Revelaré todo a Ja señora^ — exclamó Délfi- 
na en un paroxismo de desesperación — ; le diré 
todo cuanto sufro, le haré mirar bien mi sem- 
blante, donde podrá encontrar perfectamente 
marcadas las hondas huellas de ese sufrimien- 



— 144 — 

to ; todo se lo diré, y me creerá, y si es necesa- 
rio juraré por la salvación de mi alma y por las 
cenizas de mi madre — dijo con marcada afec- 
tación. 

Después de oírla, Pedro sonrió con una expre- 
sión de amargura y de incredulidad, y dirigien- 
do a Delfina una mirada en la que se veía la 
demostración más sincera d© compasión y de 
duda, acentuando sus palabras : 

— ^No haga usted eso, señorita ; la señora no 
lo encontrará bien... 

Había tal convicción en las palabras de Pe- 
dro, y las pronunció con tal acento de seguridad, 
que Delfina, como despertando de un sueño, y 
tocando la realidad fría y egoísta, dijo con des- 
aliento : 

— Tiene usted razón, Pedro ; ella es madre, y 
la situación de su hijo formaría un contraste 
doloroso con mi revelación y mis súplicas — y 
ponderando de súbito la situación que le creara 
la enfermedad de Cristian, vio ante sus ojos a 
Julia, triunfadora funesta e implacable ante 
su dolor y sus lágrimas. 

Yió el abismo que se abría fatal y voraz co- 
mo una fiera hambrienta para arrebatarle la di- 
cha prometida, y en un instante de desespera- 
ción suprema pensó en que la muerte sería para 



— 145 — 

ella una dulce solución si Cristian llegara a fal- 
tarle. 

— ¡ Qué horror ! — agregó después, cubriéndose 
los ojos con ambas manos — . ¡ Qué horror ! — re- 
pitió, písnsando en su anciano padre abando- 
nado. 

Es que el amor es egoísta, y como todas las 
pasiones, se antepone a todos los cálculos ; pero , 
Delfina quería demasiado al autor de sus días 
para olvidarse de que el pobre anciano necesi- 
taba de su sostén moral y de su ayuda. 

Entretanto, la enfermedad de Cristian había 
hecho progresos inquietantes, y ya no era sola- 
mente el médico de la localidad quien le pres- 
tara asistencia ; se habían unido los más repu- 
tados clínicos, que concurrían diariamente para 
celebrar consultas. 

Pocas veces se -presentaba a Delfina la ocasión 
propicia de encontrarse con la señora, pues vi- 
vía como recluida en sus habitaciones y sin aban- 
donar un momento la cabecera de su hijo. 

Reinaban por todas partes el silencio y la 
quietud de las casas abandonadas ; los sirvien- 
tes cumplían con sus obligaciones sin dirigirse ' 
la palabra y procurando hacer el menor ruido. 
Cuando tenían que comunicarse alguna orden, 
lo hacían en voz baja y con aspecto de personas 
misteriosas. Se había suprimido el agua de los 

DELFINA. — 10 






— 146 — 

surtidores y de las fuentes, deteniendo también 
la rueda de la noria, que había quedado inmó- 
vil y con sus recipientes a medio volcar. El toque 
de campana con que se anunciaba la hora de las 
comidas ya no dejaba oír sus tañidos alegres co- 
mo un llamamiento de buen augurio. Habían 
cesado las reuniones en el comedor, y a Delfina 
se le servía en un departamento o en la habita- 
ción destinada para escuela de Emilito. 

Toda la casa estaba triste, envuelta en un 
ambiente casi conventual. 

Julia se había puesto inabordable. Cada vez 
que Delfina le dirigía la palabra para informar- 
se de su novio, contestábale con monosílabos y 
con desgano, afectando al mismo tiempo una 
actitud de despreocupación que formaba un "con- 
traste penoso con su propia aflicción. 

Así, esta desgraciada criatura vivía ahora en 
aquella casa como un huésped olvidado, y el 
único consuelo que podía compensar en parte 
sus zozobras angustiosas era el momento en que 
podía dar un desahogo a su dolor, en la casita 
rústica de Pedro, donde siempre encontraba una 
palabra de ahento y el interés afectuoso de un 
noble corazón. 

No pocas veces habíalo sorprendido con los 
ojos enrojecidos, triste, concentrado y caviloso. 
En esos momentos Delfina no && atrevía a in- 



— 147 — 

terrogarlo ; el temor de que Pedro le diera malas 
noticias enmudecía su voz y se limitaba a suspi- 
rar profundamente hasta que el viejo le dirigía la 
palabra para llevar a su ánimo abatido un rayo 
de esperanza. - 

Una mañana, cuando ya había corrido la voz 
de que el estado del enfermo se había agravado 
aún más, corroborando la penosa noticia la cir- 
cunstancia de haber permanecido toda la noche 
en la quinta el médico de cabecera, la mucama 
que servía habitualmente a Delfina le llevó un 
mensaje de parte de la señora: «La señora le 
ruega que a las once se encuentre usted en el 
salón, pues necesita hablarla». 

Delñna sintió que la sangre se retiraba brus- 
camente de su semblante, sus piernas tembla- 
ron y casi no pudo articular una palabra. 

— ¿No sabe usted para qué es? — dijo des- 
pués, haciendo un esfuerzo para dominar la in- 
tensa ccflimoción que acababa de experimentar. 

^-No podría decirle, señorita... La señora me 
ha encargado que le diga eso... y nada más. 

— Está muy "bien — exclamó Delñna — . A esa 
hora estaré aUí. 

Miró su pequeño reloj anudado a la muñe- 
ca izquierda con una cadenilla de oro. Eran las 
nueve y cuarto. Mil suposiciones y conjeturas 
cruzaron por su cerebro. ¿ Cristian habría revé- 



■,;■,(*■■• 



148 



lado a su madre la pasión que le ocultara? ¡ Oh ! 
¡ Qué feliz sería entonces ! Podría verlo, 
estar a su lado, prodigarle sus caricias y sus cui- 
dados, y estaba segura de que salvaría del peli- 
gro que lo amenazaba. ¿ Sería posible tanta fe- 
licidad en medio del dolor que la embargaba? 
Y una ráfaga de alegría y de esperanza devol- 
vió a su espíritu atribulado un poco de aliento 
y de coraje, y desde ese instante los minutos le 
parecían interminables hasta que llegara la ho- 
ra de la cita. 

— ¿Y qué le diré a la señora? — se preguntaba 
Delfina, sugestionada por una impresión 'de op- 
timismo que hacía resurgir una por una sus üu- 
eiones, sus esperanzas, los gratos recuerdos de 
sus primeros momentos con Cristian — . I>e diré 
mis alegrías y zozobras, le diré el inmenso do- 
lor que me aflige ante el peligro de su enferme- 
dad ; le diré también que la querré como a una 
madre ; que seré su hija sumisa y respetuosa ; 
que no le quitaré el cariño de su hijo — agregó 
ingenuamente — y le pediré perdón si es nece- 
sario... Perdón, ¿por qué? — dijo después de un 
momento de reflexión — ; yo no he hecho daño 
alguno, jamás me hubiera atrevido a fijar mis 
ojos en él. Siempre oculté como un secreto en 
lo más íntimo de mi alma las simpatías que ha- 



aw^pg^!^^^j>-w»j^-?^T-rw»¡^ff«^* .' ' ''T^^^^^^" 



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- -^ 149 — 

bía despertado en mi corazón... Yo no tengo la 
culpa — agregó ingenuamente — si me quiere tan- 
to... El se ha empeñado en hacerme creer tan- 
tas cosas, ¿Acaso he cometido una falta escu- 
chando sus promesas? Pero, ¡ qué touta soy !... 
El aniUo de esmeralda que me ha regalado es la 
mejor prueba de su cariño ; lo Uevaré puesto, la 
señora se sorprenderá... Le diré que es el sím- 
bolo de su cariño, jurado antes de salir para la 
estancia. . . 

Quedó un instante pensativa y después pro- 
siguió : 

— No, no debo hacer ostentación de lujo, po- 
dría creer que soy vanidosa, que me halaga el 
brillo de las joyas. . . ¡ Ah ! ¡si Cristian no fuera 
tan rico ! 

Esta última reflexión era el punto más esca- 
broso para la delicadeza de sentir de Delfina. 

Muchas veces, cuando las fantasías de su ima- 
ginación la transportaban a ese mundo de las 
quimeras que abre horizontes color de rosa en 
el espíritu de los enamorados, cuando hacía el 
recuerdo de sus horas fehces forjando nuevas vi- 
siones para el porvenir, un sentimiento de tris- 
teza surgía de pronto para arrojar sombras den- 
tro de su espíritu y disipar en un instante todas 
sus alegrías, todas sus promesas de felicidad. 






— 160 — 

Cristian era muy rico, y este hecho, que hubiera 
halagado tanto la vanidad de otra mujer que no 
tuviese el temple de alma de Delfina, y las deli- 
cadezas que constituían precisamente una de 
las maravillas de su exquisita sensibilidad afec- 
tiva, era para ella una íntima preocupación. 
— ¡ Ah ! — decía muchas veces en la soledad de 
su vivienda — : si Cristian fuera pobre como yo ; 
si tuviera como yo que ganar el sustento dia- 
rio, tendríamos nuestra casita, alegre, inunda- 
da de sol, con un lindo jardín que nosotros mis- 
mos cultivaríamos, viviríamos en compañía de 
mi viejecito y nada faltaría a nuestra felicidad. 
No se necesita tanto dinero para conquis- 
tarla. Ella es una planta que arraiga, crece lo- 
zana y da sus bellas flores tanto en la morada del 
pobre como en el suntuoso palacio del rico. 
Todas las noches, después de un día de traba- 
jo, nos reuniríamos de sobremesa para hacer el 
inventario del día y preparar el programa de 
nuestras tareas para el siguiente. Cristian me 
entregaría el dinero que hubiese ganado, lo guar- 
daríamos en una pequeña caja destinada a ese 
depósito de nuestra riqueza ; yo prepararía la 
lección para mis discípulos, y mi papá nos lee- 
ría las últimas noticias de los diarios. Después 
haríamos música, pensaríamos en que alguna 



— 151 — 

vez tendríamos ahorros suficientes para descan- 
sar, y asi, tranquilos, contentos y enamorados 
de nosotros y de la vida, miraríamos con fe las 
promesas del porvenir y todo el mundo estaría 
encerrado para nosotros dentro de las cuatro pa- 
redes de nuestra casita alegre e inundada de 
sol. 

El destino había dispuesto las cosas de otra 
manera : la pobreza, el trabajo, el esfuerzo pro- 
pio para luchar y vencer, la felicidad conquis- 
tada por ese camino difícil y escabroso, tenían 
indudablemente la poesía con que revisten sus 
aspiraciones las almas buenas e ingenuas. La 
pobreza no constituye una virtud, pero tampoco 
las virtudes se adquieren con dinero. 

Reflexionando así, Delñna concluía por en- 
golfarse en un cúmulo de deducciones, de incer- 
tidumbres, de dudas que sólo servían para con- 
fundirla más ; llegada a este punto, concluía por 
sonreír plácidajnente y someterse al fallo de ese 
mismo destino al cual hacía responsable de sus 
inútiles cavilaciones. 

— Cristian me quiere con toda su alma — ex- 
clamaba después, y ese solo pensamiento col- 
maba todas sus aspiraciones ; lo demás era se- 
cundario y no debía pesar tanto en la manera co- 
mo ella podía corresponder a ese cariño. 



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— 152 — »' 

Eleonora tampoco podría suponer que al co- 
rresponder a tanto cariño la guiara un senti- 
miento mezquino de vil interés. Su conciencia 
estaba tranquila y podría presentarse a la cita 
con la frente alta, en la que se reflejarían en to- 
do momento la pureza de sus intenciones y la 
nobleza de su conducta. Luego, cada una de sus 
palabras sería la expresión más sentida de la 
verdad. 

Delfina abrigaba la esperanza de que un día 
no lejano podría conquistar las simpatías y el 
cariño de la señora, aumentando así la felici- 
dad de Cristian, dispuesto hasta dislocarse del 
afecto de la madre si opusiera resistencias a la 
realización de sus propósitos. 

Pensó después en Julia, intransigente y or- 
gullosa, y tuvo para ella un sentimiento de in- 
dulgencia y de perdón. 

— j Cuánto la habré hecho sufrir sin querer- 
lo ! — exclamó Delfina recordando en ese instan- 
te todos los episodios en que Julia no había po- 
dido ocultar su encono al darse cuenta díe las 
marcadas preferencias de Cristian — . ¡ Ah ! pe- 
ro ella siempre se pagó con mis lágrimas, y no 
son pocas las que me ha hecho derramar injus- 
tamente. 

En tanto que se entretenía en evocar estos re- 



®^:' 



' — 153 — 

cuerdos, dominado su espíritu por grata impre- 
sión de optimismo, se aproximaba el momento 
de acudir al llamado de Eleonora. 

. — ¡ Valor ! — exclamó Delfina en un arranque 
súbito — . Estamos a treinta de abril, esta fecha 
marcará un día memorable en mi existencia. 









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1 



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-j-y^'^V;' "-*!^<*--"'í''.'." • - 






XI 



Faltaban algunos minutos para la hora fija- 
da por la señora Eleonora, cuando Delfina se 
presentó en la puerta del salón que comunica- 
ba con la terraza. 

Una intensa emoción había secado su gargan- 
ta, palpitábale fuertemente el corazón, y en las 
yemas de. sus dedos temblorosos sentía como 
hormigueos punzantes que embotaban su sen- 
sibilidad. 

La semiobscuridad de la vasta sala no le per- 
mitió distinguir en el primer moniento la pre- 
sencia de JuUa, que, recostada con laxitud en 
uno de los sillones sostenía en su diesira un li- 
bro que cerró bruscamente tan pronto como di- 
visó a Delfina en la terraza. 

— ^Pase, señorita — exclamó JuUa — : tenga us- 
ted la bondad de sentarse un momento, que 
Eleonora no tardará en llegar. 



T^i^^fiS^, -'-^'S- 



— 156 — • 

El tono con que Julia hiciera la invitación 
nada tenía de cordial. Era una simple indica- 
ción correcta, pero fría y casi ceremoniosa, como 
podría hacerlo con una persona extraña. Esta 
actitud no dejó de preocupar a Delfina ; pero, 
reflexionando que desde algún tiempo atrás en 
Julia era habitual esa manera de tratarla y aun 
más acentuada después de que se había impues- 
to de sus amores, encontró una explicación que 
si no la tranquilizaba del todo por lo menos no 
le daba mayor motivo para hacer conjeturas des- 
favorables. 

— ¿Y el señor Cristian, sigue mejor? — se 
aventuró a preguntar después de un momento 
de silencio y en un tono de naturalidad que lla- 
mó la atención de Juha. 

— ¡ Qué hipócrita ! — pensó ésta para sus aden- 
tros — , nadie creerá de lo que es capaz esta pa- 
lomita candida con garras de halcón... Sí, sigue 
mejor, señorita — contestó Julia — ; sigue mejor 
— ^repitió, y, luego agregó — : La noche la he pa- 
sado entera a su lado ; apenas me he recostado 
un par de horas al amanecer. 

Era una mentira de Juha, una gota de vene- 
no que quería infiltrar en el corazón de Delfina, 
ella, que no lo había visto desde el día que se 
despidiera para ir a la estancia, alegre, son- 
riente, y más cariñoso que nunca. 



■■^!i*-. *£f^?^ipf^ ■ , T??^-*'V"^l^í5- 



— 167 — 

Delfina sintió que la lengua se le pegaba al 
paladar y no pudo articular una palabra. 

En ese momento, Emilito hizo su entrada rui- 
dosa como de costumbre. Venía con traje de 
fiesta. 

— Travieso — exclamó Julia — : ya te he repe- 
tido mil veces que debes suprimir ésos alborotos, 
ya sabes que a Cristian le causan daño... 

El niño quedó como abochornado y acercán- 
dose a Delfina le dijo cariñosamente : 

— Señorita : ¿ sabe usted que me llevan a la 
ciudad con el tren de las cuatro. . . ? 

— Ven acá — exclamó Julia interrumpiéndolo. 

Y cuando Emilito estuvo próximo, lo atrajo 
hacia sí cariñosamente, lo besó en la mejilla y 
después de hablarle algunas palabras al oído, el 
niño hizo una afirmación con la cabeza y cruzó, 
lentamente y de puntillas, todo el salón hasta 
la puerta que daba a la terraza por donde des- 
apareció. 

Delfina estaba desconcertada. La presencia de 
Julia en la entrevista que iba a tener con la se- 
ñora no le parecía de buen augurio y no dejaba 
de inquietarla ni la creía propia, desde que ella 
no tenía por qué enterarse de sus intimidades 
con Cristian, lo que forzosamente tendría que 
manifestar a la señora. 

Julia permanecía silenciosa y como ooncen- 



■-■*■-■ " ■ ■ ■ I j -r ''^-".'iv ■ 



!■ 



— 168 — 

trada en un pensamiento que la absorbiera por 
completo. Delfina miró con disimulo el reloj que 
llevaba a guisa de pulsera, y pudo observar que 
había transcurrido ya media hora desde su 
entrada al salón. De pronto, Julia abandonó su 
asiento, hizo correr un sillón cerca de una de las 
ventanas laterales, y descorriendo la pesada cor- 
tina de damasco rojo para tener abundante luz, 
se dejó caer en la cómoda poltrona, abrió de nue- 
vo su libro y se puso a leer con marcado interés. 

Pocos minutos después se abrió la puerta del 
fondo y apareció en eUa la señora de Moran ocho 
el semblante pálido y desencajado, y envuelta su 
hermosa cabeza en un tul blanco que daba ma^ 
yor realce a su fisonomía de «Mater Dolorosa» y 
ponía más en relieve el sello de distinción que 
fluía de toda su persona. 

Al verla, Delfina se estremeció cual si estu- 
viera delante de un juez, y poniéndose rápida- 
mente de pie, la saludó con la respetuosa defe- 
rencia con que lo hacía habitualmente. 

— ¿Y el señor Cristian? — dijo después trai- 
cionajido un poco el temblor de sus labios la emo- 
ción de que estaba poseída. 

— ¡ Pobre Cristian ! — se Hmitó a decir Eleo- 
nora por toda contestación. 

Y lanzando un suspiro indicó a Delfina con 
ademán expresivo que se sentara. 



■fMK^*^_f^ O^'i^'^^'i^i f "e»! 



16» — 



La señora se sentó a su vez en un extremo 
del sofá. Julia permanecía siempre abstraída en 
sTi lectura eual si la escena que iba a desarrollar- 
se no le interesara mayormente. 

Después de ima tregua de silencio, y mientras 
Delfina, subyugada por un cruel presentimiento 
al ver que Julia permanecía tranquilamente en 
su sitio, empezó a daxse cuenta de que su cora- 
zón la había engañado, la señora de Moran le 
dirigió la palabra en estos términos con acento 
frío y reposado : 

— Señorita Delfina, un doloroso aconteci- 
miento ha llenado esta casa de consternación y 
de zozobra ; necesitamos todos la mayor tranqui- 
lidad y la mayor quietud para rodear a nuestro 
pobre enfermo de todas aquellas atenciones que 
su estado reclama ; así, la presencia de Emilito, 
tan turbulento y tan inconsciente por su edad, 
del daño que puede causar con sus ruidosas ex- 
plosiones üifantiles, se hace sumamente moles- 
ta ; entonces hemos resuelto con Julia alejarlo 
de esta casa, y hoy a las cuatro sale con el tren 
para ir a la de una parienta, donde permanece- 
rá hasta que se resuelva la enfermedad de Cris- 
tian. 

Delfina estaba aterrada. . . no atinó a articular 
vía sola palabra, y cuando rehaciéndose un tan- 



*->•'. *f^íW' 



160 



to quiso pronunciarla, la señora la interrumpió 
para agregarle : 

— Por consiguiente, señorita, queda usted li- 
bre desde este momento para regresar a casa de 
su padre. ' . 

Si el cielo se hubiese desplomado ante sus ojos 
para unirse con la tierra, Delfina no habría ex- 
perimentado una impresión de mayor espanto 
y de más cruel angustia. Miró alternativamen- 
te a Eleonora y a Julia, que en ese momento 
fijó en eUa sus ojos impregnados de odio y de 
triunfo, y sin poder resistir la profunda emoción 
que la dominaba, prorrumpió en una explosión 
de Uanto, que hizo exclamar a la señora de 
Moran : 

— ¡ Por Dios, señorita ; cálmese usted ; no es 
motivo para que usted se desespere de esta ma- 
nera ! Por otra parte, puedo asegurarle que siem- 
pre tendrá mi protección más decidida. . . 

Est4s últimas palabras repercutieron en el 
cerebro de Delfina como un ultraje, pues Eleo- 
nora no podía ignorar los vínculos que la unían 
a Cristian, y esta manera de proceder de parte 
de la madre era la declaración más brutal y vio- 
lenta para sus sentimientos de enamorada. Se 
la echaba a la caUe como a una persona cual- 
quiera. Sus servicios no eran ya necesarios. Se 
tomaba de pretexto la dolorosa circunstancia 



— 161 — 

de la enfermedad de su novio para romper esos 
vínculos que constituían la felicidad de dos cria- 
turas que una madre santa y buena hubiera de- 
bido respetar. 

Esa conducta alevosa y cruel estaba prepara- 
da y estudiada de antemano. Julia había puesto 
en ella toda su< perfidia, todo su encono, todo su 
despecho, y las turbulencias infantiles de Bmili- 
to servían admirablemente a sus planes sinies- 
tros. 

Delfina, en el colmo de la desesperación, tu- 
vo, sin embargo, un momento de lucidez, a pe- 
sar de la confusión, del caos con que se agolpa- 
ban las ideas a su cerebro dolorido. 

— Yo podría, señora — dijo tímidamente — , en- 
cargarme de que Emilito se condujera con toda 
corrección teniéndolo alejado de la casa... 

— No, señorita, no ; agradezco en lo que vale 
su generoso ofrecimiento — replicó la señora de 
Moran — ; pues está resuelto que el niño vaya a 
casa de los parientes ; ellos están ya avisados 
y dentro de pocas horas saldrá de la quinta. En- 
tretanto — agregó — , puede usted prepararse pa- 
ra salir mañana ; el carruaje la Uevará a usted 
a la estación. Aquí tiene usted — dijo la señora — 
el importe de sus mensualidades y un regalo pa- 
ra que usted compre algo para su padre — y alar- 

DEUriNA. — ^11 






— 162 — 

góle la mano para entregarle un sobre que con- 
tenía el dinero. 

Delfina, ahora de pie, con los brazos caídos 
a lo largo del cuerpo, bella como un ángel que 
hubiera plegado sus alas ante el dolor, no hizo 
un solo ademán par^ aceptar el dadivoso ofre- 
dmiento. 

La señora de Moran, un tanto contrariada por 
esa actitud, miró alternativamente a Julia y a 
Delfina, y, dirigiéndose a ésta con acento de 
afectuosa reconvención, exclamó : 

— Pero, señorita, ¿qué le pasa a usted? No 
es motivo para tanta aflicción ni para que usted, 
siempre tan correcta, tan fina y tan educa- 
da, produzca, con toda sorpresa mía, una no- 
ta tan discordante y tan fuera de sus hábi- 
tos... y... diré más, ya que usted me obü- 
ga... tan poco respetuosa. Sírvase. tomar el im- 
porte de su sueldo — agregó la señora Eleo- 
nora, estirando de nuevo su brazo para entre- 
gar a Delfina el sobre que contenía el dinero. 

— Perdón — exclamó ésta con el semblante cu- 
bierto de una palidez alarmante — ; quiera per- 
donarme — ^repitió — . Usted ha sido siempre tan 
bondadosa para conmigo, pero ahora, en este 
momento, es usted muy cruel — dijo con acento 
lúgubre. 

— ¿ Cruel, señorita. . . ? Tenga la bondad de ex- 



— 163 — 

plicarme el significado de esa expresión, que im- 
porta un severo reproche y que no atino a com- 
prender. 

— Si Cristian estuviera presente — exclamó 
Delfina poseída de una exaltación brusca ; pero 
no pudo proseguir. 

Apenas pronunciadas esas palabras, la voz 
se anudó en su garganta y un fuerte S0II0250 con- 
vulsionó todo su pecho. Cubrió con ambas ma- 
nos su semblante dolorido, y, cuando hubo se- 
cado sus lágrimas, estaba transfigurada. Mi- 
ró fijamente a ^Eleonora con sus grandes ojos 
de iris azul, cual si en la intensa expresión de 
esa mirada quisiera decirle todo cuanto sus la- 
bios no le permitían articular. 

— j Cristian ! — exclamó la señora con acento 
irritado — . ¿ Por qué nombra usted a Cristian ? 
¿Qué relación puede tener mi pobre hijo casi 
moribundo con sus sueldos de institutriz? 

Estas palabras fueron el golpe de gracia. Del- 
fina iba ya a revelarlo todo. ¡ Iba a abrir su co- 
razón y a extraer de él como de un cofre de cris- 
tal todos los recuerdos, todas las promesas, todo 
el tesoro de sus días fehces, todos sus senti- 
mientos íntimos y especialmente aquellos a los 
cuales diera vida Cristian con su conducta apa- 
sionada y le£¿ ! Pero repugnaba a su espfritu 
delicado una ccmfeBión semejante en presencia 



^T€^ 



— 164 — 

de Julia, que la contemplaba con una son- 
risa de burla y de triunfo. 

Así, después de un momento de silencio, in- 
clinó su cabeza sobre el pecho, y con paso lento, 
sin proferir una queja, sin lanzar un suspiro, se 
alejó del salón como una sombra que poco a po- 
co se desvanece. Cruzó la terraza en la misma 
actitud, y cuando la señora Eleonora la vio des- 
aparecer detrás de los tupidos rosales, pasó una 
mano sobre su frente como para alejar un pen- 
samiento que la mortificaba : dejó caer, como po- 
día hacerlo una persona en estado de incons- 
ciencia, el pequeño sobre que contenía el sueldo 
de Delfina, y después de haber permanecido un 
largo intervalo recostada en el sofá, se levantó, 
balbuceó algunas palabras que Julia no alcanzó 
a comprender y abandonó el salón seguida de 
ésta, que no podía ocultar la contrariedad que 
se pintaba en su semblante. Eé que Julia hubie- 
ra deseado presenciar una escena ruidosa, hubie- 
ra deseado escuchar las protestas de Delñna pa- 
ra intervenir a su vez y humillarla hasta el ul- 
traje arrojándola del salón como podía hacerlo 
con una persona del servicio... Su plan había 
fracasado, y dábase perfecta cuenta de que el 
destierro de la institutriz era un episodio peno- 
so para la infeliz criatura, pero no constituía una 
solución. Cristian estaba allí, enfermo, postra- 



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— 165 — 

do, delirante, inerme ; pero la esperanza de una 
curación flotaba aún en el ambiente de la quin- 
ta y alentaba los anhelos de todos. Lo que Ju- 
lia pensó en esos momentos no podemos decir- 
lo ; es tan difícil penetrar en las sinuosidades 
del corsczón humano cuando late a impulsos de 
la pasión y del despecho. ¡ Tal vez un pensa- 
miento siniestro cruzaba por ese cerebro ator- 
mentado... tal vez...! 



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XII 



Al día Biguiente de esta dolorosa escena, Del- 
fina abandonó la quinta llevando en su alma una 
congoja infinita, y aunque todavía la alentaba 
la esperanza de que Cristian pudiera mejorar de 
su enfermedad, el golpe que recibiera con la ac- 
titud resuelta de la señora de Moran había per- 
turbado de tal manera su cerebro, que por mo- 
mentos creía perder la razón. 

Todas las ilusiones que había concebido y aca- 
riciado en su imaginación por el llamado de la 
señora, se habían desvanecido como simples qui- 
meras, y la realidad desnuda y brutal la habla 
herido en pleno rostro, frente a la resolución im- 
placable de Eleonora y a la actitud desdeñosa y 
calculada de Juha. 

Cuando se instaló en el vagón del tren como 
una persona que toma el camino del destierro, 
sus ojos buscaban en vano un panorama que pn- 



— 168 — 

diese substraerla por un momento a tan penosos 
recuerdos ; pero su esfuerzo resultó inútil. La 
casa, el jardín, la avenida de los plátanos, la 
casita rústica de Pedro, los rosales floridos, to- 
do ese conjunto de cosas rüateriales que habían 
contribuido a deleitarla en sus días felices, des- 
filaban ahora por su retina como visiones de pa- 
sados sueños, como recuerdos extinguidos de 
una dicha próxima tal vez a perderse para siem- 
pre. 

Cuando la máquina dio el arranque cual si 
fuese una persona que lo hace con desgano, y 
oyó el choque repetido y a intervalos rítmicos de 
los distintos vagones, sintió repercutir en su ce- 
rebro cada uno de ellos como un aviso de la rea- 
Hdad dolorosa que la alejaba tal vez para siem- 
pre de aquellos lugares queridos, y en la prime- 
ra curva del camino, pudo divisar a lo lejos el 
mirador de la casa que parecía surgir de entre el 
follaje para darle también su despedida. 

Delfina contempló por última vez aquel nido 
de felicidad, y extendiendo los brazos fuera de 
la ventanilla, exclamó con acento emocionado : 

— Adiós, Cristian, alma nobilísima, el mejor 
de los hombres, ni aun la muerte podrá separar- 
me de ti. 

Y continuó mirando fijamente, como fas- 
cinada, la última fila de árboles del bosque. 



— 169 — 

hasta que en una vuelta del camino aquella sim- 
pática visión desapareció de pronto cual si la 
tierra, por una ilusión de óptica, huyera en sen- 
tido contrario de aquel que llevaba el convoy, 
arrebatando con una potencia de gigante, ca- 
sas, árboles, panoramas, y cubriéndolo todo en 
un instante con largas cimeras de humo como 
retazos de nubes. 

— ¡ Adiós !— exclamó Delfina agitando por un 
momento su pañuelo ; después se replegó en su 
asiento para entregarse a sus pensamientos cris- 
tianos buscando en vano un consuelo para su al- 
ma desolada. 

Cuando el tren se detuvo en la estación Cen- 
tral, le pareció como que despertara de una pe- 
sadilla. Los múltiples ruidos de la ciudad reper- 
cutían en su oído con un estrépito tan intenso, 
que acabaron por aturdiría. Marchaba desorien- 
tada e indecisa. Los ruidos, los ecos, los gritos 
de los pregoneros, el ir y venir de las gentes, 
el roce, los choques, los vehículos, todo aquel 
conjunto desordenado e incesante, le parecía tan 
extraño y hostil, que por fuerza tuvo que dete- 
nerse para coordinar sus pensamientos. Es que 
el agotamiento de sus energías había llegado a 
un grado extremo, y en su pobre cerebro se su- 
cedían las ideas, los recuerdos, las impresiones 
dolorosas, con la rapidez del vértigo, y un terror 



— 170 — . 

inexplicable la impulsaba a huir, a buscar un re- 
fugio, casi a gritar para pedir auxilio. 

En esta situación de ánimo, llegó a casa da 
su anciano padre en momento en que, como he- 
mos visto al principio, estaba entregado con la 
emoción más afectuosa a la lectura de la carta 
que le escribiera pocos días antes. 

La hemos visto, por último, desfallecida en ej 
sofá por este mismo agotamiento nervioso, des- 
pués de tantas y tan intensas impresiones. 

Los cuidados solícitos y amorosos del anciano 
restituyeron a Delfina toda la calma de que ne- 
cesitaba disponer, a fin de informar a su padre 
de los tristes episodios que habían ocurrido du- 
rante los últimos días de su permanencia en la 
quinta. 

— Mucho tengo que decirte ; tengo que abrir 
mi corazón como un tabernáculo donde se guar- 
dan las reliquias más sagradas ; sólo a ti, padre 
mío, puedo confiar esas intimidades de mi alma, 
pues sólo tú eres capaz de apreciar cuánto he 
sufrido y cuánto he gozado ante la esperanza que 
me prometía un mundo de felicidades. Esa es- 
peranza no ha muerto aún, pero el dolor y las 
lágrimas la acechan con las incertidumbres del 
enigma ; y aun no puedo decirte cuál será la re- 
solución que le impondrá el destino. 

El anciano miraba fijamente a su hija, sin ' 



— 171 — 

darse cnenta del alcance de sus palabras. Un va- 
go temor lo había asaltado, pues las ideas de 
Delfina parecían un exponente de un cerebro 
delirante, y hubo un momento en que creyó que 
estuviera enferma y hasta palpó con mano tem- 
blorosa BU frente y sus mejillas ante la sospecha 
de que estuviera febridente. 

Delfina comprendió la sospecha y se apresuró 
a decirle : 

— No, papá ; no, no estoy febril, las cosas que 
has oído te las expUcaré mejor mañana. No me 
io exijas ahora ; la herida de mi corazón sangra 
aún y sería para mí una verdadera tortmra el des- 
garrar aún más esa herida. Necesito calmar mis 
nervios ; necesito el descanso como si volviera 
fatigada de un viaje largo y penoso. Mañana lo 
sabrás todo y me darás tus sabios consejos, pues 
necesito de ellos ; mi alma tiene sed de repara- 
ción, y tú, papá querido, tendrás que guiarme 
en este trance penoso al que la fatalidad me ha 
vinculado. 

Y besando cariñosamente al anciano en am- 
bas mejillas se retiró a su habitación. 

— Esta criatura está enferma, indudablemen- 
te está enferma — exclamó con desahento el afli- 
gido padre, y sosteniendo su frente con ambas 
manos, quedó largo rato pensativo y meditando 
sobre el misterio que encerraban las palabras de 



t~ 



172 — 



Delfina, su regreso inesperado y la transforma- 
ción que se había operado en su semblante. 



Al día siguiente se presentó Delfina con as- 
pecto más tranquilo. Su fisonomía era la de una 
persona resignada. Saludó al anciano; con una 
amarga sonrisa, mientras recibía un cariñoso 
beso en la frente. 

— Así me agrada verte — exclamó éste — , y 
ahora cuéntame todo, dime todos tus pensamien- 
tos, cuéntame la historia de tus tristezas y de 
tus alegrías ; yo necesito saberlo todo, porque yo 
también estoy triste y no acierto a darme cuen- 
ta de tu regreso, de tus emociones, de la pena 
profunda que te aflige. 

— Un momento más — exclamó Delfina — , de- 
bo escribir una carta y es urgente que lo haga 
para tener hoy mismo la contestación. 

Y sentándose delante de una pequeña mesa 
de escritorio Uenó rápidamente y con mano se- 
gura cuatro carillas de papel. 

— Es una carta para Pedro, el jardinero de 
la quinta, el hombre más bueno y sincero que 
he conocido — exclamó Delfina volviendo la ca- 
beza hacia el sitio en que estaba su padre, y 



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— 173 — 

mientras pasaba sus labios por el papel para hu- 
medecer la goma del sobre. 

Una vez que puso la dirección, se levantó, to- 
mó su sombrero, que colocó con despreocupación 
sobre su cabeza, y dándole, un besa en la mejilla, 
le dijo sonriendo : 

— Vengo en seguida... ten paciencia, ya lo 
sabrás todo, 

Y salió apresurando el paso como en los bue- 
nos tiempos en que iba a tomar el tren para vol- 
ver a la quinta. 

Apehas el anciano, que la había seguido con 
mirada tierna en todos sus movimientos, la vio 
alejarse, se dio una palmada ruidosa en la fren> 
te y moviendo tristemente la cabeza exclamó 
con acento de la más íntima convicción : 

— ¡Amor... amor... ! tú eres el protagonista 
de este enigma. . . ¡ oh ! yo también he tenido 
veinte años y también me he curado de esas he- 
ridas que tanto lastiman... ) Pobre Delfina!... 
¡pobre hija mía! ¡Cuánto habrás sufrido!... 
¡ Cuánto sufrirás aún ! 



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— Ahora, (time todo, no me ocultes una sola 
cosa — exclamó el anciano acariciando las páli- 
das mejillas de Delfina. 

Y al decir esto, tomó asiento a su lado en la 
actitud de un confesor que se prepara a oír los 
pecados de un penitente. 

Delfina suspiró profundamente, y después de 
secar sus ojos, humedecidos por las lágrimas, re- 
firió a su padre todos los episodios de sus amo- 
res con Cristian, todas sus promesas, toda la 
sinceridad caballeresca de su conducta. 

— ^Yo era la niña más feliz, veía ante mis ojos 
un horizonte de ventura y de paz ; Cristian no 
podía engañarme, porque es demasiado noble y 
altivo para abusar de su posición social y com- 
prometer el porvenir de una pobre maestra que 



■;• fyf.Tt~p.-^g^^,f- 



~ 176 — 

nada había hecho para provocar sus simpatías. 
Era el destino que nos había reunido y nuestra 
feücidad no encontraba más obstáculo para ser 
completa que las resistencias de la madre, afe- 
rrada por sistema a sus principios aristocráticos 
y a los convencionalismos sociales. Yo, padre 
mío — siguió diciendo — , hice presente a 
Cristian estas circunstancias ; insistí en que 
no debía disgustar a la señora ; le manifesté 
con toda sinceridad que sería muy doloroso pa- 
ra mí que por mi culpa fuera a distanciarse de 
su familia ; pero toda reflexión en ese sentido 
era completamente vana. Cristian tiene a ese 
respecto ideas propias ,y una despreocupación de 
hombre superior que lo hacían aún más simpá- 
tico a mi cariño. Llorando le supliqué que me- 
ditara respecto de mi situación ; que se diera 
perfecta cuenta de que yo, pobre criatura de con- 
dición humilde, tenía que ganar mi pan con el 
trabajo diario, y que él, todo un señor, rodeado 
de los halagos y de todas las consideraciones de 
que tan legítimamente disfrutaba, podría en- 
contrar una niña de su condición que también 
lo hiciera feliz, y que al unirse a ella no tendría 
que vencer resistencias y prejuicios que siempre 
reflejarían sobre mi persona la antipatía y el re- 
chazo de la familia. Y te conñeso, padre mío, 
que al decirle estas cosas, sentía que mi alma se 



— 177 — 

despedazaba, porque lo quiero, porque estoy ena- 
morada de ese hombre, por quien estaba dispues- 
ta a sacrificarme. Y aunque yo hubiese tenido 
que exhalar el último suspiro diciéndole lo que 
mi corazón no sentía, lo hubiera hecho, siem- 
pre que mi conducta contribuyera a su felicidad 
y a la paz de su hogar. Todo fué inútil. Mis re- 
flexiones parecían aumentar su cariño. ¡ Ah ! 
me parece verlo cuando nos reuníamos por la 
tarde en el banco rústico de la avenida de los 
plátanos, lejos de la casa y de las miradas de la 
familia, mientras Emilito se entretenía en sub 
juegos, acompañado de Pedro, el jardinero. 

Al llegar a este punto de sus confidencias, 
Delfina hubo de interrumpirse para comprimir 
sus labios con el pañuelo ; un sollozo profundo 
convulsionaba su garganta y le impedía hablar. 

— Me parece verlo— repitió después de una 
tregua de calma — de pie, delante de mí, sonrien- 
te y satisfecho, burlarse de mis aprensiones y 
reírse ruidosamente como un niño, cuando le 
manifestaba mis dudas crueles, mis temores, y 
lo invitaba a reflexionar sobre su conducta. 
«Eres una «maestrita palmeta» decíame fingien- 
do un aire compungido y de arrepentimiento, 
como aquel que afectan los niños traviesos cuan- 
do se les reprende. «Sí, mamita — decíame cari- 
ñosamente en otros momentos — ; mañana iré a 

DBLFIXA. — 1^ 






178 — 



la hora de clase de Emilito para aprender a ser 
juicioso. . . pero hoy todavía estoy libre para ha- 
cer travesuras, y usted, señorita Delfina, a pe- 
sar de toda su autoridad no podrá impedír- 
melo.» ¡ Cuánta bondad, cuánta dulzura hay en 
el corazón y en las palabras de ese hombre ! 

»Todo estaba preparado y convenido para in- 
formar de nuestros amores a la orgullosa seño- 
ra de Moran. A su regreso de la estancia debía 
notificarla de su resolución irrevocable. 

»La señora fingía no darse cuenta de la con- 
ducta de Cristian y de la simpatía que sentía por 
mí. Es posible que interpretara todo como un 
pasatiempo de su hijo, y en cuanto a mí, sa- 
bía que era demasiado virtuosa y con una cla- 
ra noción de mis deberes para no conducirme de 
otra manera que no fuese ajustada a estos senti- 
mientos. De ahí que jamás, seguramente obe- 
deciendo a su temperamento frío y a la altivez 
mal entendida de sus principios sociales, se per- 
mitiera la menor alusión respecto de nuestra 
conducta. 

»¡ Oh ! noche fatal — exclamó Delfina evo- 
cando el triste recuerdo de la llegada de Cris- 
tian gravemente enfermo.» 

Y describió a su padre el triste episodio de esa 
noche y las de loe días sucesivos durante los cua- 
les se le tuvo alejada de la intimidad de la fa- 



— 179 — 

milia como a una reproba y con una crueldad sin 
ejemplo, privada hasta de las noticias de su que- 
rido Cristian, que sólo podía obtener por inter- 
medio de Pedro de una manera furtiva e incom- 
pleta. 

— -¿Qué podía hacer el pobre viejito por más 
que lo quiera a Cristian como a su Dios tute- 
lar? ¡ Cuánto me han hecho sufrir, padre mío ! 
Un poco más, y es la muerte, como dice el di- 
vino poeta. 

»E1 treinta de abril, fecha que jamás se borra- 
rá de mis recuerdos, tuve un rayo de esperan- 
za. Recibí una invitación de la señora Eleo- 
nora para que me presentara en el salón a las 
once de la mañana, pues deseaba hablarme. 

»No podría describirte las emociones que ex- 
perimenté ante ese llamado. Todo podía pensar- 
lo, menos lo que iba a sucedérme. Mil conjetu- 
ras, tranquihzadoras unas, siniestras las otras, 
agitaban mi cerebro, y no sé por qué me había 
sugestionado de que la señora me pedía una en- 
trevista para hablarme de Cristian en la segu- 
ridad de que le habría revelado su pasión, y que 
al fin, la señora, vencida en sus resistencias por 
su noble actitud, me tendería la mano como a 
una hija. 

»j Cómo me había engañado mi corazón ! 

»j Cuan lejos estaba de sospechar la trama 






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— 180— . ■. 

que se había urdido en contra de mí al amparo 
de la enfermedad de Cristian, imposibilitado de 
defenderme imponiendo sus deseos ! 

»Con toda frialdad, con la altanería propia de 
las personas encumbradas y a quienes dominan 
la vanidad y el engreimiento de la posición que 
ocupan, fui humillada y escarnecida hasta el ul- 
traje y tuve que soportar impasible burlas des- 
piadadas de Julia que necesitaba saciar en mi 
desgracia la sed de venganza y de despecho por 
la indiferencia con que la trataba su primo. 

»Puí despedida de la quinta' como una em- 
pleada mercenaria, pero tuve la suficiente ener- 
gía para rechazar las dádivas ofensivas de la 
señora Eleonora con que trataba seguramente, 
por consejo de Julia, de deprimir mi dignidad 
y mi amor propio. 

» Salí de aquella casa desatinada y enferma, 
con el cerebro aturdido por el cúmulo de impre- 
siones que lo habían invadido en una semana de 
vía crucis de dolor y de espasmos indecibles. 

»He dejado allí una parte de mi vida, nada sé 
de él, ni podré saberlo ; me entrego ahora al des- 
tino, estoy resuelta y preparada a mayores su- 
frimientos ; cúmplase la voluntad de Dios — ex- 
clamó Delfina, mirando a su padre con tierna 
expresión de cariño. 

—-\ Pobre hija mía ! — dijo el anciano, que ha- 



— 181 — 

bía escuchado con una actitud de religiosa com- 
postura el relato de Delfina sin interrumpirla un 
solo momento — . ¡ Qué injustos han sido conti- 
go, que no tienes culpa alguna í Ten calma, hija 
mía. Cristian se curará y, entonces, tendrás la 
legítima compensación a tu conducta, tan ele- 
vada, tan noble, tan digna de una niña que, si 
no tiene fortuna, tiene la distinción y la exqui- 
sita sensibilidad para sentir y corresponder a 
un sentimiento tan noble y tan puro como el 
que te vincula a un hombre que se ha cruzado 
en tu existencia apacible y modesta cual corres- 
ponde a tu posición. Dios no ha de querer que 
esa existencia tan útil y vivida tan noblemente 
pueda desaparecer. 

— ¡ Oh padre mío ! Cuando pienso que Cris- 
tian puede sucumbir a su enfermedad, no sé si 
tendría resistencia suficiente para soportar esa 
inmensa desgracia. 

— ^Ten fe, hija mía, y no te dejes dominar por 
tan tristes presagios. Sé fuerte por mí, por tu 
anciano padre que tanto necesita del calor y del 
amparo de tu juventud y de tus energías. 



■ I .,,•■>? ■ .'-'•'í ■ 



XIV 



En los últimos días de mayo se produjo el 
triste desenlace. 

En plena posesión de su conciencia, pocas ho- 
ras antes de morir, reclamó Cristian la presen- 
cia de la madre, expresando al mismo tiempo el 
deseo de que lo dejaran solo con la señora. 

Destacábase en la semiobscuridad de la vi- 
vienda sobre la blanca batista de la almohada 
como una sagrada imagen la hermosa cabeza del 
enfermo. Intensamente páHdo, inmóvil, ojero- 
so, con la boca entreabierta, los labios secos y 
cubiertos como de una película negruzca, con sus 
grandes ojos sombreados por pestañas espesas, 
largas y sedosas, tenía la fisonomía de Cristian 
la imponente expresión del moribundo, acen- 
tuada aún más por el marco que formaban su tu- 
pida cabellera y la barba nazarena que circun- 
daba sus mejillas descarnadas. 



AJ. 






— 184 — 

Su respiración era fatigosa y por momentos 
se detenía en una inspiración brusca, cual si es- 
tuviese próximo a exhalar el último aliento. 

Había en la habitación un silencio solemne, 
casi religioso, y la luz gris que penetraba por 
las persianas filtrando después por las cortinas 
no permitía distinguir bien los objetos, algunos 
de ellos con formas fantásticas y de contornos in- 
definidos. 

Una imagen del Cristo, copia de Guido Reni, 
colgada a la cabecera de la cama, tenía los mis- 
mos colores, el mismo aspecto de dolor, las mis- 
mas entonaciones que daban al semblante del 
enfermo esa expresión de sufrimiento y de pró- 
xima agonía que indicaba claramente que el 
triste episodio final no tardaría en producirse. 
Sus labios temblorosos y los músculos de la ca- 
ra contraídos por espasmos nerviosos no le per- 
mitían articular claramente las palabras. Así, 
cuando vio entrar a la señora, pálida a su vez 
y con la nota más marcada del dolor y del es- 
fuerzo para ocultarlo haciendo relieve en su sem- 
blante, le dirigió una mirada dulce y afectuo- 
sa, indicándole al mismo tiempo con su mano 
trémula que se acercara al lecho. 

Lía señora tomó cariñosamente entre las «u- 
yas la mano de su hijo, descarnada y ardiente 
por la alta fiebre, y llevándola a sus labios con 



— 186 — 

la despreocupación de su amor de madre dolo- 
rida, impriroió en ella un beso prolongado, a 
tiempo que le decía emocionada : 

— ¡Pobre hijo mío! ¿Sufres mucho? 

Cristian no contestó, miró fijamente a su ma- 
dre con expresión severa e intensa, procurando 
al mismo tiempo dibujar en sus labios secos una 
sonrisa de amorosa despreocupación. Después, 
hsiciendo un supremo esfuerzo por la fatiga que 
entorpecía su respiración, pudo a duras penas ar- 
ticular con ronco y velado acento estas palabras : 

— Madre mía... tú sabes que amo a Delfina... 
la quiero con toda ini alma y me uniré a ella. . . 
la considero digna de mí y será el dulce comple- 
mento de mi destino... 

Su voz se apagó y no pudo proseguir. El es- 
fuerzo había sido superior a su resistencia. Que- 
dó un instante silencioso, con los párpados caí- 
dos, teniendo siempre entre las manos de Eleo- 
nora su mano temblorosa y por momentos he- 
lada e inerte, cual si la vida hubiese empezado 
ya abandonarle. 

Después de ese breve instante de calma, du- 
rante el cual su respiración se había hecho casi 
angustiosa, levantó de nuevo los párpados, y sus 
grandes ojos, de mirar imperioso y altivo, esta- 
ban ahora como velados y sin brillo. 

— ¡ Quiero verla ! — exclamó de pronto con voz 






— 186 — 

cavernosa — ; quiero decirle estas cosas en pre- 
sencia tuya... quiero... 

No pudo proseguir ; su voz se había extingui- 
do bruscamente, y la señora, profundamente 
alarmada por el cambio repentino que se había 
producido en su fisonomía, se inclinó sobre su 
pecho para escuchar mejor el rumor de su res- 
piración, imprimió después un beso en su fren- 
te cubierta de sudor frío, en tanto que le repev 
tía con acento acariciador y que revelaba al mis- 
mo tiempo una intensa emoción : 

— Cálmate, Cristian ; cálmate, hijo mío ; no 
es el momento ahora para hablar de eso... tan 
pronto como te mejores se hará tu voluntad... 

Cristian volvió hacia la madre una mirada 
profunda, parecía dirigirle un reproqhe y una 
duda... sus labios se plegaron en una sonrisa 
que también decía muchas cosas... su párpados 
cayeron de nuevo y quedó aletargado. 

Después de un momento, volvió a contem- 
plar a Eleonora con la misma expresión de du- 
da y con voz apenas inteligible le dijo : 

— ¿Dónde está Delfina?... ¿Por qué no vie- 
ne?... ¿No ha venido a verme una sola vez des- 
de que estoy enfermo?... ¿Me ha traído clave- 
les?... ¡ Si supieras cuánto la quiero!... 

Al oír las preguntas de Cristian la señora se 
estremeció. No tenía ya ni coraje para mirarlo. 



— 187 — 

En ese momento le repugnaba engañarlo-. Era 
una situación solemne y angustiosa para su co- 
razón de madre y, no atinaba a encontrar una 
contestación que satisficiera las legítimas exi- 
gencias de su hijo, sin que eUa violentara su 
conciencia. Cristian estaba a las puertas del se- 
pulcro, y en ese instante supremo en que las va- 
nidades de la tierra aparecen tan pequeñas y 
vulgares ante el gran misterio que se inicia con 
solemnidades dolorosas e imponentes, las pala- 
bras que acababa de pronunciar eran la confe- 
sión sincera y apasionada que agitaba su cere- 
bro en las postrimerías de la vida, el principio 
de la expiación que debía sufrir Eleonora. 

Y ella sintió todo el peso del reproche, toda la 
inmensidad de su desgracia, y el egoísmo que 
hasta entonces la había inducido a considerar a 
Delfina como una intrusa indigna del cariño de 
su hijo, se convirtió en un sentimiento de com- 
pasión y de ternura para Cristian y para ella 
misma. 

Esa pasión,, nacida en los alborea de la ju- 
ventud, en medio de las alegrías, de la despreo- 
cupación y la esperanza en un porvenir men- 
sajero de dulces promesas, era tronchada de 
pronto por el más doloroso de los episodios, la 
muerte venía implacable a reclamar sus diez- 
mos. 



— 188 — 

Cristian no desplegó más los labios, había 
caído en un estado de sopor y de abandono que 
presagiaba su próximo fin ; su respiración deja- 
ba oír abora estertores continuos, y sólo de tiem- 
po en tiempo agitaba sus manos temblorosas, 
cual si buscara algún objeto perdido dentro de 
las ropas de la cama. 

Eleonora había caído de rodillas, ocultando 
con ambas manos su semblante inundado de lá- 
grimas. En su corazón de madre se agitaba 
sombrío y tenaz el presentimiento de que minu- 
to por minuto se extinguía aquella noble y ju- 
venil existencia. 

Después de observar un momento esa acti- 
tud, levantó la cabeza, y sus ojos se encontraron 
con la imagen del Cristo que colgaba de la ca- 
becera. Era también un semblante dolorido con 
expresiones indelebles de sufrimiento y de ago- 
nía. 

— ¡ Dios mío ! ¡ Dios mío ! — exclamó Eleono- 
ra juntando sus manos en actitud suplicante y 
una oración sentida y de suprema invocación 
movía sus labios — . ¡ Ultima ofrenda de su cari- 
ño, postrer recurso de las almas creyentes cuan- 
do se han agotado los frágiles auxilios de la tie- 
rra ! i Cristian, hijo mío, perdóname si he sido 
ciega para no leer en tu nobilísimo corazón loe 
sentimientos que lo impulsaban ! 



— 189 — 

Y al decir esto, besó repetidas veces su mano 
yerta, cubriéndola al mismo tiempo con un rau- 
dal de lágrimas. 

Pero Cristian no podía escucharla ya. Ha- 
bía entra-do en el período agónico, y sólo daban 
señales de vida algunos estertores respiratorios 
que cesaban por momentos. Se extinguía así 
lentamente ese organismo, pocos días antes fuer- 
te, robusto, lleno de vida y de promesas. Un 
alma pura con candores de adolescente, pero 
ya todo un hombre pi eparado para la lucha con 
la palanca formidable de sus convicciones y de 
su carácter... todo un corazón noble y altivo. 

Eran las cinco y algunos minutos de la tarde 
cuando exhaló el último suspiro... 



V 



'«■/"^'^'-'í' 



XV 



Al día siguiente se impuso Delfina del triste 
desenlace. 

Para describir la desesperación de la infortu- 
nada criatura sería menester reunir todas las 
notas del dolor en una sublime estrofa que con- 
densara todo un poema de amor y de lágrimas. 
Sería menester escribir una página musical que 
pudiese llevar al alma el sentimiento más inten- 
so de la pasión y del sacrificio, o hacer surgir del 
mármol la inspiración genial del destino adver- 
so que troncha en sus albores esa alianza tan 
simpática de amor, de juventud, de belleza y 
de purísimos ideales. Todo lo demás llevaría el 
sello vulgar de las descripciones convenciona- 
les y románticas. 

La última esperanza, que en medio de tan- 
tas zozobras y angustias acariciaba aún, se cu- 
bría ahora con los crespones del dolor y abando- 



!j^íi»íii¿.lcaf'<fejííi:. ■{■■-(;.-' 



— 192 — 

naba para siempre el corazón apasionado de Del- 
fina. 

— i Cristian ! — exclamó con un gemido pro- 
longado, cuando sus ojos se fijaron como fasci- 
nados ante la nota fúnebre que traían los perió- 
dicos, y que a pesar de la evidencia su cora- 
zón aún se resistía a creer. 

Y en medio de tanta desesperación, sus labios 
pronunciaron la más elocuente oración de amor 
y de lágrimas, la más sentida plegaria de un al- 
ma creyente y desolada. Y trajo a su memoria 
el pasado feliz, perdido para siempre, y su exis- 
tencia solitaria tendría que replegarse ahora so- 
bre el único amparo que podría sostenerla : su 
pobre padre, anciano y torturado a su vez por la 
inmensa pena que afligía a su hija idolatrada, 
ante la cual tendría que hacer esfuerzos sobre- 
humanos para aparecer tranquilo y valiente. 

Y en ese instante supremo de desesperación 
y de dolor, tuvo impulsos irresistibles de huir, 
de tomar el tren, de presentarse de improviso 
en la quinta para reclamar el postrer derecho a 
que la impulsaba su alma apasionada : contem- 
plar por última vez a su querido muerto, derra- 
mar sobre él el bálsamo de sus lágrimas, cu- 
brir su cuerpo con todas sus flores predilectas, 
junto con los azahares de su corona nupcial en- 
vueltos en los crespones de su felicidad perdida ; 



— Í93 — 

pero sintió que sus fuerzas no la ayudaban ; el 
sufrimiento había agotado todas sus energías, y 
procuró encontrar en los consuelos de su fe cris- 
tiana un alivio a su inmenso duelo. Dirigió al 
cielo sus miradas, y su alma creyente pudo ver 
en el azul purísimo las promesas de -otra feli- 
cidad más duradera que aquella que acababa de 
perder,., fiat voluntas íwa... e inclinó su ca- 
beza ante el hecho irreparable y fatal. 



Después que pasaron algunos días, días inter- 
minables, en los que se renovaban todos los epi- 
sodios de su existencia como imágenes lejanas, 
y sobre las que el tiempo parecía haber acumu- 
lado una serie de años vividos en un instante, 
Delfina, abrumada siempre por el peso de su 
desgracia, trató de reunir todas las fuerzas que 
podía prestarle su espíritu atribulado y se pre- 
sentó a su padre, ya con aspecto tranquilo y co- 
mo dispuesta a afrontar con coraje su nueva si- 
tuación. El pobre viejecito, alentado por ese 
cambio, tomó de nuevo el hilo de sus tareas, y 
sus discípulos, como bandadas de pájaros ale- 
gres, invadieron de nuevo su modesta vivienda. 

Empezaba así para la desventurada criatura 

BELFIKA. — ^13 



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— 194 — 

tina nueva tarea de abnegación y de amor filial. 
Su padre reclamaba ahora todos sus afectos, to- 
! das sus ternuras, todos sus desvelos, a fin de que 

los últimos años de su vida pudieran deslizar- 
se tranquilos en la placidez del hogar. Era un 
esfuerzo sublime que se imponía diariamente, 
y con el cual atenuaba sus propias amarguras. 

Con la muerte en el corazón y la sonrisa en 
los labios, engañaba piadosamente al autor de 
sus días, que contemplaba con íntima y jubilo- 
sa complacencia la calma apacible y consolado- 
ra que aparentaba Delfina. 

— ¡ Si supiera cuánto sufro y cómo me siento 
morir en este vacío inmenso en que ha quedado 
mi alma!... ¡ Ah, pobre viejecito! — agregaba 
después de una pausa — ; vive engañado, pero 
vive ; mis alegrías son como los últimos parpa- 
deos de un cirio próximo a extinguirse ; pero 
ellas te dan la ilusión de la luz ; sea, cúmpla- 
se mi destino hasta que mis fuerzas me den 
aliento para sufrir ! El trabajo me ayudará a 
soportar esta situación; — ^exclamó Delfina. 

Y desde ese momento pensó en reanudar a su 
vez sus tareas de maestra, en las que, segura- 
mente, encontraría la reacción saludable que 
tanto anhelaba. 

Así, con toda la apariencia de una persona re- 
signada y tranquila, trataba de ocultar sus lá- 



— 195 — 

grimas, sus días tristes y sus noches de insom- 
nio. Había hecho de sus recuerdos como el cul- 
to de una nueva religión, pues le era imposi- 
ble olvidar sus horas feüces, las tardes placen- 
teras que pasara al lado de Cristian en la casi- 
ta rústica de Pedro, en el banco de la avenida 
de los plátanos al borde de la pileta de la no- 
ria, mientras EmiHto se entretenía en hacer 
navegad: entre palmoteos y alegrías estrepito- 
sas sus barquichuelos de cuerda. 

Todos los dulces recuerdos de esas horas inol- 
vidables acudían a su memoria, envueltos ahora 
en la fúnebre mortaja como larvas brillantes ex- 
tinguidas al nacer. 

Y la figura arrogante de Cristian, sonriente y 
enamorado, se presentaba en sus sueños como 
una visión alentadora de sus esfuerzos y de su 
sacrificio. Delfina interpretaba esos sueños como 
un mandato, como una tregua, hasta que llegar^ 
se para eUa la hora suprema de reunirse a esa 
querida visión. 

En su alma juvenil y apasionada, el tiempo no 
tenía límites. Su existencia estaba subordinada 
a sus pasadas impresiones y a sus recuerdos, vi- 
vir poco o mucho le era igual, habían muerto los 
atractivos que le hubieran hecho grata y feliz 
esa existencia. Ahora, las tareas del magisterio;, 
las atenciones que prestaba a su padre, las ocu- 



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í'-'"' -^ 



— 196 — 

paciones domésticas y las distracciones con que 
el anciano trataba de hacerle olvidar esa situa- 
sión, todo ese conjunto de circunstancias in- 
fluía poderosamente en su espíritu para hacer 
menos tristes y monótonas las horas de descan- 
so, de soledad y aislamiento en que vivía. Des- 
pués buscaría en la paz y en la quietud de un 
claustro el último refugio a su vida desgraciada. 

Su espíritu atribulado le reclamaba esa quie- 
tud, el silencio, el alejamiento del roce continuo 
con las gentes ; sentía ima suprema necesidad 
de vivir para ella misma, dentro de sus pensa- 
mientos íntimos, en sus dolores inextinguibles, 
de los recuerdos que guardaba en su memoria 
como ñores secas, sin vida, sin perfume. 

¡ Cuánto hubiera dado por poder substraer- 
se al medio en que hasta entonces había vivido 
tranquila, confiada, eon el cerebro impregnado 
de esperanzas, de doradas ilusiones, de felicida- 
des infinitas ! 

Empezar una nueva existencia poniendo en- 
tre el pasado y el porvenir barreras infranquea- 
bles ; un abismo si fuese posible para no escu- 
char jamás eco alguno que pudiese recordarle 
las personas que habían contribuido con sus 
crueldades a hacer más dolorosa su inmensa des- 
dicha. 

Dominada por estos sentimientos, contempla- 



— 197 — 

ba al través de su intenso dolor la visión seduc- 
tora de esta nueva existencia entre las bóvedas 
silenciosas del claustro. Alejada del mundo no 
alcanzarían hasta ella ni los ecos de la vida agi- 
tada y turbulenta ; los altos y carcomidos muros 
macizos y resistentes como defensas inexpug- 
nables, interceptarían todas las palpitaciones 
mundanas, y el tiempo se encargaría poco a po- 
co de amoldar su espíritu a ese ambiente donde 
su existencia transcurría tranquila, monótona 
y sin otra aspiración que la de merecer como 
una gracia divina la paz y la resignación que tan- 
to anhelaba. 

Pero ella, para quien la actividad, el trabajo 
y el movimiento constituían una necesidad su- 
prema, ¿podría habituarse a la disciplina monó- 
tona y siempre igual, a la obediencia absoluta, 
a renunciar a todas las actividades de su cere- 
bro alimentado durante tantos años con el ejer- 
cicio sano y fecundo del estudio sin que llegara 
un momento en que experimentase la decaden- 
cia de esas facultades que había cultivado con 
tanto estmero? 

Forzosamente su cerebro tendría que sufrir 
la acción del medio y la influencia de una vida 
vegetativa que la conduciría poco a poco a la 
atrofia de sus células superiores, y entonces, 
¿qué quedaría de ella?... los despojos de su 



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— 198 — 

personalidEid transformada en un ente movido 
por el automatismo inconsciente al servicio de 
una misión infecunda por lo mismo que no era 
sentida. Así, pensó un instante en que esa pers- 
pectiva de sepultarse en aquel inmenso panteón 
al lado de otros seres para quienes esa existencia 
constituía tal vez una suprema dicha, producía 
en su ánimo una invencible impresión de terror. 

¿ Acaso en las soledades misteriosas del claus- 
tro, entregada a las prácticas religiosas más aus- 
teras, podría extinguir ese amor que aun sentía 
por la memoria de Cristian? Ese sentimiento 
innato en la criatura humana, ¿no sería más po- 
deroso y más arraigado en todo su ser que la 
adoración mística de los ideales divinos 

¿Sería su voluntad suficientemente poderosa 
para subyugar a estas prácticas los recuerdos 
palpitantes de una pasión que aun dominaba to- 
dos sus actos y se imponía a sus resoluciones? 
¿Y no cometería una verdadera profanación 
dentro del sagrado recinto al llevar adheridos a 
ella como su propia sombra esos mismos recuer- 
dos, esas impresiones mundanas de las cuales 
aun podía substraerse y que eran repudiadas por 
la consagración absoluta con que debía entre- 
garse a las prácticas religiosas? ¿Cómo olvidar? 
¿Cómo decirle al corazón : «Deja de latir» y al 
cerebro : «Deja de pensar» ? 



— 199 — 

En ellos estaba incrustada la memoria de Cris- 
tian, y muchas veces su arrogante figura, de la 
que su retina estaba impregnada, se presenta- 
ba ante sus ojos para sonreMe ; otras, para dar- 
le el postrer adiós desde su lecho de moribundo. 

Todas estas dudas e impresiones asaltaban su 
espíritu levantando en él sombras pavorosas, 
cuál si temiera que al pronunciar sus votos de 
desaparecer para el mundo moriría en el per- 
jurio. 

Es que Delfina se olvidaba de sus veinte años 
y no se daba cuenta de que la exuberancia de vi- 
da y de juventud clamaba por la independencia 
y la libertad de que no disfrutaría jamás den- 
tro del claustro, y no pocas veces, al pensar en 
ese recinto de quietud y de silencio, sentía he- 
larse todo su cuerpo cual si su vida estuviera pró- 
xima a extinguirse. 

En ese ambiente impregnado de olor a hu- 
medad y a casa abandonada, con ráfagas de aire 
saturado con el perfume del incienso y el humo 
de las pavesas próximas a apagarse, formando 
así una atmósfera que parecía constituida con 
aire viejo respirado por mucha gente y devuel- 
to como un vaho acre que irrita la garganta, en 
una tarde gris con filtraciones de luz difusa que 
parecía haber dejado su brillo adherido a los vi- 
drios ennegrecidos de los altos ventanales. Del- 



, j.r-v j^'- • 



— 200 — 

fina recorría con su imaginación el desolado 
claustro y pensaba para sí : 

— Pero esa vivienda es un sitio de penitencia, 
de abnegación, de supresión de cuanto puede 
vincularnos a la existencia... ¿Y la celda? — se 
preguntaba después — . ¡ Tan desolada y fría 
como el claustro, tan solitaria y sombría como 
una tumba ! 

Con estas reflexiones no se atrevía a to- 
mar una resolución. Tal vez consultando a un 
eclesiástico podría tener una ayuda y un con- 
sejo al exponerle sus dudas, sus vacilaciones, 
sus temores de que un buen día su fe cristiana 
no fuese un apoyo suficiente para mantenerla 
firme y satisfecha en sus propósitos. Era dema- 
siado joven para proceder por su propio cálcu- 
lo, bajo el dominio de impresiones tan recien- 
tes y dolorosas, que el tiempo se encargaría tal 
vez de modificar. Era humano y sensato pensar 
así, sin precipitarse por una pendiente que po- 
dría conducirla a la felicidad como a la deses- 
peración, si, después de pronunciados sus vo- 
tos, surgiesen en su alma el deseo y la necesidad 
de vivir una existencia más en armonía con su 
edad, con sus hábitos de independencia y de 
trabajo. 

Por otra parte, hasta que viviera su padre, ja- 
más pensaría en abandonarlo. Eran dos seres do- 



— 2Q1 — 

lientes que se debían mutuo apoyo, y Delfina 
no se hubiera atrevido a comunicar al anciano 
una resolución de tanta trascendencia, por la 
seguridad de que ella importaría un golpe fu- 
nesto para el autor de sus días, 

— ¡Dios mío, consérvalo a mi lado muchos 
años !-^había exclamado Delfina — . Sea él, po- 
bre viejecito, con su cariño y con el consuelo 
de verle vivir, el mejor bálsamo para cicatrizar 
la profunda herida de mi alma. Después, si un 
día llego a encontrarme sola, entonces será el 
momento oportuno para resolver. Entretanto — 
y Delfina se postró ante la imagen venerada de 
su Virgen protectora — , j recibe, madre santa, 
consuelo de los afligidos, todos mis votos por 
consagrarme a ti en la hora suprema de mi des- 
amparo! 

Y después de una breve oración hizo la se- 
ñal de la cruz y se levantó como alivieida de la 
contrariedad que le producía el conflicto que se 
había adueñado de su espíritu ante la idea de 
abandonar el mundo. 

Cual si la breve oración en que había ofreci- 
do sus votos a la Virgen, en la consagración in- 
genua de su alma sencilla y sin más experiencia 
del mundo que aquella que podía tener una ni- 
ña de su edad, virtuosa y abnegada, suscitase 
en su ánimo otras preocíipaciones, quedó un lar- 



1 



— 202 — 

go rato pensativa y como concentrada en una 
idea fíja. Extendió después sus brazos hacia la 
sagrada imagen, juntó sus manos en actitud de 
plegaria y, como una persona que encuentra de 
pronto la solución anhelada después de mucho* 
cálculos y cavilaciones, exclamó casi con ale- 
gría : 

— j La hermana Josefa !... i Ah ! bendita seas 
en la región de la luz, donde descansas, alma se- 
lecta y santa ! ¡ Tú serás mi amparo, y en la imi- 
tación de tu vida consagrada por completo a la 
caridad, al aijQor del prójimo, al alivio de los do- 
lores, al servicio de los humildes, de los deshe- 
redados, pondré todas mis fuerzas, todos mis 
desvelos, toda mi juventud, toda mi fe cristiana ! 

La Hermana Josefa, a la cual se refería Del- 
fina en su jubilosa exclamación, había sido, en 
efecto, una santa mujer consagrada a la cari- 
dad bajo la nivea toca de las Hijas de San Vi- 
cente de Paúl. Habíala conocido desde muy ni- 
ña, frecuentando la escuela en la cual era maes- 
tra de labores, y desde esa época había queda- 
do grabada en su espíritu la noble y sencilla 
figura de la bondadosa Hermana. Más adelan- 
te, había podido apreciar las inagotables mani- 
festaciones de caridad con que se consagrara al 
alivio de los menesterosos ; así, su silueta sim- 
pática se le presentaba a cada instante, pues 



f ' '. 



— 203 — 

no pasaba semana que no la encontrara en la ca- 
lle llevando humildemente una espuerta reple- 
ta para repartirla entre sus pobres, entre los ni- 
ños enfermos, entre las madres desgraciadas. 

Varios años había seguido en esa piadosa ta- 
rea a la noble mujer, haciendo el bien sin esa 
ostentosa repercusión que amengua el mérito de 
la buena acción. En los últimos, ya achacosa, 
encorvada, con el semblante del color de los ci- 
rios, encuadrados en las blancuras resplande- 
cientes como nimbos de las severas tocas que le 
daban el aspecto de una persona venerable, sur- 
cado todo él por Kneas que parecían trazar las 
huellas de otras tantas amarguras, la Hermana 
Josefa, a pesar de su traje sencillo y burdo, pro- 
pio de la Orden, de su actitud siempre humilde, 
de la despreocupación con que caminaba por las 
aceras, sin que al parecer nada Uamara su aten- 
ción, no podía ocultar su origen aristocrático y 
del cual la traicionaban los rasgos de su fisono- 
mía, la belleza de sus manos y un aire de dis- 
tinción difundido en toda su persona, que por 
fuerza, debajo de sus modestos hábitos, hacía 
surgir a la gran dama que cambiara los blasones 
de su casa por el título anónimo de sor Josefa. 

— i Ah ! nunca podré alcanzar a merecer la 
gracia que agentó a esta débil criatura en el ca- 



— 204 — 

mino del bien ; pero ella será mi norte,' y su pia- 
dosa existencia me servirá de noble ejemplo. 

Y cual si en esos momentos un aliento miste- 
rioso de consuelo hubiese descendido desde lo 
alto, Delfina se sintió satisfecha y casi feliz con 
haber encontrado para su porvenir una solución 
a la que ajustaría su vida una vez que el destino 
la dejara sola en el mundo. 

— ¡ Hermana de la caridad ! — exclamó des- 
pués de un breve intervalo de silencio — . ¡ Ah ! 
¡ qué sacrificios no haría porque viviese aún 
esa noble sor Josefa, a la que en el instante 
habría transmitido sus deseos y sus votos y ha- 
bría podido escuchar de sus labios el relato de 
tantas obras buenas y benéficas, y, sin embar- 
go, completamente ignoradas ! 

En un momento le vino a la memoria el re- 
cuerdo de una mañana de invierno, fría, lluvio- 
sa, en la que había encontrado a la valiente 
Hermana refugiada en el quicio de una puerta, 
sosteniendo apenas el paraguas, que parecían 
querer arrebatarle las rachas de viento helado. 
La lluvia la había sorprendido en su visita ma- 
tinal a los pobres, y no pudiendo proseguir su 
camino, se había refugiado allí a la espera de 
una tregua. 

Delfina, a su vez, se encaminaba al desempe- 
ño de sus tareas de maestra. 



— 205 — 

Aquel momento inesperado había sido para 
ambas un motivo de alegría y de gratas expan- 
siones. Delfina procuró proteger a la herma- 
na contra la acción de la lluvia, aunque el cari- 
ñoso auxilio llegaba tarde, pues la pobre religio- 
sa tenía las ropas pegadas al cuerpo, tal era la 
cantidad de agua que habíaai absorbido. En 
cambio, le procuró un verdadero alivio soste- 
niendo el paraguas, pues sus fuerzas se habían 
agotado y estaba próxima a cerrarlo. 

Cuando la Uuvia les permitió tomar a cada 
una su rumbo, la hermana no pudo impedir 
que Delfina besara cariñosamente su úiano, en 
tanto que la buena «sor» le decía sonriendo 
amablemente : «Hija mía, aunque vamos por 
distintos caminos, tenemos la misma misión : 
yo, llevo a mis pobres el pan para el cuerpo, y 
tú, el alimento para el espíritu ; la tuya es más 
escabrosa y con menor recompensa ; yo, sirvo a 
Dios ; tú, a la sociedad ; pero, nuestras tareas 
convergen en un punto : ambas hacemos el 
bien ; eso es suficiente ; es una gran recom- 
pensa.» 

j Oh bienaventurada ! ¡ Cuánto habrás su- 
frido tú también antes de renunciar a los ha- 
lagos de la familia, de la fortuna, de la encum- 
brada posición social, para abrir tu corazón al 
menesteroso, al desheredado, a todos aquellos 



'4 



— 206 — 

que tienen hambre y sed de justicia, de pan, de 
aire y de luz, de que haya un ángel en la tierra 
en forma de mujer abnegada y pía, que se in- 
terese por sus miserias, por sus desdichas, por 
sus lágrimas ! 

Y has cumphdo noblemente tu misión, des- 
conocida, anónima hasta tu postrer aliento, le- 
jos de la patria adorada, del hogar y de todo 
aquello que más has podido amar en la tierra. 

Parodiando al poeta, podríamos decir : ¿ qué 
ha quedado de ti, de tu memoria, de los actos 
sublimes que has realizado? No se ha escrito 
una página que consagre y perpetúe el recuerdo 
de tu bella existencia ; no se encuentra una 
cruz que señale el sitio donde yacen tus sagra- 
dos despojos, para cubrirlos de flores, para do- 
blar ante ella la rodilla, inclinar la cabeza reve- 
rente y dedicarte la ofrenda de una plegaria. 

Pasaste como una estela luminosa, llevando 
a todas partes el consuelo de tu acción y de tu 
palabra inspiraxia, y un día el ángel del dolor te 
cubrió con sus alas y sus mantos de nubes, pa- 
ra llevarte a la región eterna de los elegidos. 

¡ Bienaventurada seas, noble y santa ! 



XVI 



Un año había transcurrido desde la muerte 
de Cristian, y aunque en el corazón y en el pen- 
samiento de Delfina se mantenían vivos los re- 
cuerdos de su pasada felicidad, ya no protes- 
taba del destino, ni tenía palabras de amargo re- 
proche para la señora de Moran y para Julia. 
Ellas también habían muerto en sus recuerdos, 
y su alma generosa y buena, incapaz de conser- 
var el veneno del rencor y del odio, había pues- 
to en sus labios palabras de indulgencia y de 
perdón. 

— También sufrirá Eleonora, quería mucho a 
su hijo, pero su egoísmo fué más fuerte que su 
cariño y el extravío de su conducta será para 
ella un eterno remordimiento. Dios la perdo- 
ne — agregó Delfina — y le dé energías y consue- 
los para sobrellevar su desgracia con cristiana re- 
«gnadón... En cuanto a Julia — exclamaba, des- 



— 208 — 

pues — , es una criatura sin corazón. No conoce 
la vida sino los halagos placenteros. Mucho da- 
ño me ha hecho, pero también la perdono, y 
sólo deseo, como castigo de su conducta injusta 
y cruel, que tenga un minuto de arrepenti- 
miento. 

Desahogando así su corazón, Delfina se sen- 
tía como aüviada y podía concentrar todos sus 
sentimientos en el recuerdo piadoso que consa- 
graba a la memoria de Cristian. 

Su existencia no tenía ya más halagos que el 
cariño de su anciano padre, y los cuidados amo- 
rosos que le prodigaban sus veinte años ha- 
bían desaparecido como un iris fugaz y sólo as- 
piraba a tener energía para cumplir los sagra- 
dos deberes que se había impuesto. 

Ajustada su vida a estos nobles propósitos, ha- 
bía encontrado la calma para su espíritu, y es- 
pecialmente las distracciones del trabajo dia- 
rio y metódico contribuían no poco a aumentar 
la conformidad con que sobrellevaba su des- 
gracia. 

Ella se consideraba otra, cual si su propia per- 
sona hubiese sufrido un desdoblamiento : la Del- 
fina de los días felices, de las alegrías infanti- 
les, de las promesas color de rosa, la prometi- 
da de Cristian, adorada y enaltecida hasta el es- 
trado de una reina, había muerto el mismo día 



que falleciera su prometido. Aquélla era la gra- 
ta ilusión de una existencia feliz que se desliza- 
ba con las sonoridades melodiosas del ritmo que 
marcaba las horas de su inmensa dicha. Esa ha- 
bía desaparecido como desaparecen en el hori- 
zonte los rayos de luz crepusculares después de 
haber deslumhrado la mirada con las variadas 
combinaciones de sus colores. La de ahora era 
^na pobre mujer, una maestra humilde y labo- 
riosa, que ganaba su pan como otras muchas 
prestando su contingente anónimo en la noble 
y patriótica tarea de enseñar. 

Pero el destino que había sido tan cruel para 
Delfina, debía depararle una qompensación ines- 
perada, ya que no podía devolverle todo el bien 
que había perdido. 

Una mañana, en momentos en que se dis- 
ponía a salir para acudir al desempeño de sus 
tareas, sonó bruscamente el timbre de la calle, 
y un sirviente, a quien ella creyó reconocer, le 
entregó c<m aire ceremonioso y cumplido una 
carta con sobre de luto : «De parte de la seño- 
ra Eleonora de Moran» dijo, y haciendo una in- 
clinación de cabeza desapareció. 

Delfina, pálida y temblorosa, no atinaba a 
dar un paso, miraba aquella carta con la^rpre- 
sa y ei estupor con que podría mirarse a^un fan- 
tasma que 86 presentara de improviso para po- 

DBUIKA. — ^14 



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— 210 — 

ner a prueba nuestra serenidad, y. repetía men- 
talmente el mensaje que acababa de recibir, cual 
si despertara de un ^ueño. 

— No — gritó de pronto en un arranque de 
exaltación involuntaria — , no debo abrirla — 
agregó, mirando el sobre donde estaba escrito 
su nombre con caracteres bien inteligibles — . La 
señora de Moran ha muerto — exclamó des- 
pués — ; una querida tumba nos separa. ¿Qué 
quiere ella de mí ? 

En ese momento se presentó su padre, que 
volvía de dar una lección de piano, y ^ ver a 
Delfina en medio del patio, en una actitud de 
meditación y a una hora en que no era habi- 
tual en ella el permanecer en casa, tuvo inme- 
diatamente el presentimiento de que algo de 
anormal había acontecido. 

— ¿Qué te pasa, Delfina, hija mía? — dijo el 
anciano, mientras acariciaba sus mejillas con 
golpecitos suaves — . Dime, ¿qué te pasa? — ^re- 
pitió, viendo que Delfina permanecía encerra- 
da en un profundo mutismo — . ¿Y esa carta? — 
exclamó después observando la que Delfina aca- 
baba de recibir. 

— Esta carta — exclamó Delfina c<m voz emo- 
cionada — es de la señora Eleonora de Moran. 

— ^¿D© la señora de Moran? — exclamó don 



Anselmo, abriendo los párpados y estirando su 
labio inferior en el colmo de la sorpresa. 

— Sí, de la señora de Moran ; pero yo no de- 
bo recibirla... la señora de Moran ha muerto 
para mí el mismo día que falleció Cristian,.. 
No — ^repitió de nuevo—, ¿Por qué viene a tur- 
bar con su recuerdo más que ingrato la paz que 
ahora disfrutamos? ¿Por qué viene a renovar 
mi dolor? 

— ^Hija mía — dijo el anciano con un tono que 
significaba una insinuación de calma y de ol- 
vido — , tú la has perdonado... — agregó después, 
en tauíto que miraba a Delfina como para esti- 
mular en ella una reacción que disipara la mala 
impresión del momento. 

Delfina permanecía silenciosa y pensativa... 
De pronto dijo con entonación tranquila y co- 
mo resignada : 

— ^Tienes razón, padre mío, la he perdonado y 
debo mantener ese sentimiento de olvido como 
un juramento solemne... Luego-^-agregó — debo 
pensar que es la madre de Cristian, y tal vez 
esa alma elegida de Dios la haya inspirado. . . 

— Dame la carta, yo la leeré — ^exclamó su pa- 
dre, y tomando la carta que le entregó Delfina 
sin la menor resistencia, la invitó a que pasa- 
ran a la sala para informarse de su contenido. 

La carta, que el viejecito leyó con voz fuerr 






— 212 — '■ 

te y con la más completa calma, estaba conce- 
bida en estos términos : 

•La Eleonora, mayo... de 19... — Se- 
ñorita Delfina : Un sentimiento profundo de 
dolor y de congoja me impulsa a dirigirle es- 
tas líneas. Es una madre desgraciada quien le 
escribe y que daría toda la existencia si con 
ella pudiese reparar el daño que sin quererlo ha 
hecho a usted y a su pobre hijo. 

íCristián ha muerto pronunciando su nom- 
bre ; sus últimas palabras y el último aÜento 
que ha salido de sus labios yertos han sido para 
usted...' Si yo pudiera decirle cuánto he sufri- 
do al escuchar esas ansias de mi hijo moribun- 
do, usted habría sido menos severa para juz- 
gar de mi actitud. 

»Hija mía: permítame que le dé este nom- 
bre, porque en el trance doloroso de la vida de 
mi hijo la he bendecido a usted desde el fon- 
do de mi alma como lo he bendecido a él cuan- 
do sus ojos se cerraron para siembre. 

«Venga a mi lado ; mis brazos la esperan pa- 
ra estrecharla contra mi corazón... Venga, Del- 
fina ; tantas veces la he deseado... ¡ tantas! 

«Venga, lloraremos juntas a ese noble mu- 
chacho que hemos perdido. Yo me he impues- 
to la misión de quererla, y siento que la quie- 



213 — 



ro, porque usted era digna de mi cariño, porque 
usted «ra digna del cariño de Cristian. 

» No he abandonado la quinta y no la abando- 
naré jamás. De esta casa, donde él ha sido tan 
feliz y tan desgraciado, haremos el santuario de 
nuestras plegarias y de nuestros recuerdos. 

. »Delfina : por la memoria sagrada de Cris- 
tian, haga usted ese sacrificio. 

»La abraza cariñosamente, Eleonora de Mo- 
ran.» 

Al terminar la lectura de la carta, gruesas lá- 
grimas corrían por las mejillas descarnadas del 
anciano, que no le permitieron ver desde el pri- 
mer momento el semblante de Delfina, que, pá- 
lida como una muerta, no profería una palabra, 
ni derramaba una lágrima. 

Ambos se miraban en silencio. Aquella carta 
no permitía comentarios. Era la voz de la con- 
ciencia y del dolor que implora. Era tan since- 
ra y tan sentida en la expresión de la verdad, 
que por fuerza se imponía al respeto y a la con- 
miseración de Delfina. 

Después de esa tregua de silencio, el señor 
Anselmo la interrogó con voz temblorosa por la 
profunda conmoción que lo embargaba : 

— ¿Qué harás ahora, hija mía? 

— Iré, padre mío : estoy vencida ; iré. 






'---^'■■x- 



— 214 



— Yo te acompañaré — exclamó el anciano, en* 
tregando a Delñna la carta con las más visibles 
muestras de satisfacción por la resolución de su 
hija. 

Delfina se dispuso a enviar en seguida la con- 
testación, en tanto que decía con acento de so- 
lemnidad y de amargura : 

— ¡ Ah, Julia ! ángel siniestro de aquella ca- 
sa : ¡cuántos daños has causado!... ¡Dios te 
perdone como te he perdonado yo ! 






XVII 



La entrevista de Delfina oon la señora de Mo- 
ran dio lugar a un episodio de dolor tan inten- 
so, tan sentido, tan sincero, que era capaz de 
conmever aun al más indiferente. 

Cuando la sirvienta de confianza abrió la puer- 
ta del salón para anunciar la presencia de Delfi- 
na, ésta vio avanzar desde el fondo, envuelto en 
la penumbra, algo como una sombra de mujer 
que se acercaba a ella con los brazos extendidos, 
sin proferir una palabra, y de pronto los arro- 
jó sobre su cuello para exclamar oon profunda 
emoción : 

— ^Delfina, hija mia... cuánto le agradezco 
su carta y su presencia en esta casa... Sea us- 
ted bien venida. 

Y besándola después repetidas veces en am- 
bas mejillas mientras sus ojos se cubrían de lá- 
grimas, exclamó : 

— ^¡ Pobre hijo mío !... j Ah ! j si usted supiera 



•iCít- 









Mi 



216 — 



qué desgraciada soy, cuánto he sufrido y cuánto 
sufro aún ! ¡ Ah ! ya no resisto más — agregó la 
desconsolada señora, y ee dejó ca^r en un sillón 
repitiendo entre sollozos y gemidos el nombre 
de su hijo. 

— Es menester tener resignación y conformi- 
dad — dijo Delfina profundamente conmovida an- 
te tanto dolor y sin encontrar más expresión de 
consuelo que esas palabras que repetía como po- 
dría haberlo hecho con una persona cualquiera. 

Después de un momento, la señora de Moran 
levantó sus ojos hacia ella, y envolviéndola en 
una mirada de ternura y de compasión, le dijo 
suspirando : 

— Usted, pobrecita, usted también ha llorado 
mucho... Cristian la quería tanto... 

Al oír estas palabras, Delfina se arrodilló de- 
lante de la señora, y tomando una de sus nianos 
la besó respetuosamente mientras le decía con 
acento emocionado : 

— Señora, mis ojos ya no tienen lágrimas, he 
agotado el sufrimiento hasta donde puede lle- 
gar una criatura desgraciada. . . ahora, rezo siem- 
pre por él y tengo fe en que mis oraciones au- 
mentarán la paz de su alma. Le pido a Dios que 
le dé descanso en la bienaventuranza, en el se- 
no de los buenos y de los justos, y a mí, todo 
el valor que necesito para cumplir con un voto. . . 






— ¿Un voto? — exclamó Eleonora interrum- 
piéndola. 

— Sí, señora, y lo hubiera yo cumplido si los 
deberes sagrados que tengo cerca de mi ancia- 
no padre no me lo impidieran.. 

La señora de Moran comprendió todo el pen- 
samiento de Delfina y tomándole cariñosamen- 
te las manos exclamó con acento maternal : 

— Delfina, yo le propongo un cambio ; le pi- 
do una tregua que de antemano debe conceder- 
me ; su padre y yo necesitamos de usted, no 
nos abandone, y cuando el destino cumpla su ley 
con nuestra existencia, usted cumplirá su pro- 
mesa y realizará su voto. 

Delfina no pudo contestar ; el pedido de Eleo- 
nora la impresionaba tanto y era tan tocante el 
Eicento con que pronunciara esas palabras, que 
sólo se limitó a mirar a la señora con sus gran- 
des ojos azules, y después de un prolongado si- 
lencio, se concretó a decir : 

— He pronunciado ya mis votos con un jura- 
mento solemne ante una imagen de la Vir- 
gen y ante la memoria de Cristian. - 

— ¡ Ah ! usted no me ha perdonado, Delfina — 
exclamó la señora de Moran con amargura. 

— Señora, una pobre mujer desdichada como 
yo no ha podido jamás molestar a usted con re- 
proches y prevenciones que he alejado de mi co- 






— 218 — 

razón tan pronto como supe la triste nueva d< 
la muerte de su hijo. 

— ^Yo quiero que usted se quede en esta casa 
— exclamó la señora de Moran — , yo le suplico 
que usted me acompañe, que usted reemplace 
en mi corazón y en mis días tristes el cariño 
que he perdido ; yo necesito también cumplir 
un voto, un voto también éagrado, porque es 
la voluntad de un moribundo. Es menester 
que yo la vea siempre, que tenga la ilu- 
sión del pasado, porque viéndola a usted, me 
siento cerca de Cristian, porque él la ha bus- 
cado en los supremos instantes de su exis- 
tencia... quería verla... tal vez tuviera que 
decirle muchas cosas que la muerte no le ha 
permitido. ] Ah, Delfina !-^agregó después, con 
exaltación creciente — . Si usted me abandona, 
no sobreviviré por mucho tiempo a mi pobre hi- 
jo ; cumpla usted a mi lado una obra piadosa, 
usted es buena y no rechazará esta súplica. . . 

— Señora, estoy verdaderamente confundida 
con sus palabras... Usted ordena, disponga us- 
ted de mí — exclamó Delfina revelando en su 
semblante una emoción extrema. 

— Gracias, gracáas, hija miÜEi — dijo Eleono- 
ra — ; no sabe usted cuánto bien me hacen sus 
palabras... ¡ Oh, cuánto me lo agradecerá Cris- 
tian ! . . . Ya no tendré remordimientos. . . Yo no 



' 



hubiera podido vivir pensando en que involunta- 
riamente, sin meditar en el dolor que causaba a 
mi pobre hijo y a usted, la había alejado de su la- 
do, y que, con una crueldad que no está en mis 
sentimientos, no sólo no le permitía verlo, sino 
que, en el momento más penoso de su enferme- 
dad, y cuando su presencia hubiera sido para él 
un consuelo inmenso, la alejé de esta casa como 
a una extraña, como a ima mercenaria. . . j Oh 
Julia ! ¡ Cuánto daño has hecho ! — agregó la 
señora como hablando consigo misma. 

Mientras la señora de Moran se expresaba en 
esos términos, reveladores de los móviles de su 
conducta pasada, Delfina observaba el enorme 
cambio que se había verificado en su persona. 
Eleonora había envejecido en un año de una 
manera increíble. Los rasgos de su fisonomía, 
que le daban un sello característico de distin- 
ción y de belleza, se habían transformado en sur- 
cos profundos, como se observa en el semblan- 
te de las personas que sufren de una larga en- 
fermedad. Sus cabellos encanecidos y ahsados 
sobre las sienes aprisionados en una sencilla to- 
ca de Ghantilly, la hEicían aparecer de más edad 
de aquella que realmente tenía. Estaba dema- 
crada, páHda, ojerosa y un tanto encorvada, 
ella, que marchaba siempre erguida y con la 
frente levantada. Vestía aún de riguroso luto 



1 ' '* "--.Vr 



— 220 — 

teniendo como único adorno un medallón que 
caía sobreseí pecho, sostenido por una cadeni- 
lla de platino y en el cual se veía una artística 
miniatura con el retrato de Cristian,, de un pa-'-^' 
recido notable. 

— En esta triste soledad paso mis días — ex- 
clamó, mientras volvía a ocupar el sillón que ha- 
bía abandonado con la llegada de Delfina — . Us- 
ted será para mí un consuelo, usted será en 
adelante mi hija ; yo quiero darle este título 
porque así lo hubiese querido nuestro pobre 
Cristian, Aquí, confundiremos nuestras lágri- 
mas con nuestros recuerdos, rezaremos juntas, 
hablaremos de él ; usted me contará sus amo- 
res perdidos y yo me haré la ilusión de que lo 
esperamos, de que debe llegar, de que está con 
nosotros... ¡Pobre Cristian, pobre hijo mío !— 
exclamó después de un momento de silencio y 
prorrumpió en una nueva explosión de llanto 
tan intensa, tan dolorida, que Delfina no pudo 
menos de emocionarse profundamente, sin en- 
contrar ahora palabras que pudieran servir de 
alivio a la desconsolada m'adre— . Hija mía 
— agregó después de un momento, mientras 
secaba sus ojos — . Usted está en su casa, usted 
será la que gobierne y dirija todo, pues yo no 
tengo ya ánimo para ocuparme de esas cosas. 
Después que falleció Cristian, sólo una vez he 



■\>.%¡ i-»!f-3í-;;;<' Si- 5s-;; r--^';;:!ítíj«!W';í, z o :i<j' ' 



— 221 — . - 

salido al jardín. Vivo en este encierro y paso 
los días en la habitación en que perdí a mi hijo, 
que he transformado en oratorio. Ya verá usted, 
Delfina ; es una capilla del mejor gusto ; todos 
los domingos viene un sacerdote a celebrar la 
misa, que escucho rodeada de las personas de 
servicio, y Pedro, el yiejecito Pedro, que tanto 
quería a Cristian, ayuda la misa con unción 
tan grande, que ha concluido por impresionar- 
me. ¡ Pobre Pedro ! él también ha sentido esta 
gran pérdida ; no pocas veces lo he sorprendi- 
do llorando como un niño cuando recuerda todas 
las generosidades y benevolencias de su joveii 
patrón. 

» Todos los días lleva flores para adornar el al- 
tar, sin dejar una sola vez de colocar un ramo 
de claveles de Italia, madreselvas y diosmas al 
pie de la cruz del Señor.» 

El acto piadoso de Pedro hizo recordar a Del- 
fina los ramos de claveles elegidos con que obse- 
quiaba a Cristian cuando se reimían en el ban- 
co rústico de la avenida de los plátanos. Era un 
rasgo delicado del noble viejecito, una ofrenda 
que tenía para ella significación que por fuer- 
za debía ignorar Eleonora. ¡ Cuánto se lo agra- 
deció Delfina desde lo más íntimo de su corazón ! 



— 222 — 

— Usted no me ha preguntado por Julia — ex- 
clamó la señora de Moran — , y me lo explico : 
el recuerdo de esa criatura ha debido ser para 
usted muy penoso, ¿es verdad, Delfina? 

— Me es indiferente — replicó Delfina con una 
calma que agradó a Eleonora. 

— Es usted muy buena, Delfina... es menes- 
ter que la olvidemos y que seamos indulgentes 
con ella... No creo que pueda ser feliz — agregó 
después de una pausa. 

— ¿No es feliz? — exclamó Delfina ccmi airé 
de sorpresa. 
— ¿Usted no sabe que se ha casado? 
— Lo ignoraba por completo. 
— Sí ; Julia se ha casado. Ha realizado un 
matrimonio de conveniencia, pues no puedo 
creer que sintiera amor por el hombre que ha 
elegido. 

— Julia estaba enamorada de Cristian — excla- 
mó Delfina con toda naturalidad. 

— No ; se engaña, hija mía. Julia no es capaz 
de enamorarse, porque no es capaz de sentir to- 
da la fuerza de una pasión. Indudablemente, te- 
nía cariño por Cristian ; habían vivido juntos ; 
Cristian fué siempre muy bueno y obsequioso 
con ella, y era natural que se inclinara a él por 
una simpatía perfectamente explicable ; ade- 
más, ella era pobre, aníbiciosa, amiga dellujc 



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— 223 — 

y de la ostentación, y Cristian habría sido el me- 
jor partido para conquistar la posición social a 
que ella aspiraba, y por estas mismas razones, 
olvidándose de sus altiveces y de la posi- 
ción que ocupaba a mi lado, se : resolvió a acep- 
tar como marido al hijo de don Marcelino, aquel 
jovenzuelo ensimismado a quien el pobre Cris- 
tian había clasificado muy bien de parásito de Ta 
familia. 

Delñna guardó silencio, dominada por el am- 
biente de aquel salón, que traía a su memoria 
nuevos recuerdos y nuevas impresiones. Como 
una visión fugaz se presentó ante su, mirada ab- 
sorta aquella noche de fiesta, en que del brazo 
de Cristian lo había recorrido agasajada y feUz, 
embriagada con el perfume de las .flores, aturdi- 
da con los aplausos que habían merecido las no- 
tas que saüeran de su garganta en ese momen- 
to de inspiración de artista enamorada, confun- 
dida en esa reunión selecta por tantas demos- 
traciones de simpatía, y más que todo, por las 
palabras cariñosas y la actitud de Cristian. Aquel 
ensueño se había disipado y su recuerdo cons- 
tituía ahora una nota dolorosa. El salón se pre- 
sentaba frío, triste, como una habitación de 
casa abandonada. Ya no Be veían ñores en los 
artísticos jarrones, ni los colores del damasoo y 
el brillo de loS espejos con los reflejos de tan- 



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— 224 — 

tas luces que se reproducían al infinito por una 
hábil combinación de sus numerosas lunas. 

Los muebles, los cuadros, los objetos artísti- 
cos y los mismos espejos, cubiertos con fundas 
de tela a la cual el tiempo y el uso habían dado 
un color amarillento, parecían ellos también sen- 
sibles al dolor que se había adueñado de aquella 
casa. 

Sobre una consola, dos candelabros de plata 
antigua conservaban aún en sus brazos los tro- 
zos de bujía con las pavesas retorcidas como un 
recuerdo fúnebre del día que se velaron en ese 
mismo salón los despojos de Cristian. 

Delfina hacía vagar su mirada por todos los 
ámbitos, y en algunos momentos creía ver sur- 
gir de la penumbra visiones fantásticas con for^ 
mas caprichosas. De encontrarse sola en aque- 
lla vasta sala invadida poco a poco por las som- 
bras que avanzaban como tenues crespones al 
decUnar el día, hubiera experimentado la im- 
presión de la soledad y del abandono tan suge- 
rente para inspirar temores y sobresaltos, y hu- 
biera huido de aquel recinto en busca de luz, 
de aire, de vida y de movimiento, porque en 
aquel ambiente se respiraba el aire confinado 
de los antiguos claustros con ese olor caracterís- 
tico que producen el abandono, la ausencia de 
luz y la humedad que impregna las paredes. 



J 



' —225 — ' 

I 

La señora de Moran permanecía silenciosa 
como concentrada en un pensamiento fijo, y Del- 
fina no se atrevía a interrumpir esa quietud que 
se imponía a su espíritu, cual si ella adivinara 
las ideas que cruzaban en esos momentos por el 
cerebro de la señora. Había en ese silencio, en 
esa tranquilidad aparente, algo de solemne, de 
místico, de profundamente doloroso que inspi- 
raba respeto, y que penetraba el alma de Delfi- 
na, abrumada también por sus propios recuer- 
dos. 

Los retratos de familia con la expresión se- 
vera y adusta de sus fisonomías inmóviles, pa- 
recían contribuir a aumentar la nota de triste- 
za y de desolación que dominaba en aquella 
sala. ' 



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Era a fines de mayo cuando Delfina, acompa- 
ñada de su padre, se instaló defínitiyamente en 
la quinta. , 

lia señora de Moran le había exigido que su 
padre viviera también con ellos ; por otra par- 
te, no era posible que Delñna le abandonara, 
especialmente durante el invierno que se anun- 
ciaba ese año con rigideces de temperatura muy 
poco amables para una persona de la edad del 
viejecito. 

Además, estando solo en la ciudad, no re- 
nunciaría a continuar sus tareas de maestro de 
piano y de violoncelo, algunas de las cuales te- 
nía que desempeñarlas en el domicilio de "Sus 
discípulos. j 

Delfina había aceptado sin resistencia la nue- 
va posición que le creara Eleonora, como un ho- 
menaje a la memoria de Cristian. No dudaba, 






, . — 228 — ■' :'í-'-£V;,:=/ •■- ;:;. 

por otra parte, de que la señora procedía con la 
más profunda sinceridad, y que las revelacio- 
nes de su hijo pocas horas antes de morir ha- 
bían producido en su espíritu el cambio de ideas 
y de conducta tan opuesta a la que siempre ha- 
bía observado para con ella. 

El empeño que desplegaba ahora para per- 
suadirla de que sentía por ella todo el cariño y 
toda la admiración que puede sentir una madre 
dolorida por mía actitud tan abnegada, había 
convencido a Delfina de que no encontraría mo- 
tivo para arrepentirse al vincular su existencia 
a la de Eleonora, desde que, por otra parte, sus 
sentimientos, sus recuerdos piadosos, sus ora- 
ciones y sus mismas lágrimas iban dirigidos a 
la memoria de un ser que ambas habían idola- 
trado en la medida de sus afecciones recípro- 
cas. Pero en el espíritu delicado de Delfina se 
suscitaba de nuevo un punto obscuro que pertur- 
baba un tanto su tranquilidad. Ella era pobre, 
no había contado con más recursos que aque- 
llos que le proporcionaron sus tareas de maes- 
tra, y no era posible que aceptara sin restriccio- 
nes, tanta generosidad, tantos beneficios para 
ella y su anciano padre, sin que su amor propio 
se sintiera herido. Y este hecho constitiiía para 
ella una continua preocupación y un problema. 



— 229 — 



que aun, a pesar de sus continuas cavilaciones, 
no había podido resolver. 



Una mañana, más temprano que de costum- 
bre, abandonó la casa^para visitar los sitios don- 
de habían transcurrido las horas más felices de 
su vida. 

Era la mañana de uno de esos días grises que 
predisponen el ánimo a las ideas tristes. El 
ambiente estaba saturado con los vapores hú- 
medos que parecían exhalarse de la tierra y de 
las plantas.- Los árboles empezaban a despojar- 
se* de sus hojas que haJbían perdido ya su color 
verde brillante, y muchas dé ellas habían to- 
mado él aspecto de las láminas de hierro oxida- 
do ; otras parecían retazos de tela desprendidos 
de un traje de arlequín, mitad rojas y mitad 
amarillentas ; todo el aspecto del jardín con las 
plantas descoloridas, sin su brillo y sin las flo- 
res con que la Naturaleza se engalana bajo los 
rayos tibios del sol de primavera, era también 
triste. Parece que en ciertos momentos, las co- 
sas materiales tuvieran una sensibilidad espe- 
cial para sentir y armonizar así con el estado de 
nuestro ánimo. 

Delfína avanzaba lentamente, deteniéndose 



.j^W^_-,r^. 



— 2» — 



;• „!< ■ 



de tiempo en tiempo para contemplar una plan- 
ta^ para desprender una flor, para traer a su me- 
moria un recuerdo de los tantos que guardaban 
esos lugares queridos. 

Dominada por sus pensamientos íntimos, se 
forjaba ahora la ilusión de que Cristian no había 
muerto, de que estaba próximo a ella y de que 
la esperaba como en otros tiempos alegre y Bon- 
riente en el banco rústico de ía ayenida de los 
plátanos. 

Al doblar ima calle se encontró de pronto con 
los grandes rosales, e involuntariamente se es- 
tremeció ; el recuerdo de Julia y sus vaticinios 
funestos sobre esas plantas se presentaba vivo 
a BU memoria, y sin saber por qué, leí pareció 
que estaban mustias y tristes como flores dolo- 
ridas. 

Era que el jardín estaba un tanto descuidar 
do, no se veían ya las huellas de la mano inteli- 
gente y cuidadosa de Pedro. Así, todo respiraba 
tristeza y olvido, y en no pocas calles habían in- 
vadido los yuyales para aumentar aún más la 
expresión de soledad y de abandono que reina- 
ba por todas partes. -,: í 

Cuando Delfína llegó a la entrada de la ave- 
nida de los plátanos, sintió que su corazón se 
oprimía y que tenía necesidad d^ hacer inspira- 
ciones profundas, pues le parecía que faltaba 






,,vv.. ;. ': ;.. —231.— 

aire a sus pulmones. Se detuvo un momento pa- 
ra recostarse en el tronco añoso de uno de los 
gruesos árboles, indecisa si debía avanzar o ale- 
jarse de aquel sitio. Pero sus recuerdos la 
atraían como un llamado misterioso hacia aquel 
banco rústico donde lodas las tardes esperaba a 
Cristian, y donde por primera vez había oído de 
sus labios enamorados tantas y tan dulces pro- 
mesas. Después de un último instante de vaci- 
lación, se encaminó hacia él. A poca distancia, 
antee de llegar, una bandada de gorriones asus- 
tados alzó el vuelo para refugiarse en las co- 
pas de los plátanos, y cuando contempló de cer- 
ca el. asiento rústico, cerró sus ojos instintiva- 
mente para fijar después con más seguridad la 
visión que tenía por delante : todo el asiento, 
como la losa de un sepulcro, estaba cubierto de 
claveles, de madreselvas y diosmas, secos y mar- 
chitos por la acción del tiempo. 

— ¿Es ilusión mía— exclamó Delfina, restre- 
gándose nervic^amente los ojos con ambas ma- 
nos—o es una realidad que debo creer y palpar 
para convencerme? i Ah ! ésta es obra de Pe- 
dro — dijo Ddfina presa de una intensa emo- 
ción—. Debajo de tu, corteza burda oorQo la de 
estos plátanos se oculta un alma delicada, ca- 
paz de sentir en una forma exquisita estos re- 
finamientos de piadosa devoción. Eres tú segu> 



niíts-. 






m 



■—232— ■:,■-■>-:::, 



ramente quien ha tratado de conservar este re- 
cuerdo y has traído la ofrenda de sus flores per- 
fumadas y predilectas para adornan este sitio 
de nuestros amores perdidos y de tanta dicha 
pasada. 

Delfina cayó dé rodillas ante ese banco que re- 
presentaba para sus recuerdos algo como el altar 
donde se consagró la unión de sus dos almas. 
Oró largo rato, y después de besar las flores, 
que en efecto había colocado Pedro, huyó de ese 
sitio con el alma desolada... 



Al encontrarse esa mañana con la sefiora 
Eleonora, tuvo una inspiración súbita, una idea 
que de pronto había germinado en su cerebro 
y que se le presentaba rodeada de proyecciones 
simpáticas. Así, después de saludarla con la ex- 
presión afectuosa de costumbre, le dijo con as- 
pecto risueño : 

— Señora : tengo que transmitirle una idea 
que, si merece su ajprobación, constituirá para 
mí un motivo más de gratitud hacia usted, y pa- 
ra usted, seguramente, una satisfacción que po- 
drá compensar en parte sus horas de soledad y 
de tristeza. i 



j 






;^.-->:: .;■ ;■ v." -233- -y--,; ■-.,:/ , ; 

— ¿De qué se trata, hija mía? — exclamó la 
señora un tanto sorprendida. 

— Se trata de fundar una escuela para los ni- 
ños pobres... . ' 

— ¿Aquí en la quinta? 

— Aquí mismo, señora... 

— 'i Delfina ! — exclamó la señora con jubilosa 
entonación — . Usted es- un ángel ; es una idea 
brillante, luminosa, que pondremos en ejecu- 
ción inmediatamente. 

— ^De modo que... 

Eleonora la interrumpió para abrazarla efu- 
sivamente. 

'—Hija mía, si es en lo que yo había pensado 
más de una vez... No precisamente en una es- 
cuela, sino en alguna institución de caridad a la 
memoria de Cristian, y que llevara su nombre... 
Ahora, la idea de usted concreta mis pensa- 
mientos y nada encuentro que realice con más 
ventaja esa aspiración mía. Desde hoy mismo 
discutiremos el punto en todos sus detalles, con 
la intervención del señor Anselmo, y mañana 
manos a la obra — exclamó Eleonora transñgura- 
da por ia satisfacción del bien que iba a reali- 
zar y de haber encontrado por ñn la manera de 
darle fprnia. 

— ¡ Cuánto le agradezco, señora, que usted ha- 
ya aceptado esta idea con tanta decisión, y cuan- 






tos beneficios procurará usted a esas pobres 
criaturas desheredadas injustamente de la insr 
trucción y de las enseñanzas de que tanto ne- 
cesitan ! 

— ¿Y usted será la directora? ¿Usted sola po- 
drá atender tantas tareas?... ¡ Oh, yo la ayuda- 
ré, Delfina!... ¡Y qué grato me será emplear 
mi tiempo en bien de esos pobres niños !... 

Al oír los propósitos de Eleonora, Delfina son- 
rió con una expresión de ternura tan marcada, 
que no pasó inadvertida para Eleonora. 

— ^¡ Ah, Delfina ! | si usted leyera dentro de 
mi cerebro, ya vería cómo se han modificado 
mis sentimientos y mis ideas ; cómo miro y con- 
sidero ahora los hechos y las personas de ima ma- 
nera tan diversa de otros tiempos !... ] Ah ! { a 
usted le debo esta transformación!... En fin, 
hablemos ahora de nuestra escuela. Su papá 
también podrá ayudarnos — agregó la señora — . 
i Pobre viejecito ! a veces se me ocurre que lo he- 
mos sacrificado en esta soledad tan monótona, 
en la que aun no puede pasar sus horas entre* 
tenido con su violoncelo o con el piano. Pero 
existe una manera de remediar su tedio y en 
la que aun no había pensado : haré llevan el' 
piano junto al armónium del oratorio y allí po- 
drá hacer música sagrada, y usted misma po^ 
drá acompañarla. 



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Jtsit'V'ií-; 



y'-\^C-' :•'"-■■ —236— ^ .-'..-a-.-;'. :V.-. 

Belfína sonrió de nuevo, y con aire agrade- 
cido exclamó : 

— Mi papá está muy bien y muy contento. 
Se ocupa de jardinería con Pedro, y esa tarea 
lo entretiene muy agradablemente. El cuidado 
de las plantas es como el cuidado de los niños ; 
ellas agradecen el riego, el calor y la luz con ma- 
nifestaciones evidentes — dijo Delfina riendo de 
la ocurrente comparación — . Sus manifestacio- 
nes de agradecimiento las encontramos en las 
flores perfumadas y hermosas y en las frutas de- 
liciosas que nos brindan en proporción al inte- 
rés que desplegamos por su existencia y por su 
prosperidad. 



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XIX 



Con el proyecto de instalación de la escue- 
la, al fin había resuelto Delfina el problema que 
tanto la había atormentado y que tanto escozor 
producía en su amor propio. En adelante no vi- 
viría ^n la- quinta como una porsona amparada 
por la munificencia de la señora de Moran, ni 
su padre como un inválido al cual se ofrece un 
generoso refugio para la vejez. Ella volvería a 
ganar su pan con el trabajo diario, además de 
realizar una obra altamente meritoria y patrió- 
íicas • 

La señora Eleonora estaba verdaderamente 
encantada con el proyecto, y como una persona 
enferma que saJe de un periodo de letargo, em- 
prendió por sí misma, con una actividad sor- 
prendente, la tarea de dirigir las instalacwaies a 
fin de que la escuela pudiera funcionar en el 
más breve plazo. 



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La idea de ver aquella casa triste y silencio- 
sa, como una mansión abandonada, converti- 
da en un centro de vida, de actividad y de bulli- 
ciosa alegría infantil, se reflejaba de una mane- 
ra intensa en su espíritu, produciendo insen- 
siblemente una tregua benéfica a su dolor. 

Comenzaría para ella una nueva existencia, 
aplicada noblemente a hacer el bien y a com- 
partir con generosidad señorial con los seres más 
humildes las rentas de su cuantiosa fortuna y la 
que había heredado por la muerte de su hijo. 

Su entusiasmo no tenía límites. A cada paso 
exteriorizaba apresuramientos que hacían son- 
reír a Delfina, pues la señora de Moran esta- 
ba en todo. Estimulaba a los constructcores con 
primas, fuera de los convenios esoiturados, y 
a los trabajadores con dádivas generosas. a las 
que no estaban acostumbrados y que se tra- 
ducían en otras tantas bendiciones. 

Los niños pobres tendrían enseñanza escolar 
según los sistemas más adelantados, tendrían 
un precioso uniforme discutido y aprobado en 
consejo pleno, compuesto por la señora, el se- 
ñor Anselmo y Delñna. Además, se les propor- 
cionaría alimentos, horas de recreación, con jue- 
gos adecuados, con el agregado de un pequeño 
teatro, a fin de ampliar aún más el programa 
de su filantrópica iniciativa. 



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Diariamente, durante largas horas, discutían 
eoQ Delfína los detalles más minuciosos, a fin 
de que la escuela pudiera funcionar sin ^itor- , 
pecimiento alguno, y era tal el sentimiento de 
íntima satisfacción que revelaba en todas sus 
palabras y proyectos la señora Eleonora, que 
un día, en una de esas sesiones preparatorias, 
Delfína no pudo menos de exclapaar : 

— Señora, a este paso, y con todos los agrega- ; 
dos que usted proyecta, concluirá usted por 
desalojarse de sti propia casa para convertirla 
en un vasto asilo. 

Eleonora sonrió con marcada expresión de 
amargura, y replicó : 

— ^Ese proyecto vendrá a su tiempo... Usted 
ha adivinado mi pensamiento. 



Dos meses después, la escuela había empeza- 
do a funcionar. Todas las mañanas, un cómo- 
do carruaje construido expresamente conducía 
a la quinta bandadas de niños que se disipaban 
bulliciosos por las amplias avenidas y calles del 
jardín, entretenidos en sus juegos, hasta que el 
número fuese completo y el toque de campana 
los llamara a clase. 

La señora de Moran contemplaba enternecí- 









da desde la terraza la llegada de los nifios, y pro- 
vista de golosinas las repartía amorosamente a 
esas pobres criaturas, cual una madre afectuo- 
sa pudiera hacerlo con sus hijos. ► ■ -; 

En el conjunto, tenía ella sus predilectos : una 
niñita de rara belleza que había perdido su ma- 
dre era la simpatía de la señora. . , 

— ¿Cómo te llamas? — le dijo una mañana, 
descubriéndola de entre un grupo que había 
dado caza a un gorrión y discutía ruidosamente 
los mejores derechos sobre el prisionero y la ma- 
nera de alojarlo. 

Uno de ellos, un chicuelo de fisonomía fran- 
ca y resuelta, quería imponerse con cierto des- 
potismo ; de ahí las protestas de los demás. 

— Nenera me llamo — dijo la niña, fijando eñ 
la señora sus grandes ojos rasgados, inteligen- 
tes y expresivos, de iris azul dé mar. 

— ¿Cuántos años tienes? 

— Ocho años, señora. . . 

— ¿Son muchos hermanitos? 

— Somos cinco... Tres varones y dos niñas... 
y otro que murió porque mi mamá lio tenía le- 
che para darle... 

Al oír este relato, la señora de Moran se es- 
tremeció... cMurió de hambre — ^pensó para sí 
horrorizada — . ¿ Cuántos corao <y ?. . . j pobreri- 
to!t ^ 



— 241 — 

— ¿Y tú cómo sabes eso? 

— Yo lo sé porque mi papá siempre lo dice. 

— ^¿Y tuipapá en qué trabaja? 

— Es peón del ferrocarril. 

— ¿Y quién cuida de tu casa y de tus her- 
manitos? 

— Antes de venir a la escuela, yo y mi her- 
mana... que es mayor... se llama Albertina, pe- 
ro todas le decían Tina, y mi papá también... 

— Y tú, tan chica todavía, ¿qué sabes hacer? 

— j Oh ! yo sé hacer muchas cosas — contestó 
la chicuela con aire de engreimiento — . Yo sé 
cocinar, sé lavar y planchar, sé remendar ropa... 

— ¿Y qué más sabes hacer? — dijo la señora 
de Moran, contemplando ahora enternecida a 
la pequeña ama de llaves, que alzaba un palmo 
del suelo... 

— j Ah ! yo sé preparar la sopita para el ne- 
ne, yo lo cargo para hacerlo dormir, y de no- 
che, cuando Uora, se asusta y llama a mamá, 
yo me levanto, lo cargo, lo hago pasear, le doy 
azúcar para que se calle y duerma y le digo 
que mamita está en el cielo. 

En ese momento se oyeron los toques de cam- 
pana que llamaban a las niñas. N enera hizo 
una reverencia a la señora y corrió a reunirse 
con sus compañeras, que en ñlas de a dos se en- 

BELFIKA. — ^16 



; - ?s.^',lí- - - -1 .¡ ;»->!S^- 



— 242 — 



caminaban a la sala de clase cantando una es- 
trofa apropiada al acto y que había compuesto 

Delfina. , 

— ¡ Pobrecita ! — exclamó la señora de Moran, 
viendo alejarse a la niña dando saltos y palmo- 
teos de alegríar— : tan linda, tan despejada y 
tan conforme en su inocencia infantil con la 
crueldad de su destino. 

Estos episodios de la vida real, de los cuales 
tuvo que imponerse muchas veces cuando se 
entretenía en conversar con los niños, llevaban 
a su ánimo un sentimiento de satisfacción y de 
bienestar tan grande, que cada día se feücitaba 
más y daba gracias a Dios por la inspiración que 
había tenido Delfina en procurarle con ese bál- 
samo de la caridad un alivio tan eficaz. 

Cada niño de los que concurrían a la escuela 
representaba una historia viva de miserias, de 
privaciones, de desdichas y no pocas veces de 
lágrimas. Eleonora informábase con interés de 
todas ellas para derramar en esos humildes ho- 
gares el consuelo de una ayuda inesperada. Asi, 
no se hmitaba a la protección de los niños ; sus 
manos generosas enjugaban no pocas de esas 
lágrimas y rescataban no pocas miserias y amar- 
guras. 

Durante la noche se reunían en el comedor, y 



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— 243 — 

en las largas veladas de invierno, mientras ar- 
dían en la chimenea grandes trozos de espini-* 
lio, que daban al ambiente una temperatura 
suave y acariciadora, el tema de conversación 
obligado era la escuela. Delfina daba cuenta de 
sus progresos, del adelanto de los niños ; leía 
a la señora las notas de aquellos que más se ha- 
bían distinguido, y no pocas veces refería anéc- 
dotas jocosas cuyos protagonistas eran los mis- • 
mos niños en sus inagotables travesuras. 

Durante estas amables veladas se entretenían 
al mismo tiempo en confeccionar ropitas para 
las niñas pobres qye por su edad no podían aún 
concurrir a las clases. Otras veces, en preparar 
el programa de alguna fiesta a la cual invitaban 
a ios padres de las niñas. " 

El señor Anselmo, sentado en uno de los ex- 
tremos de la mesa, una verdadera figura patriar- 
cal, hojeaba las revistas, y cuando encontrar 
ba algo que pudiera interesarlas, leía en voz 
alta, haciendo después los respectivos comen- 
jtarios. 

Corría así apacible y llena de gratas impre- 
siones la existencia de estas personas, distan- 
ciadas ayer por los prejuicios y convencionalis- 
mos sociales, y vinculadas hoy por la desgracia 
7 el dolor, que tanto acercan a las almas buenas. 



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— 244 — 

Al verlas en esas noches de invierno, reuni- 
das en el vasto comedor, tranquilas y al parecer 
satisfechas, se hubiera creído que constituían 
una sola familia. El recuerdo de Cristian no se 
borraba de su memoria ni de sus corazones ; 
pero, ese sentimiento, que antes se exteriori- 
zaba con explosiones de dolor y de lágrimas, se 
había concentrado ahora en un verdadero culto 
al cual se vinculaban las plegarias que diaria- 
mente elevaban a Dios en el pequeño oratorio 
de la quinta. 

Después de terminadas las lecciones, y cuan- 
do los niños reunidos en el comedor que expre- 
samente se les había destinado, habían tomado 
la merienda que la misma señora de Moran se 
complacía en servirles, se retiraba acompañada 
de Delfina, satisfecha cual si hubiese cumplido 
una alta misión, para encerrarse ambas en el 
oratorio, donde permanecían hasta la hora de la 
cena. 

Era tan grande la complacencia de Eleonora 
ante el éxito de la escuela y las prácticas de ca- 
ridad inagotable con que distribuían su tiempo, 
que un día, después de haber discurrido con el 
mayor entusiasmo respecto de ese tema, la seño- 
ra de Moran dijo a Delfína : 

— ^¿Y todavía persiste usted en dar cumpli- 
miento a sus votos? 






— 246— \ 

Delñna se daba cuenta día a día, de que ese 
pensamiento se amortiguaba siempre más en 
sus recuerdos, y que con el ejercicio de la ense- 
ñanza, las prácticas piadosas y la caridad en 
las que tomaba parte acompañando a la señora 
Eleonora, aquel juramento, pronunciado en un 
instante de supremo dolor y de desesperación in- 
finita, no se imponía ya a su espíritu como uq 
mandato ineludible. 

Sintió como si desde el fondo de su alma sur- 
giera una voz más poderosa que su voluntad, y 
que imponía nuevos rumbos a su existencia ofre- 
cida en holocausto al ideal purísimo de sus per- 
didos amores. Su corazón estaba vencido. Aho- 
ra era su cerebro de mujer sensata e inteligen- 
te, el que abría ante ella otros horizontes, otro» 
atractivos, y a semejanza del símbolo de la fe 
cristiana murmuraba dulcemente a su oído el 
triunfo de su nueva vida : «con esas prácticas 
vencerás» . 

— ¡ Y al fin he vencido ! — exclamó después 
de un momento de silencio y contestando así a 
la pregunta de Eleonora cual si hablara consigo 
misma. 

— ¡ Bendita seas ! — exclamó la señora de Mo- 
ran, atrayéndola con un abrazo cariñoso y be- 
sándola en la frente. 



^-fycMr, 



— 246 — 



La visión luminosa de la hermana Josefa 
surgió de los pasados recuerdos parA llevar de 
nuevo a su oído el eco de sus palabras proféti- 
cas : «ambas hacemos el bien ; es una gran re- 
eompensa...» 



:"!B.^a&' 



XX 



El cementerio del pueblo de C... está situado 
en una loma que termina en declive suave hacia 
el poniente y al pie de la cual corre un arroyo 
que serpentea en Tina vasta extensión de verdu- 
ra, circundado en ambas orillas por sauces año- 
sos que inclinan sus ramas lloronas como gigan- 
tescas cimeras hasta hundirlas en las aguas, 
siempre mansas y cristalinas. 

Por entre el tupido ramaje de los sauces aso- 
man de trecho en trecho los racimos de flores 
color de sangre de los ceibos torcidos y encorva- 
dos, y en el borde, surgiendo de las aguas, jun- 
cales y espadañas, donde las aves acuáticas ocul- 
tan sus guaridas. 

Esos sitios, con sus bellezas naturales, eran el 
punto de reunión predilecto de los habitantes del 
pueblo y de la multitud de veraneantes que aeu- 
clían todos los años. 

Allí, bajo el foUaje de los árboles que proyec- 



ÍSTÍ-Jp-^'-- -■ '■- ?*-■ ñi~-' 



— 248 — 



taban grandes manchas de dulcísima sombra, 
se celebraban alegres meriendas y no pocas ve- 
ces en los pasajes más frondosos podían sorpren- 
derse juveniles parejas que tenían necesidad de 
substraerse a la curiosidad de los demás para 
decirse libremente sus cuitas de enamorados. La 
vecindad del cementerio no era motivo para que 
faltaran a esas reuniones y a esos idilios la ani- 
mación, la alegría ruidosa y la despreocupación 
más completa ; por el contrario, la mansión de 
los muertos parecía tener atractivos especiales, 
pues era una visita obligada de casi todos los 
paseantes, una vez agotado el improvisado pro- 
grama de sus fiestas y excursiones. 

Después del descanso sobre la hierba perfu- 
mada con ei trébol y la variedad de flores sil- 
vestres que prosperaban en las orillas del arro- 
yo, el cementerio era un nuevo punto de reunión. 
Es que ese cuadrado de tierra dividido en seccio- 
nes simétricas, con sus bien alineadas calles 
de árboles, entre las que predominaban los ci- 
preses sugestivos con sus altas copas en forma 
de conos y la multitud de plantas y flores con 
que la piedad de los deudos mantenía el recuer- 
do de sus muertos queridos, no inspiraba senti- 
mientos de tristeza, de soledad y de la nada de 
la vida, como sucede en los cementerios de las 
grandes ciudades. * 



— 249 — 

En ese recinto no se encontraban las vanido- 
sas ostentaciones de la riqueza y del arte, que 
en la mayoría de los casos no son sino un ex- 
ponente disimulado de la ambición de los vivos. 
Allí todo era sencillo y bumilde : modestas cru- 
ces dé madera y de hierro con inscripciones me- 
dio b<H*radas por el tiempo, algunas lápidas de 
mármol rodeadas con una verja también de hie- 
rro y a la que trepaban tupidas enredaderas con 
flores olorosas y campánulas azules. Antiguos 
sepulcros en forma de capillas dentro de los 
cuales ardían pequeñas lámparas pendientes de 
la cúpula. 

La tumba de Cristian estaba también allí. 
Un cuadrado de mampostería levantado me- 
dio metro del suelo y cubierto con una gran cha- 
pa de mármol blanco, en la que se veían escri- . 
tos en letras de bronce el nombre y apellido del 
extinto, la fecha de su nacimiento y el día de 
BU muerte. 

El modesto sepulcro estaba rodeado por un 
macizo de verdura, y de trecho en trecho her- 
mosas plantas de rosas, que lo cubrían en par- 
te ooñ sus ramas floridas. 

Todas las mañanas Pedro era inf altable al fú- 
nebre recinto. Las mejores y más fragantes flo- 
res de la quinta eran para adornar el sepulcro, 
y su celo para cumplir la piadosa ofrenda había 



-''.■■ ■■y :v„v-'vV -ri::%--' .'■» * 



— 250 — 

llegado a impresionar tanto a la misma señora 
de Moran, que jamás se atrevía &> pedir flores 
al viejo jardinero. Pedro hacía un reparto equi- 
tativo entre las que colocaba en el oratorio, aque- 
llas que destinaba al sepulcro de Cristian, a su 
patrón, como él decía, y las que reservaba para 
el adcfl-no de la casa, que entregaba invariabler 
mente a Delfina. 



Una tarde, después de terminar las tarreas 
de la escuela, Delfina, acompañada de su padre, 
tomó el camino del cementerio llevando el inol- 
\idable ramo de claveles de Italia, madreselvas 
y fragantes diosmas en ñor. Esas visitas piado- 
sas las repetía con frecuencia ; generalmente, 
los domingos muy de mañana. 

Complacíanle la soledad, el silencio y de una 
manera especial la ausencia de esos visitantes 
para quienes el sagrado recinto constituye un 
medio de distracción, formando así un con» 
traste poco simpático con el recogimiento que 
deben inspirar el descanso y la paz de los que 
fueron. 

Esa tarde, a la entrada de la primavera, la 
Naturaleza parecía r^ocijarse con- el resurgi- 
miento de la vida de las plantas y de las flores, 






— 261 — 

con el canto de las aves que corrían de rama en 
rama buscando sitios apropiados para hacer sus 
nidos. 

Pero el recinto del cementerio estaba cubier- 
to como por una fina trama de hilos de oro, irra- 
diaciones de iris del sol poniente que se dibuja- 
ba en el horizonte como una hostia inmensa» 
roja, que se hundía poco a poco en los abismos 
de nubes apiladas en grupos caprichosos y que 
cambiaban de color y de formas a medida que 
avanzaba la hora del crepúsculo. 

La mansión de los muertos estaba casi desier- 
ta. Algunos visitantes retardados iban desfilan- 
do por la calle central en' dirección a la salida ; 
en el fondo se distinguía una pareja entreteni- 
da, al parecer, en la lectura de las inscripciones 
que cubrían ?as lápidas. 

Delfina se dirigió, como de costumbre, por 
una de las calles laterales, y a poco andar torció 
a la derecha, y después de algunos pasos se de- 
tuvo. En ese sitio estaba la tumba de Cristian. 

Su padre, respetando la intimidad de sus sen- 
timientos, comprendiendo cuan grato le sería el 
estar sola para entregarse a sus prácticas pia- 
dosas, deteníase invariablemente a la entrada, 
en tanto se procuraba un descanso en el banco 
del guardián. 

Arrodillada delante del sepulcro después de 



•^f^^^e^;:-^ 



— 252 



haber depositado sobre él el ramo de claveles, 
apoyaba sus brazos sobre el mármol, mientras 
que, con las palmas extendidas sobre la frente, 
ocultaba su semblante a la mirada de los ex- 
traños. 

Abstraída en sus oraciones y en el cúmulo de 
recuerdos que acudían a su memoria, largo ra- 
to había permanecido en esa actitud, sin aper- 
cibirse de que la pareja que había observado en 
el fondo cuando ella entrada venía caminando 
en dirección al sepulcro de Cristian. 

Al rumor de la alegre conversación que pare- 
cían sostener, Delfina levantó instintivamen- 
te la cabeza, y cuáles no serían su estupor y la 
sorpresa dolorosa que en ese momento experi- 
mentara, cuando vio cerca de ella a Julia del 
brazo de su marido... 

— ¡ Julia ! — exclamó ñjando en eUa una mira- 
da que hubiera expresado muy bien el espanto 
que podría producir una aparición de ultratum- 
ba, e inclinando súbitamente la cabeza, casi 
hasta apoyar la frente sobre el mármol, volvió a 
ocultar su semblante con ambas manos. 

— ¡ Delfina ! — exclamó a su vez Julia, llevan- 
do una mano al corazón, cual si se ántiera des- 
fallecer. 

Permaneció un instante como indecisa, diri- 
gió una mirada triste hada el sepulcro de Cris- 



— 253 — 

tián, y, después de suspirar profundamente, pro- 
siguió su camino sin proferir una palabra. 

Su marido la observaba con aire de atonta- 
miento y sin encontrar explicación a la sorpre- 
sa y a la actitud de Julia en presencia de aqu^ 
encuentro inesperado. 

Estaba intensamente pálida y sus piernas 
temblaban, como si fuera presa de wa. escalo- 
frió. 

— ¿Qué te pasa?— exclamó de pronto el ma- 
rido, notando que el brazo de Julia, que se apo- 
yaba en el suyo en actitud de abandono, estaba 
agitado por contracciones que en vano quería 
dominar. 

Julia no contestó, y antes de dejar el sagra- 
do recinto, volvió la cabeza en dirección al sitio 
donde dejara a Belfína, hizo devotamente la se- 
ñal de la cruz, en tanto que murmuraba, con voz 
emocionada : «Le disputé su cariño... } Qué in- 
justa y mala he sido con esa pobre criatura!... 
Ella es mejor que yo... ¡Oh! lo quería real- 
mente...» 



FIN